Páginas vistas

miércoles, 19 de febrero de 2020

La carta de una enfermera de paliativos y ahora enferma de cáncer: «Paliar, no matar»

María Requena Meana

En ABC digital 19/02/2020

«Me he pasado al otro lado, al del dolor y la vulnerabilidad. Soy una persona con una enfermedad crónica, incurable y que por supuesto produce dolor»

Durante esta semana hemos estado escuchando mucho sobre eutanasia sí, eutanasia no. Esta carta no va dirigida a condenar nada. Nunca juzgaré a nadie que esté pasando por una situación de gran dolor. Estoy convencida de que cuando una persona que se encuentra en una situación de grave enfermedad pide la muerte es porque todo lo demás ha fallado y por lo tanto es un fracaso del sistema, que no ha sabido cuidarla como se merece.
Tengo la gran suerte de haberme podido formar en el hospital St. Christopher Joseph, centro creado por Cicely Saunders, la fundadora de los cuidados paliativos modernos. Esta mujer revolucionó la manera de enfrentarse al dolor y la muerte. Comprobó que un paciente que se encuentra al final de su vida padece un «dolor total», porque no solo sufre el cuerpo, sino que también está el dolor emocional, el dolor social y el dolor espiritual. Ante esta realidad, Cicely Saunders no optó por quitar el dolor eliminando a la persona que sufre, sino que formó a distintos profesionales para que cuidaran todas las dimensiones del sufrimiento.
Después del máster he tenido la suerte de ser enfermera de Oncología, y estoy completamente enamorada de mi profesión, que se reduce a una palabra: cuidar. En estos siete años he visto situaciones muy dolorosas, he acompañado a enfermos y familiares en sus últimos días y he podido aplicar todo lo que había aprendido en el máster de cuidados paliativos. 






He dicho ya que he estado trabajando en la planta de Onco-hematología durante siete años. Desde hace dos años ya no puedo: un cáncer de mama metastásico en estadío IV me lo impide. Me he pasado al otro lado, al del dolor y la vulnerabilidad. Soy una persona con una enfermedad crónica, incurable y que por supuesto produce dolor. Cuando estos días escuchaba qué personas eran aptas para pedir la eutanasia y vi que yo era una de ellas, me produjo una profunda tristeza. Qué sociedad tan débil tenemos que ante el dolor te proponen eliminar la vida del que sufre y encima lo ve como un éxito. Que en pleno siglo XXI la solución que dan a las personas que sufren sea la muerte es de una cutrez impresionante. Por favor, no me ofertéis la muerte cuando esté cansada por tantos tratamientos, o cuando el dolor aumente, o cuando un día me levante agotada y diga que no puedo más. Demostradme que no soy una carga y que deseáis tenerme. Por favor, ofertadme lo que afortunadamente yo he podido ver y hacer durante años: unos cuidados paliativos de calidad que me quiten el dolor y que me acompañen hasta el final, pero no me pongan una inyección que acabe con mi vida y, por favor, no me digan que eso es una muerte digna.
Termino con unas palabras de Cicely Saunders: «Importas por ser tú, importas hasta el último momento de tu vida y haremos todo lo que esté a nuestro alcance, no solo para que mueras en paz, sino para que vivas, hasta el día en el que mueras».
Ayudemos a que nadie, en el momento del dolor, elija la muerte por falta de sentido y de soporte. Hay mucho por hacer y por aliviar y cualquiera podemos poner nuestro granito de arena para que la gente muera de manera natural y que esta opción no sea un sueño, sino una realidad. La eutanasia nunca será un fin natural, ni una muerte digna.

sábado, 15 de febrero de 2020

Malentendidos sobre el origen del universo

Serge Nicoloff, en Aceprensa, 3.01.2012
Cuando se oye hablar del inicio del universo, se descubren ciertos malentendidos que impiden el diálogo pacífico y provocan a veces unas discusiones que pueden llegar a desatar pasiones. La confusión proviene a menudo de afirmaciones filosóficas sostenidas como si fueran conclusiones científicas, y de afirmaciones científicas sostenidas como si fueran conclusiones filosóficas.
Así, en opinión de muchos, la teoría del Big Bang probaría el hecho de la creación. Es el argumento que provocó la resistencia de Einstein a esta hipótesis, propuesta por un científico que era sacerdote católico, Georges Lemaître. Le parecía a Einstein que estaba hecha para apoyar la creación. En 1927 comentó a Lemaître: “He leído su trabajo, sus cálculos son correctos, pero su física, abominable”.
A principios de los años 30, reconsideró su opinión. El 7 de mayo de 1933, al final de una conferencia de Lemaître en el Instituto de Tecnología de California, en la que describía el universo en expansión, Einstein se levantó, aplaudió y dijo: “Esta es la explicación más hermosa y satisfactoria de la creación que haya escuchado jamás”. Lemaître negó siempre esta interpretación. Sabía conservar la autonomía y, a la vez, la complementariedad de los diversos ámbitos: científico, filosófico y teológico. Parece que lo decisivo en la amistosa relación entre los dos, fue cuando Lemaître explicó a Einstein, en 1935, en Princeton, que Dios no se puede reducir a una hipótesis científica.

