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miércoles, 14 de marzo de 2018

Todo el dinero del mundo


Contenidos: Imágenes (algunas V, S-)
Reseña: 
Roma, 1973. Unos hombres enmascarados secuestran a un adolescente llamado Paul (Charlie Plummer). Su abuelo, J. Paul Getty (Christopher Plummer), es el hombre más rico del mundo, un magnate petrolero tan multimillonario como avaro. El secuestro de su nieto favorito no es razón suficiente para renunciar a parte de su fortuna.
“Todo el dinero del mundo” cuenta la historia de Gail (Michelle Williams), la persistente y tenaz madre de Paul para quien, al contrario que Getty, sus hijos son lo más importante. La vida de su hijo depende de un tiempo que se acaba, y los secuestradores se muestran cada vez más determinados, inestables y violentos. Cuando Getty envía a su enigmático hombre de seguridad, Fletcher Chace (Mark Wahlberg), a velar por los intereses de su nieto, él y Gail se alían en una carrera contrarreloj que revelará el valor del amor frente al dinero.
Ridley Scott recrea este episodio aportando un sesgo muy realista en la puesta en escena setentera  y en la consecución de los hechos, servidos sin ninguna espectacularidad, incluso con escaso gancho. Aquí tenemos sobre todo los hechos desnudos: la angustiosa espera de una madre que no puede recuperar a su hijo y la vida de éste en su reclusión en Calabria. Y entre medias un abuelo multimillonario encastillado en su avaricia. El contexto humano se logra con oficio, gracias a algunos iniciales flash-backs que recogen la vida de los componentes de la familia, sus relaciones y problemas.
Revolotea continuamente en Todo el dinero del mundo una clara referencia cinematográfica que lo impregna todo: Ciudadano Kane. John Paul Getty (1892-1976) vendría a ser una suerte de Charles Foster Kane del mundo del petróleo, un hombre ambicioso que al parecer fue capaz de acumular más dinero que nadie en la historia. Recuerda al famoso magnate de la prensa también en su insaciable afán por poseer objetos de arte –“los únicos que siempre dicen la verdad”–, mientras que se va convirtiendo en un hombre solo, sin familia, sin amor.  Las interpretaciones son muy buenas.

Nuestra vida en la Borgoña


Ce qui nous lie
  • Comedia
  • Público apropiado: Jóvenes
  • Valoración moral: Con inconvenientes
  • Año: 2017
  • País: Francia
  • Dirección: Cédric Klapisch
Contenidos: Imágenes (algunas X-)

Reseña: 

Hace diez años, Jean dejó atrás a su familia y su Borgoña natal para dar la vuelta al mundo. Al enterarse de la inminente muerte de su padre, regresa a la tierra de su infancia. Allí se reencuentra con sus hermanos, Juliette y Jérémie. El reencuentro entre los hermanos marcará un periodo en que los tres tendrán que afrontar sus vidas de modo diferente.
Estupenda y reconfortante película francesa, de esas que permiten comprender que las pequeñas y cotidianas historias son a veces las más hermosas. El director francés Cédric Klapisch despliega la historia con sutileza y los conflictos de cada personaje, sus miedos y sus retos, entran con primor en una trama sencilla, estructurada a lo largo de todo un año, según los trabajos estacionales que son necesarios emprender en la viña. Además, el director demuestra tener una gran sensibilidad para hablar de la fraternidad.
Sin espectáculo, desprende Nuestra vida en la Borgoña una visión realista y positiva del amor, de la unión familiar, del encuentro reposado con la felicidad, ésta enmarcada en una visión auténtica de la vida, un modo de ser que el film sabe encarnar en los tres hermanos y en su modo de disfrutar del vino, en contraste con la visión utilitarista de sus vecinos viticultores. Todas las interpretaciones son espléndidas.