Caminos autónomos

Como explica Eduardo Peláez, Lemaître “miraba el modelo del Big Bang como congruente con la Creación, pero a la vez estaba convencido de que ambos eran caminos autónomos, diferentes y complementarios que convergen en la verdad última”. Y subraya que san Juan Pablo II, en su discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias del 3 de octubre de 1981, lo exponía así: “Toda hipótesis científica sobre el origen del mundo, como la de un átomo primitivo del que procedería el conjunto del universo físico, deja abierto el problema referente al comienzo del universo. La ciencia no puede por sí misma resolver dicha cuestión: hace falta ese saber del hombre que se eleva por encima de la física y de la astrofísica y que recibe el nombre de metafísica; hace falta, sobre todo, el saber que viene de la revelación de Dios”.
La creación a partir de la nada es una cuestión filosófica y teológica que las ciencias experimentales no pueden resolver
No faltan astrofísicos, como Stephen Hawking, que quieren probar la posibilidad de un universo “autocontenido” completamente determinado por las leyes de la ciencia, intentando englobar el Big Bang en una teoría más amplia que evitaría la singularidad inicial, lo que sería una “autocreación”. Pero, sin o con singularidad inicial, no suprime la pregunta sobre la posibilidad de un Creador, pregunta que no es científica. La pregunta sobre la necesidad o no de un Creador es la misma ahora mismo y aquí mismo o al inicio temporal del universo antes del tiempo de Planck (2): la única diferencia es el momento del universo que se considera. Más aún, según la metafísica de Tomás de Aquino, un universo sin inicio y sin fin no sería por eso menos un mundo creado (Suma Teológica I, q. 46, a. 2).

La nada no es el vacío

Aquí podemos dar un ejemplo de malentendido. Uno podría pensar en la famosa pregunta de Martín Heidegger: ¿por qué el ser y no la nada? Pero si se piensa en “la nada” como si fuese el “vacío”, no se puede entender la metafísica: uno se queda en la física. Cuando Tomás de Aquino habla de la Creación “de la nada”, para él, la nada no es el vacío. La “nada” no tiene ser ni modo de ser. Por eso es imposible imaginarla positivamente. Es una palabra generada por negación de lo que existe.
En cambio, el vacío puede imaginarse, representarse en un dibujo, por ejemplo. Más científicamente, se puede definir el vacío: “El vacío es un estado físico de los sistemas que está asociado a la mínima energía que estos pueden tener. Desde el punto de vista de la mecánica cuántica, el vacío no está vacío, sino que tiene ondas que surgen al azar. Estas ondas tienen características de partículas, de manera que podemos entender el vacío cuántico como un mar de partículas que se crean y aniquilan rápidamente. Las fluctuaciones del vacío se entienden gracias al principio de indeterminación de Heisenberg. (…) En el vacío, los campos no pueden tener en todo instante la misma energía, sino que ésta se encuentra en continua variación, las fluctuaciones” (3).
Es esencial subrayar que la expresión “partículas que se crean y aniquilan rápidamente” no significa una creación “de la nada”: no es más que una transformación de energía a partícula. No una creación “de la nada”, sino transformación de algo preexistente, la energía, realidad física. No es, pues, “creación” en cuanto sacar algo desde la nada, que es lo propio del Ser Subsistente, Dios. La energía (y sus potencialidades) es creada, a su vez, como toda creatura, es decir, “sacada y mantenida” de “la nada” por el Creador.

Disputas filosóficas

Se ve que el método científico no puede llegar a donde llega el filosófico. De la misma manera que el método filosófico no llega a donde el físico. Pero uno y otro son válidos y pueden llegar a conclusiones correctas. La conocida “pelea” entre los que afirman que el universo y todo lo que contiene es producto del azar y los que dan por necesaria una Inteligencia que lo explique (el famoso “Diseño inteligente”) es un paradigma de lo que queremos subrayar. El malentendido acontece cuando unos y otros afirman que su posición es una posición del ámbito científico, cuando, de hecho, es una cuestión filosófica.
Un malentendido parecido sucede en las disputas entre creacionistas y evolucionistas. Esas discusiones se plantean como si pertenecieran al ámbito de meras interpretaciones de datos científicos, cuando se trata, de hecho, de diversidad de planteamientos filosóficos y teológicos. Se quiere demostrar científicamente, en uno y otro bando, lo que no se puede demostrar con el método científico.

El inicio del tiempo

Puede esclarecer este aspecto lo que sucede sobre el tema del inicio del universo: unos quieren hacer decir a la ciencia que hubo un inicio del tiempo. Otros se empeñan en buscar un modelo cosmológico sin inicio de singularidad matemática. Tomás de Aquino da por sentado que hablar de inicio cuando no hay todavía tiempo es una contradicción, y afirma que la creación “al inicio del tiempo” es una conclusión que encontramos en la Sagrada Escritura, pero inaccesible al pensamiento filosófico. Es muy actual la razón que da sobre este hecho en el mismo lugar citado arriba: “Que el mundo no haya existido siempre se sabe solo por la fe, y no puede ser probado con argumentos demostrativos. La razón de eso es que el inicio del mundo no puede ser demostrado partiendo del mundo mismo”. Este argumento recuerda los problemas actuales de incompletitud de la lógica matemática y de la filosofía del lenguaje: para comprender exhaustivamente un sistema, se necesita recurrir a unos primeros principios o a un metalenguaje externos al mismo sistema (4).
Como decía Lemaître, “La revelación divina no nos ha enseñado lo que éramos capaces de descubrir por nosotros mismos, al menos cuando esas verdades naturales no son indispensables para comprender la verdad sobrenatural. (…) Por tanto, el científico cristiano va hacia adelante libremente, con la seguridad de que su investigación no puede entrar en conflicto con su fe. En cierto sentido, el científico prescinde de su fe en su trabajo, no porque esa fe pudiera entorpecer su investigación, sino porque no se relaciona directamente con su actividad científica” (5).

(1) Eduardo Peláez, “El Big Bang y la Creación”, en Salvador Mira (ed.), Conjugando ciencia y fe. Argumentos en el Año de la Fe, CEU Ediciones, Madrid (2014).
(2) El tiempo de Planck (10-44 segundos) representa el instante más pequeño en el que se podría emplear las leyes de la física para estudiar la naturaleza y evolución del universo.
(3) Enrique Fernández Borja, El vacío y la nada, RBA, Navarra (2015), p. 39.
(4) Cfr. Fernando Sols, “¿Puede la ciencia ofrecer una explicación última de la realidad?”, en Francisco Molina (coord.), Ciencia y Fe. En el camino de la búsqueda, CEU Ediciones, Madrid (2014).
(5) Georges Lemaître, 10-09-1936, en el VI Congreso Católico de Malinas, dedicado a “La cultura católica y las ciencias positivas”.

El matrimonio, un recurso contra la desigualdad


Preocupada por el problema de la pobreza, la izquierda estadounidense empieza a plantearse la importancia del matrimonio en la lucha contra la desigualdad. En un artículo publicado en Avvenire, Elena Molinari –corresponsal del diario italiano en EE.UU.­– señala algunos cambios de actitud que muestran esta tendencia.
“Si en los años ochenta la división principal entre parejas casadas y no casadas era cultural e ideológica, hoy es la élite liberal, bien instruida, a menudo laica, la que mantiene la tradicional familia con dos padres y un empeño común de unir fuerzas para tener hijos e invertir en su futuro”.
El matrimonio parece haberse convertido en un indicador del privilegio de clase en EE.UU. Según explica Molinari con datos del Pew Research Center, “hoy la probabilidad de un primer matrimonio que dure al menos 20 años es del 78% en el caso de una mujer con título universitario, de un 49% para la que hizo algún año de universidad y del 40% para quien tiene estudios de secundaria. En los años 80, no había diferencia en las tasas de divorcio según el nivel de instrucción. Y mientras que la tasa de matrimonios [proporción de adultos casados] en el conjunto de EE.UU. ha bajado en cincuenta años del 72% al 51%, entre la América más rica e instruida el vínculo conyugal sigue siendo fuerte, en torno al 76%”.
“Si los progresistas quieren afrontar la crisis de la desigualdad, la caída de los matrimonios es un problema que no pueden ignorar”, sostiene Will Marshall, del Progressive Policy Institute. “Hoy la desigualdad se deriva de una compleja interacción de cambios económicos y culturales, y no será anulada simplemente redistribuyendo la riqueza desde las familias acomodadas a las de baja renta. La alta tasa de matrimonios en la América de clase media-alta muestra claramente el vínculo entre estructura familiar y bienestar”.
Los liberales han comenzado a ver el matrimonio como un recurso contra la desigualdad, según escribe el columnista Tom Edsall en el New York Times: “Junto a acciones como aumentar el salario mínimo, fortalecer los sindicatos o elevar los impuestos a los ricos para financiar prestaciones sociales para familias desaventajadas, los progresistas hablan cada vez más a menudo del matrimonio, que ya no es visto como un pretexto para no abordar las cuestiones de poder económico. (…) Los estudiosos de izquierda reconocen ahora que la revolución sexual y la defensa de la autonomía personal han tenido costes significativos, y no solo ventajas”.
Estas consecuencias negativas incluyen la explosión del divorcio, la ausencia del padre y la legión creciente de niños criados en familias monoparentales. Estos niños tienen mayor probabilidad de abandonar la escuela, y menor probabilidad de ir a la universidad y de graduarse que los niños crecidos en familias con los dos padres biológicos.
“La caída de la tasa de matrimonios es preocupante –afirman Isabel Sawhill y Joanna Venator del think tank liberal Brooking Institution. Es verdad que un alto número de niños son criados en parejas no casadas, pero en los EE.UU. este tipo de parejas tienden a ser más inestables y menos duraderas”.