martes, 13 de marzo de 2018

El que no llora, no mama

Por Antonio Argandoña, Catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona 
Viejo refrán, que conserva toda su validez. Hace unos días presenciamos manifestaciones de jubilados, pidiendo pensiones justas y, concretamente, que se revaloricen de acuerdo con la evolución del índice de precios de consumo. No participé en las manifestaciones, pero me sentí halagado por la iniciativa de mis colegas, que me favorece. Claro que luego me pregunté: ¿es este un problema acuciante en España? Y me respondí: no, no lo es, al menos como colectivo. En los años de la crisis, la renta mediana de los mayores de 65 años en España aumentó un 64%, que vale la pena comparar con el 9% que creció la de los de 18 a 24 años. Claro que podemos decir que a estos les queda toda una vida para recuperar su poder adquisitivo, pero también vale la pena que esa es la edad en que hay que pensar qué va a hacer uno en la vida, si va a crear una familia, comprar una casa, tener hijos, ahorrar para la vejez… Y las perspectivas de todo esto no son halagüeñas, teniendo en cuenta las tasas de desempleo de los jóvenes, sus contratos basura, la falta de expectativas de mejora…
Bien por mis colegas jubilados, porque muchos tienen pensiones muy bajas, y porque, como dice el refrán del título, si no lloras, si no te quejas, si no pides algo, te ningunean, quedas al margen y se olvidan de ti. Sobre todo teniendo en cuenta que nuestras pensiones tienen un futuro muy negro, dada la evolución de la natalidad, el empleo, la productividad y la duración de la vida. O sea que sí, es verdad, los jubilados tenemos y vamos a seguir teniendo un problema. Que no es el de la revalorización con la inflación, que es solo la guinda del pastel.
Por cierto, la prensa nos informó hace unos días de un Nuevo Plan de la Vivienda 2018-2021, una de cuyas medidas estrella es el anuncio de subvenciones al alquiler de vivienda por parte de los jóvenes. Claro que esto no soluciona “el” problema. Por cierto, algún periódico publicaba, detrás de la noticia del Plan, otra sobre el aumento del precio de las viviendas en 2017: un 6,2% a nivel nacional, y expectativas del 5% para 2018.
¿A dónde quiero llegar? A que nuestros políticos, los medios de comunicación, los gobiernos de varios niveles y los mismos ciudadanos no queremos pensar en nuestros problemas. Son “de otros”: del Estado, que tiene que pagar las pensiones; de las empresas, que tienen que ofrecer salarios altos, empleo alto y contratos buenos a los jóvenes…
Vaya: me ha vuelto a salir una entrada negativa. Pido perdón al lector. Y reconozco que las redes sociales y los ciudadanos no están por la labor de identificar los problemas importantes, ordenarlos, pensar las soluciones posibles, repartir los costes y beneficios (¡oh!, esta es la madre del cordero) y animar a los líderes políticos a vencer su cobardía y poner manos a la obra.

sábado, 10 de marzo de 2018

Ayuda y Responsabilidad social


Por Antonio Argandoña, Ordinario de Economía y Ética en IESE
No me gusta hacer leña del árbol caído, como dice el refrán español. Por eso he preferido esperar unos días para tratar de las malas prácticas que se detectaron hace un tiempo en Oxfam, con ocasión de la ayuda en Haití después del terremoto. Y no quiero entrar en juzgar aquello: ¿quién soy yo para hacerlo? Solo quiero comentar dos o tres cosas, tomando como punto de partida la Responsabilidad Social de las Organizaciones -y con esto voy un paso más allá de la Responsabilidad Social de las Empresas.
La Responsabilidad Social no es dar ayuda, hacer filantropía, promover acciones sociales o voluntariado… Bueno, sí lo es, pero no es solo eso, ni siquiera principalmente eso. Hay gente con necesidades que pueden ser urgentes, importantes y difíciles de solventar para el interesado. Y esto crea un deber de ayuda por parte del que puede, con los criterios ya conocidos: tanto más deber de ayudar cuanto más cerca esté yo de esa necesidad, cuanto más grave sea la necesidad, cuanto más urgente sea, cuanto menos posibilidades tengan otros de ayudar… Nótese que no basta cumplir con una de esas condiciones: mi madre puede necesitar urgentemente un televisor nuevo, pero no basta esto para dejar de ayudar a alguien que está muriéndose de hambre más lejos…
Esto ya lo sabemos, pero muchos siguen pensando que la Responsabilidad Social es dar dinero. Bueno, yo lo pensaría si tuviese necesidad de publicar urgentemente algún artículo sobre el tema, porque concebir la Responsabilidad como un deber moral, que depende de las circunstancias, que golpea el corazón… eso no es fácil de traducir en un modelo cuantificable y, por tanto, publicable.
Bueno, dar dinero forma parte de esa Responsabilidad, pero no se reduce a ella. Y, en el caso de la empresa, la filantropía suele estar en un lugar lejano, porque las primeras responsabilidades son con los empleados, clientes y gente próxima: primero, pregúntate cómo ganas tu dinero, y luego pregúntate qué vas a hacer con él. Esto último es también una responsabilidad social importante, pero no la única. ¡Ah!, y todos, todos, tenemos esa responsabilidad: es la responsabilidad social que se deriva de que somos humanos -aunque nuestro mundo individualista considere que esto no tiene por qué ser así.
El tema de la ayuda a países del tercer mundo ha levantado también otras críticas, cuando se considera la relación que hay entre el donante y esas personas necesitadas. Porque puede haber algo de superioridad, de “esas personas me necesitan”, “son como niños, no pueden valerse por sí mismos”… Y eso puede ser verdad después de un terremoto, en que uno ha perdido todo lo que tenía, incluso sus parientes próximos. Pero la conclusión debe ser que tenemos el deber de volver a ponerles al mando de sus vidas, y cuanto antes, procurando no crear dependencia y devolviéndoles la dignidad. La imagen de un campo de emergencia a la semana de un terremoto debe movernos a la compasión; la imagen de ese campo varios años después debe provocar indignación: alguien -nosotros, yo- no ha cumplido con su deber de humanidad.