Paradojas de la eutanasia

Fernando Pascual
Crece continuamente el número de enfermos incurables y de ancianos que no pueden valerse por sí mismo. Aumentan los casos de niños, jóvenes o adultos que se encuentran en situaciones de invalidez irremediable. Todo ello suscita un sinfín de gestos de solidaridad, de apoyo, de altruismo. Pero no han faltado, en diversos lugares del mundo y con gran difusión de algunos medios de información, algunos casos en los que se ha pedido el recurso a la eutanasia.
        Estas peticiones de eutanasia muchas veces no son sino una forma de pedir ayuda y compañía. Hay quienes, sin embargo, las aprovechan para promover la así llamada “dulce muerte” (eso es lo que significa, etimológicamente, “eutanasia”).
        Intentemos aclarar lo que se entiende por eutanasia, pues bajo esa misma palabra se quieren significar en ocasiones cosas muy distintas. Para algunos “eutanasia” significaría renunciar a una intervención sanitaria que alargue el proceso de muerte a través de sufrimientos muy altos y sin ninguna esperanza de curación. Renunciar a un tratamiento de este tipo, de por sí, no es eutanasia, como veremos al definir de modo más preciso esta palabra. Debe quedar claro que en esos casos hay que mantener aquellos cuidados mínimos que merece todo enfermo, como son la limpieza, la hidratación y nutrición, además (y es algo sumamente importante) de ofrecer nuestro cariño y cercanía.
        Para otros, la eutanasia consiste en un “acto positivo” orientado directamente a provocar la muerte del enfermo para evitar sus sufrimientos. Este “acto positivo” puede ser de dos tipos. El primero consiste en producir la muerte con sustancias químicas (envenenamiento), o por asfixia, o por otros caminos que, en circunstancias normales, serían considerados directamente como actos homicidas. El segundo tipo consiste en omitir un tratamiento proporcionado a la situación del enfermo (por ejemplo, el oxígeno para ayudar una insuficiencia respiratoria) o en dejar de ofrecer lo que cualquier ser humano necesita para vivir: agua y comida. En este segundo caso nos encontramos ante un homicidio producido como consecuencia de una omisión culpable de una ayuda que debe ser ofrecida a cualquier ser humano (también al enfermo).
        Estos dos tipos de “actos positivos” tienen un objetivo claramente “homicida”, si entendemos con honestidad “homicidio” como el acto con el que se pretende causar la muerte de otro ser humano. Tanto en la acción que busca matar como en la “omisión activa” que provoca directamente la muerte de una persona que sufre, nos encontramos con que otras personas (familiares, amigos, personal sanitario) cometen un delito, asesinan a un enfermo.
        Hemos de tomar con seriedad lo que significaría legalizar la eutanasia en esta segunda acepción (eliminación de personas que sufren diversas patologías físicas o psíquicas a través de acciones u omisiones orientadas directamente a esa eliminación). Significaría que en un estado de derecho algunas personas reciben el permiso de eliminar a otros seres humanos.
        Hemos de añadir aquí que ni siquiera la petición de un enfermo o de otro ser humano deprimido o desesperado que suplica que alguien acabe con su vida puede ser motivo para permitir que se cometa el homicidio (en este caso, homicidio consentido) de un miembro de la sociedad. Aunque el homicidio consentido sea visto en algunas leyes como menos grave que el homicidio contra la voluntad de la víctima, no deja de ser un grave desorden social: un individuo recibe el poder de terminar con la vida de otro...
        Además, si se legalizase el derecho a un suicidio asistido se crearía una situación paradójica ante las dos modalidades en las que se podría aplicar tal “derecho”. En la primera, que sería la más “aceptable”, los legisladores pondrían una serie de límites o condiciones al mismo, de forma que no cualquier ciudadano pudiese pedir el acceso al suicidio asistido. En esta situación, el “médico” o el juez encargado de “ejecutar” el homicidio-consentido determinaría si alguien (un “ejecutor”) puede o no matar a quien pide la muerte, por lo que la ley daría al ejecutor un enorme poder sobre la vida de otros seres humanos.
        En la segunda, la que casi nadie aceptaría, bastaría una petición de suicidio asistido sin ninguna condición para que alguien estuviese obligado a ejecutarla. ¿No se violaría de este modo la voluntad de quienes piensan que es injusto matar a otro simplemente porque este otro lo pida? En otras palabras, aceptar esta segunda opción significaría imponer por ley el que uno pueda mandar a otro el cometer un homicidio consentido...
        Ante estos problemas relativos a la eutanasia necesitamos recordar cuál es la esencia de la ley y la justicia. Una ley es justa sólo si se basa en el respeto y la defensa de los derechos fundamentales de todos los seres humanos que conforman la sociedad. Si se legaliza la eutanasia (el homicidio de algunos individuos por parte de otros, con o sin petición de los mismos), el estado otorgaría el permiso para que pueda ser violado el derecho a la vida de algunas personas, un derecho sobre el que se construyen todos los demás derechos que deben ser reconocidos en una sociedad que pretenda vivir con un mínimo de justicia.
        Lo más correcto, entonces, es promover el derecho a la vida de todos a través de la prohibición de la eutanasia (entendida como acción u omisión destinada a provocar la muerte de un ser humano). Esta prohibición debe ir acompañada por una cultura de la asistencia a los enfermos y a los desesperados. Su dolor no debe ser motivo de soledad, sino invitación a la ayuda, a la solidaridad, al respeto, virtudes que muestran el nivel cívico y progresista de aquellas culturas que las asumen como propias.

jueves, 6 de febrero de 2020

Amigos virtuales: las nuevas relaciones personales


Para muchos adolescentes que están aislados en la vida real esa es su única ‘ventana al exterior’, solamente les queda la oportunidad de encontrar muchos amigos virtuales con la que comunicarse a través del ciber-espacio.
Hay muchos adolescentes que se enganchan a lo que tienen más a mano y es más fácil. Lo moderno es tener miles de "amigos virtuales" en las redes sociales y estar esperando todo el día, con ese tic nervioso de mirar al teléfono, a que a alguno se le ocurra mandar un mensaje. Usan las redes sociales y otras aplicaciones sociales como plataforma técnica para socializarse, midiendo su popularidad contestando a todo lo que les llega por la red.

Las frases que más circulan son: "¿Cuántos miles de seguidores tienes?", "Sé el primero en responder", "Contesta inmediatamente" "Haz historia". Para muchos adolescentes que están aislados en la vida real esa es su única "ventana al exterior", solamente les queda la oportunidad de encontrar muchos amigos virtuales con la que comunicarse a través del ciber-espacio. Pero, también para los sociables es lo que necesitan para estar todo el día en contacto con sus amigos virtuales o reales. Esto significa empezar una carrera sin fin. Siempre están deseando contestar a todo lo que circula por la red.

Las amistades virtuales y sus consecuencias

Las relaciones personales entre los jóvenes son cada vez más difíciles, debido a que hay demasiados nomofóbicos, que tienen miles de "amigos virtuales" y muy pocos de carne y hueso.
Normalmente, esas amistades virtuales suelen estar carentes de contenido con el que mutuamente se puedan enriquecer. Socialmente también se aíslan, pues no se han acostumbrado a hablar con los otros compañeros reales, analizar sus lenguajes corporales, medir sus emociones, etc.
En muchos países ya ha bajado hasta los 11 años la edad en la que los hijos empiezan a disponer de su propio teléfono. La mayoría de las veces nadie les enseña a utilizarlos con educación, prudencia, sentido común y mucho menos les alertan de los peligros que tiene su uso inadecuado; de esa falta de educación viene el sexting, el grooming, el bullyingtelefónico, etc.

Regla 3-6-9-12 para advertir a los niños sobre la ciberdependencia

1. Antes de los 3 años: evitar el uso excesivo de las pantallas electrónicas, pues los clásicos juegos infantiles son mucho más enriquecedores para el niño que estar sentado viendo la televisión.
2. Antes de los 6 años: evitar los videojuegos, pues tan pronto estos se introducen en su vida, acaparan toda su atención en detrimento de otras actividades, pudiendo ser el origen de la nomofobia y la mobilfilia.
3. Antes de los 9 años: evitar el uso del internet a no ser que esté acompañado de los padres o profesores, quienes previamente tienen que explicarle las tres reglas más importantes de su uso:
a. Todo lo que se escribe o exhibe allí puede caer en el dominio público.
b. Todo lo que se sube a Internet quedará allí para siempre, pues es casi imposible borrarlo.
c. No todo lo que se encuentra allí es verdad, por lo que deben consultarse otras fuentes.
4. Antes de los 12 años: ya pueden entrar solos en Internet y usar móviles, pero su utilización debe ser realizada bajo unas firmes y bien definidas reglas de uso, así como los correspondientes controles de los padres.
5. A partir de los 12 años y hasta los 18: los padres debemos ir aflojando las reglas y controles, en función del comportamiento observado sobre la educación recibida, para que los hijos adolescentes se vayan acostumbrando a ejercer su libertad para cuando sean adultos.

Consejos para padres de nativos digitales

Los padres debemos enseñar con el ejemplo, crear costumbres y hábitos de buen uso, para poder orientar positivamente a los hijos frente al consumo telefónico y al de las pantallas electrónicas, que si bien tienen muchos aspectos positivos, también los tiene negativos y muy peligrosos como los problemas de acoso cibernético, el sedentarismo e incluso a la apatía social por la dependencia que generan.
No se debe olvidar que permiten la comunicación, el desarrollo, la integración, la interactividad, la creación de redes sociales basadas en la amistad y los intereses comunes, etc. Debemos evitar que la nomofobia o la mobilfilia den como resultado jóvenes de mentes vacías y poco reflexivas.
− Ayuda a tus hijos a que puedan cumplir las normas, objetivos y límites que se hayan puesto o negociado, relacionados con los teléfonos y las pantallas electrónicas.
− Dedícales el máximo tiempo posible, escuchándoles y tratando de entender sus inquietudes para que no tengan que encontrar malos "amigos" en las redes sociales.
− Estate pendiente de lo que hacen tus hijos en cada momento, en relación con sus teléfonos y pantallas electrónicas. En las reuniones con amigos, familia, etc., en la privacidad de sus dormitorios, en las horas dedicadas al sueño o al estudio para que al día siguiente no arrastren los efectos de esas enfermedades.
− Incrementa la capacidad de ponerte en la situación de cada uno de tus hijos para entender los motivos de sus actitudes.
− Intenta que la tecnología no ocupe el rol que tiene la familia, pero que ayude a mejorarlo.
− Hay que saber manejar las propias reacciones y emociones ante las situaciones, equivocadas o no, de los hijos.
Los padres debemos estar alerta ante esta generación multipantallas, ya que las emplean para "comunicar" (hablar, e-mail, sms, chat...), "conocer" (webs, descargas...), "compartir" (redes sociales, fotos, vídeos...), "divertirse" (juegos en red, radio y televisión digital), "consumir" (comprar on-line).
Además, todas estas actividades las pueden realizar paralelamente, de forma interactiva, local y global, incluso anónimamente bajo seudónimos, que ocultan la verdadera persona que lo hace y acrecientan el peligro hacia personas malintencionadas.
Fátima Calzado, en hacerfamilia.com.