No sé si lo que hay detrás de los problemas que he mencionado al principio es esta manera equivocada de entender a las personas necesitadas. Pero esa manera existe, y me parece que tenemos que luchar contra ella.

jueves, 8 de marzo de 2018

¿Hartos del activismo y fundamentalismo LGTB?


Fuente: New York Magazine, Public Discourse
En un comentario a un reciente informe de la Gay & Lesbian Alliance Against Defamation (GLAAD), Andrew Sullivan, pionero del matrimonio entre personas del mismo sexo, lamenta la creciente radicalización del activismo LGTB. Por su parte, Glenn Stanton, de Focus on the Family, pide a los activistas más beligerantes que practiquen la misma tolerancia que exigieron para su causa.
En 1989, Sullivan publicó en The New Republic un artículoque sorprendió a propios y a extraños, al pedir la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo con argumentos “conservadores”: en opinión de este conocido bloguero, el compromiso estable entre dos homosexuales era más beneficioso para la sociedad que el caos del amor libre. Aunque en su día fue criticada incluso dentro de la comunidad gay, la postura de Sullivan –que es homosexual– terminó por prevalecer en el movimiento, que vio en el matrimonio una vía para la aceptación de su causa.
De esta normalización habla el informe de GLAAD, una organización que promueve la visibilidad del movimiento LGTB en los medios de comunicación. Tras varios años de imparables avances, algunos datos sugieren que el apoyo a la causa se ha estancado: “Este año, más adultos estadounidenses no LGTBQ [la Q es de “queer”] declaran sentirse incómodos al saber que un familiar, su médico o el profesor de sus hijos es LGTBQ”. En realidad, los porcentajes varían poco respecto de los tres años anteriores. Pero el hecho de que no vaya a más, es una señal de alarma para GLAAD: “El péndulo de la aceptación se ha detenido abruptamente y oscila en la dirección contraria”.
¿Qué hay detrás de este frenazo? A Sullivan no le convence la hipótesis que descarga la responsabilidad en Trump y la polarización. En cambio, esboza una posible explicación: el incipiente desencanto sería una respuesta a “la radicalización de la ideología y la retórica del movimiento [gay]”. Sullivan cree que este “profundo cambio en la forma y en el fondo” se produjo tras la sentencia del Tribunal Supremo de EE.UU. que legalizó el matrimonio homosexual en 2015.
Hasta entonces, dice Sullivan, quienes llevaban la voz cantante en el movimiento ponían el acento en la igualdad: “Nos presentábamos como ciudadanos corrientes que solo buscaban los mismos derechos y responsabilidades que el resto”. Pero desde 2015, una vez alcanzado el objetivo de la “igualdad matrimonial”, se retiraron de la primera línea y ganaron peso otros líderes más beligerantes. Más preocupados por las alternativas al matrimonio, estos insisten, “por encima de todo, en el transexualismo (…) [El eslogan] ‘vive y deja vivir’ se convirtió en: ‘Si no crees que el género no es binario [masculino y femenino], eres un intolerante’”.
En un artículo para Public Discourse, Glenn Stanton, director de estudios de Focus on the Family, explica cómo han cambiado las tornas en estos pocos años: la opinión pública estadounidense empieza a ser sensible al hecho de que personas comunes “que no albergan mala voluntad alguna” contra los homosexuales, están siendo demandadas por negarse a prestar sus servicios en una boda gay, alegando motivos de conciencia. Algunos de los casos que menciona Stanton son anteriores a 2015.
“El estadounidense medio, a quien se le pidió que apoyara el matrimonio entre personas del mismo sexo en nombre de la justicia y la tolerancia, está viendo que aquellos que le pidieron su apoyo no viven según sus propias reglas. Está viendo que la ‘igualdad matrimonial’ no era suficiente. Y está viendo que el trato ha sido unilateralmente renegociado: ‘No solo apoyarás nuestro derecho a casarnos, sino que también apoyaras todo aquello que nuestros matrimonios soliciten”.

domingo, 4 de marzo de 2018

¿Qué es la prudencia?