viernes, 31 de enero de 2020

Riqueza y desigualdad


Por Alejandro Llano, abril, 2015
Asistimos hoy día de nuevo a un discurso político y económico que subraya el aumento de la desigualdad económica y denuncia la concentración de la riqueza. Para atajarla, en su célebre El capital en el siglo XXI el economista Thomas Piketty propone un impuesto global sobre el capital. Alejandro Llano analiza las aportaciones principales de este polémico ensayo y hace referencia al trasfondo social y ético del problema de la desigualdad.
Hay quienes piensan y defienden que la enorme riqueza de unos pocos contribuye a elevar el nivel económico de la mayoría de los individuos. Alguna verosimilitud tendrá esta tesis para que acreditados expertos y buena parte de la ciudadanía la admita como verdadera. Entre quienes la sostienen se encuentran, como resulta lógico, los dueños de fortunas que se nos antojan increíbles a quienes vivimos de un sueldo que la austeridad reinante acerca progresivamente al límite mínimo de una subsistencia digna. Estiman, al parecer, que la desigualdad provoca unas tensiones que dinamizarían la producción y el mercado, mientras que la semejanza de ingresos adormecería la creatividad y el intercambio.
La propia historia (interpretada por algunos) nos dice que hay en presencia poderosas fuerzas económicas que hacen presión hacia una progresiva eliminación de la igualdad. El caso de los Estados Unidos es el más notorio, porque actualmente se trata del país con mayores diferencias entre sueldos altísimos a los principales ejecutivos y, para los empleados, salarios que son frecuentemente más bajos que en Europa. Qué sorpresa —y qué desilusión— me llevé la primera vez que, contratado por una prestigiosa universidad estadounidense, recibí la misma retribución que sus profesores ordinarios, y comprobé que era inferior a la que yo cobraba como catedrático en mi española universidad de provincias.
En el siglo XIX, Alexis de Tocqueville vio a Estados Unidos como el lugar donde la tierra era tan abundante que estaba al alcance de todo el mundo: era el espacio ideal para que allí floreciera una democracia de ciudadanos iguales. Y, efectivamente, hasta la Primera Guerra Mundial la concentración de la riqueza en manos de los adinerados era menos extrema en los Estados Unidos que en Europa. Sin embargo, en el siglo xxla situación se invirtió. Entre 1914 y 1945, la desigualdad de la riqueza europea fue azotada por las dos guerras mundiales y sus consecuencias: la inflación, las nacionalizaciones y la fiscalidad. A raíz de esta situación se crearon en Europa instituciones más igualitarias e inclusivas que las de Estados Unidos. Algunas de ellas, por cierto, sin inspiraron en Norteamérica, como por ejemplo el impuesto a los ingresos altos en Gran Bretaña, lo cual —por cierto— no afectó negativamente al crecimiento económico general de las Islas.
Por otro lado, la desigualdad de los ingresos en las empresas de Estados Unidos se ha agudizado hasta extremos sorprendentes a partir de 1980. Y por lo que estamos observando, puede todavía ir a más en el siglo XXI. En su libro Political order and political decay (2014), Francis Fukujama sostiene que una de las causas del declive político y social estadounidense es la cada vez mayor desigualdad económica y la concentración de la riqueza, que ha permitido a las élites adquirir un inmenso poder político y manipular el sistema para favorecer sus propios intereses.
La solución general que propone el economista francés Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI, Madrid, Fondo de Cultura Económica, 2014), para moderar la creciente desigualdad económica en la mayor parte de los países desarrollados, es un impuesto progresivo sobre el capital neto individual. De este modo, quienes comiencen a invertir en iniciativas autónomas —incluso a crearlas— pagarían pocos impuestos, y quienes tienen ya miles de millones de dólares o euros (que no son tan contados como solemos creer) pagarían mucho, sin que dejaran por ello de ser multimillonarios. Naturalmente, la implantación de estos gravámenes encontraría una dura respuesta ideológica adversa por parte de los planteamientos neoliberales, dominantes en la mayor parte de los medios de comunicación más influyentes a lo largo y ancho del mundo. Ahora bien, estas reacciones no siempre se basan en datos ciertos, porque la falta de transparencia financiera y de estadísticas confiables sobre la riqueza de las naciones es uno de los principales retos de las democracias modernas (y, a la larga, su mayor peligro).
Según los datos que Piketty aporta en su best-seller internacional, la tasa del rendimiento del capital supera de modo constante la tasa de crecimiento de la producción y del ingreso (r mayor que g). Acontece entonces que el capitalismo produce mecánicamente desigualdades insostenibles, extremas, que cuestionan de modo radical los valores del trabajo y del mérito, además de los principios de las sociedades democráticas. No tenemos ninguna razón para creer en el carácter equilibrado del crecimiento. Es hora de resituar el problema de la desigualdad en el centro del análisis económico. Desde la década de 1970, la desigualdad creció significativamente en los países ricos, especialmente en Estados Unidos, donde en la década 2000-2010 la concentración de los ingresos alcanzó y superó el récord de toda su historia.
Estoy de acuerdo con Piketty cuando advierte que hay que desconfiar de todo determinismo económico en este tipo de problemas, cuyos componentes éticos y sociales no se deben ignorar. El relato de la distribución de la riqueza es siempre profundamente cultural y político, de manera que no puede resumirse en mecanismos exclusivamente económicos. La dinámica del reparto de la riqueza pone en juego poderosos mecanismos que empujan alternativamente en el sentido de la convergencia y de la divergencia. Y no existe ningún proceso natural y espontáneo que evite que las tendencias desestabilizadoras y no igualitarias tiendan a prevalecer. Se trata fundamentalmente de un proceso de difusión del conocimiento y de una posibilidad real de compartir el saber —el bien público por excelencia—, y no de un supuesto mecanismo del mercado. Lamentablemente no suele prevalecer la valoración del «capital humano», sino el ensanchamiento y amplificación de las desigualdades: las fuerzas de divergencia. (Un mecanismo elemental y, en cierto modo, trivial apunta a que los directivos tienen capacidades para fijar su propia retribución, con escasa moderación a veces y sin ninguna relación clara con su productividad individual.)
La tasa de rendimiento del capital supera casi siempre la tasa de crecimiento. La riqueza originada en el pasado se recapitaliza más rápido que el ritmo de crecimiento de la producción y de los ingresos: el pasado devora al porvenir. La tasa de ahorro aumenta con el nivel de riqueza.
Los países ricos poseen una buena parte de los países pobres, lo cual no siempre es negativo: puede tener efectos virtuosos en términos de convergencia. De esta forma, los países ricos —o por lo menos, sus habitantes que poseen capital— obtendrán una mejor tasa de rendimiento por sus inversiones; y los países pobres podrán reducir su retraso en la producción. Sin embargo, este proceso de convergencia entre países ricos y pobres no garantiza la convergencia de los ingresos por habitante en un nivel mundial. Puede suceder que los países ricos sigan poseyendo permanentemente a los países pobres, de manera que estos continuarán pagando una proporción importante de lo que producen a los que siguen siendo sus posesores. Aunque atreverse a decirlo parezca una exageración, es lo que sucede en buena parte de África desde hace decenios, y no presenta indicios de evolución o cambio. Por el contrario, los países asiáticos que se han acercado a naciones más desarrolladas —como es el caso de Japón, Corea, Taiwán o, más recientemente, China— financiaron por sí mismos la inversión en el capital físico que requerían y, sobre todo, la inversión en capital humano.
Cuando Marx publicó, en 1867, el primer volumen de El capital, había acontecido una profunda evolución de la realidad económica y social: ya no se trataba de saber si la agricultura podría alimentar a una población creciente o si el precio de la tierra subiría hasta las nubes, sino más bien de comprender la dinámica de un capitalismo en pleno desarrollo. El aspecto más destacado de la época era la miseria del proletariado industrial. A pesar del desarrollo —o tal vez debido a él— y del enorme éxodo rural que había comenzado a provocar el incremento de la productividad agrícola, los obreros se apiñaban en cuchitriles. Trabajaban durante jornadas muy largas, con sueldos bajísimos. Hasta finales del siglo XIX  no aconteció un incremento significativo de los salarios, estancados hasta entonces en valores cercanos al XVIII. El único logro social importante conseguido hasta entonces era la prohibición del trabajo de los niños en las fábricas. Parecía evidente el fracaso del sistema económico y político imperante. En tal contexto se desarrollan los primeros movimientos comunistas y socialistas.
A partir de finales del XIX  los sueldos comenzaron a subir lentamente y se generalizó la mejora del poder adquisitivo. La revolución comunista tuvo lugar en el país más atrasado de Europa, mientras en otros rumbos exploraban las vías socialdemócratas. Al igual que autores anteriores, Marx pasó por alto la posibilidad de un progreso técnico duradero o de un crecimiento continuo de la productividad que permitiría equilibrar —en cierta medida— el proceso de acumulación y de creciente concentración del capital privado.
El principal mecanismo que permite la convergencia entre países es la difusión del conocimiento tanto tecnológico como educativo. Entre 1700 y 2012, la población mundial creció apenas un 0,8% anual; pero este crecimiento acumulado permitió que la población se multiplicara por diez (de 600 a 7.000 millones de habitantes). La salud y la educación representan mejoras reales y notorias de las condiciones de vida a lo largo de los últimos siglos. Las sociedades cuya esperanza media de vida apenas alcanzaba los 40 años, y en las que casi toda la población era analfabeta, fueron gradualmente sustituidas por sociedades en las que puede vivirse más de 80 años y donde casi todos disponen de un acceso mínimo a la cultura.
Tras la Primera Guerra Mundial se produce un fenómeno importante y curioso en el cambio del valor del dinero. El dinero tenía un sentido fijo, que los novelistas comenzaron a explotar en sus narraciones costumbristas. Después está sometido a fenómenos de inflación y devaluación, aunque en Estados Unidos es más estable que en Europa. Se produce una auténtica «metamorfosis del capital». A finales del siglo XX y primeros decenios del XXI, resulta sorprendente la continuidad y el aumento de las diferencias de capital. En la década de 2010, la participación del 10% de los patrimonios más elevados se sitúa en torno al 60% de la riqueza nacional, en los países europeos más avanzados (Francia, Alemania, Reino Unido e Italia). Lo más sorprendente es que, en estas sociedades, la mitad más pobre de la población no posee casi nada. El 50% de los más carentes de capital, según Piketty, poseen siempre menos del 10% de la riqueza nacional y, en general, menos del 5%. En Francia, con datos referidos a los años 2010-2011, la participación del 10% de los más ricos alcanzaba el 62% del patrimonio total, y la del 50 más pobre era solo del 4%. En Estados Unidos, la investigación más reciente, organizada por la Reserva Federal, para estos mismos años, indicaba que el 10% superior poseía el 72% de patrimonio estadounidense, y la mitad inferior apenas el 2%.
Hasta donde sabemos, no existe ninguna sociedad, en épocas recientes, en la que se observe una distribución del capital que no sea desigualitaria (aunque lo fuera «débilmente»): una distribución en que la mitad más pobre de la sociedad poseyera una parte significativa —por ejemplo, un quinto o un cuarto— del patrimonio total. En realidad, la mitad más débil de la población suele constar de un gran número de patrimonios nulos o casi nulos: unos miles de euros en el mejor de los casos. Pero un gran número de personas tiene un cero patrimonial absoluto. Para este sector, la noción misma de patrimonio es relativamente abstracta. En el caso de millones de personas, su riqueza se reduce a unas semanas de sueldo adelantado en una cartilla de ahorro, un viejo coche y algunos muebles.
El desarrollo de una verdadera «clase media patrimonial» constituiría la principal transformación estructural de la riqueza en los países desarrollados del siglo XXI. Pero, aunque se apunta un cierto avance en esta línea, las diferencias siguen siendo extremas. Y el aspecto más hiriente atañe a la justificación de la desigualdad, mucho más que a su magnitud como tal. Frente a esta mayoría que no tiene casi nada, se encuentra la sociedad hiperpatrimonial, la sociedad de rentistas, con patrimonios muy importantes, en los que la concentración de riquezas alcanza niveles extremos.
Se habla ahora de una sociedad «hipermeritocrática»: una sociedad de «superestrellas» o «superejecutivos». Algunos piensan que la cumbre comenzaría a venir dada sobre todo por altos ingresos de trabajo y no tanto por los bienes heredados. Pero este contraste entre una sociedad de rentistas y una sociedad de superejecutivos es excesivo e ingenuo. Nada impide que alguien sea, al mismo tiempo un rentista y un superejecutivo, entre otras cosas porque los hijos de rentistas se convierten en hiperejecutivos. Tal combinación —que comienza a darse— puede conducir a una sociedad ultradesigualitaria, por la combinación de dos «lógicas» que mutuamente se potencian. En esta articulación entre lo tecnológico y lo financiero, parece que se intenta lograr una especie de justificación de la desigualdad, lo cual resulta no poco hiriente. Estamos ante la perspectiva de patrimonios muy importantes, en los que la riqueza se concentra progresivamente —hasta alcanzar niveles extremos— por recurso a los vínculos de parentesco.
Una versión significativa de la acumulación de capitales es el rendimiento de los fondos patrimoniales universitarios en Estados Unidos. Actualmente existen más de 800 universidades en Estados Unidos que tienen fondos patrimoniales. Las primeras universidades en la clasificación son Harvard (30.000 millones de dólares) y Yale (casi 20.000), y detrás Princeton y Stanford con más de 15.000. Después vienen M.I.T y Columbia con 10.000, y Chicago y Pensilvania con 7.000. Las 800 universidades estadounidenses, a principios de la década iniciada en 2010, poseían activos por casi 400.000 millones de dólares (500 de promedio). Esto representa menos del 1% de las fortunas privadas en los hogares norteamericanos. El promedio de los intereses obtenidos fue el 8,2% anual neto en el periodo 1980-2010: resultado parecido al de los multimillonarios que aparecen en la revista Forbes (deducidos los impuestos y los altísimos gastos de gestión). El rendimiento obtenido crece a medida que aumenta la cuantía de la dotación. Se manejan carteras muy bien dosificadas, por parte de especialistas competentes: acciones no cotizadas, fondos especulativos, productos derivados, inversiones inmobiliarias, materias primas. Se trata de estrategias de inversión harto sofisticadas, semejantes a las de las familias más ricas, que inventan incesantemente fórmulas jurídicas, cada vez más afinadas, para restringir el acceso a su patrimonio. Por ejemplo, Harvard gasta 100 millones de dólares anuales en management costs. Hay una enorme desigualdad en el rendimiento del capital en función del depósito inicial. (Las universidades de ese país no se enriquecen preferentemente, como se suele suponer, por los donativos de antiguos alumnos, que suponen solo entre una quinta y una décima parte del ingreso anual conseguido.)
En Estados Unidos, las decisiones de admisión de nuevos alumnos dependen de forma significativa de la capacidad financiera de los padres para hacer aportaciones a las universidades. El ingreso anual de los padres de los estudiantes de Harvard es hoy en día del orden de 450.000 dólares, aproximadamente el ingreso promedio del 2% de los hogares estadounidenses más ricos, lo que parece poco compatible con una selección basada en el mérito. Todo ello en contraste con el discurso meritocrático oficial, y la realidad de la completa falta de transparencia en los procesos de selección.
Es cierto que el problema de la igualdad en el acceso a la enseñanza superior no ha sido satisfactoriamente resuelto por casi ningún país. Pero las diferencias de las matrículas (con pocas excepciones) son tremendas entre Europa y los Estados Unidos de América.
En la Europa actual, el problema de la desigualdad económica se ha visto potenciado en los últimos años por la introducción de medidas de austeridad que han afectado especialmente a los más pobres. El director de BBVA  Research para España, Rafael Doménech, considera que la desigualdad en nuestro país está agudizada por dos factores: el desempleo y el capital humano. Actualmente, el desempleo es considerablemente más alto que en los países del entorno europeo con los que España aspira a compararse; y desde luego, no se encuentra en mejor situación que Portugal o Italia. Por otra parte, el bajo nivel del capital humano —sobre todo en educación— provoca que la desigualdad sea un problema crónico. Se ha creado una masa de pobreza que previsiblemente tardará años en reducirse.
El economista de Cáritas Guillermo Fernández Maíllo insiste en que «la desigualdad no se va a reducir solamente con la recuperación del empleo en España. El problema es más grave y la fractura social viene aumentando desde hace años: antes de que llegara esta última crisis económica». Se puede considerar que el índice de exclusión social ha alcanzado el 25%. Lamentablemente, la desigualdad y la exclusión han estado presentes en la sociedad española durante toda la etapa democrática (y, por supuesto, también anteriormente). La última crisis económica que estalló en 2008 ha disparado todos los índices de desigualdad, pobreza y exclusión social, agravados por los recortes sociales en sanidad y educación. La pobreza lleva camino de hacerse endémica. Porque, como dice Fernández Maíllo, «entrar en la exclusión social es muy fácil y salir muy difícil, casi imposible». Estamos ante un presente que puede devorar al porvenir.
Afortunadamente, son cada vez más quienes se dan cuenta de que el presunto automatismo de la economía no conduce a superar estas desigualdades injustas. Entre otros condicionamientos, porque la carencia simultánea de ingresos y de desarrollo social deja a las personas y a los grupos sociales en una situación que no puede ser resuelta únicamente con el propio esfuerzo.
Este panorama, detectable a primera vista en no pocos países, se proyecta al ámbito mundial, donde las desigualdades se acrecientan y conducen a choques que implican no pocas veces enfrentamientos difícilmente controlables. No se trata exclusivamente de problemas económicos y técnicos, sino que aparece cada vez más claro su trasfondo ético. Los pobres y marginados no suelen ser, precisamente, los causantes de las desgracias que a ellos mismos les afectan. No es extraño que se sientan injustamente tratados. La situación parece improseguible

¿Cuándo la política fiscal es injusta? (artículo póstumo)

  Por Carlo Caffarra, Cardenal Arzobispo de Bolonia. Recientemente fallecido. El sistema fiscal es una parte relevante del pacto social, en ...