Por Antonio Argadoña, Catedrático Economía Universidad de Barcelona
No pretendo dar aquí una clase sobre las virtudes. Simplemente, consultando la web del Jubilee Centre for Character and Virtue encontré una entrada sobre la “phronesis”, sabiduría práctica o prudencia. Breve, pero que contiene un mensaje que me pareció interesante para mis lectores. La prudencia es una virtud intelectual, pero no se queda simplemente en eso, porque exige al que trata de ser prudente cosas que van mucho más allá de “conocer algo” sobre la virtud. Una persona no puede ser prudente si no tiene hábitos morales buenos y  buenas disposiciones morales. Y si reúne esa características y ha adquirido, más o menos, la virtud de la prudencia, estará desarrollando un amplio listado de virtudes, que le permitirán hacer frente a los problemas que se presenten, incluso aunque sean problemas nuevos, antes no conocidos o experimentados, incluso problemas poco claros o de difícil solución.
Me parecía oportuno hacer notar esa idea de que la prudencia es una virtud “de amplio espectro”, que suele darse con otras y que no solo “enseña” lo que hay que hacer, sino que llama la atención sobre los problemas (los ve venir desde lejos), los identifica, despierta emociones sobre ellos (emociones que se dirigen a hacer lo bueno y a evitar lo malo), mueve a la voluntad a actuar y, cuando toma la decisión, se encarga de que lo decidido se ponga en práctica, de modo que el agente no se deje despistar por las tentaciones contrarias, la pereza o el desinterés.
A la vista de esto, uno entiende por qué hemos de ser virtuosos: no es cuestión de saber, sino de saber, y de sentir, y de querer, y de hacer, y de hacer bien y hasta el final. Con palabras de la web del Jubilee Centre mencionada antes, la prudencia es “la excelencia que permite que uno actúe o responda del mejor modo humanamente hablando. Esto comprende no sólo conocimiento sobre la virtud, sino  también el conocimiento y la internalización de ciertos valores, el razonamiento que permite a uno ver las alternativas que mejor realicen esos valores, la capacidad de identificar los detalles que sobresalen en una situación desde el punto de vista moral, y, cuando se presentan situaciones en que los valores están en conflicto, la capacidad para decidir  cuál es el mejor medio, o el más apropiado, para actuar en una situación”.

sábado, 3 de marzo de 2018

Los derechos individuales, ¿van a matar a la libertad?

Fuente Aceprensa, 2.03.2018

En una entrevista conjunta, Le Figaro reúne a dos autores que acaban de publicar en Francia sendos libros sobre la libertad: Carlo Strenger, ensayista israelí, autor de Allons-nous renoncer à la liberté?, y el abogado François Sureau, autor de Pour la liberté, que ha recurrido ante el Consejo Constitucional en contra del “estado de urgencia” adoptado en la lucha contra el terrorismo.
Ambos subrayan que, incluso en las sociedades liberales, la libertad no se puede dar por supuesta, hay que luchar por ella. “En estos tiempos de atentados, de vuelta a los fundamentalismos y de ascenso de los extremismos, querría recordar que la libertad no es un derecho fundamental sino una conquista de la cultura occidental que hay que preservar, y de oponer al consumismo pasivo”, dice Strenger.
Ambos politólogos señalan la incoherencia de las tendencias individualistas que paradójicamente llevan a un refuerzo del control por parte del Estado. “De una parte –dice Sureau–, se busca la satisfacción ilimitada de los derechos de disfrute individual; del otro, se pide que el Estado administre la guardería social, arrogándose un derecho de control integral sobre nuestras vidas”.

Estado niñera

También Sureau muestra su inquietud ante “el desarrollo de lo que se llama el ‘Estado niñera’, ese Estado hiperprotector que quiere proteger la sensibilidad de cada uno como una madre. El precio que hay que pagar es una tiranía de lo políticamente correcto, que limita la libertad de expresión”.
La defensa de la seguridad en estos tiempos de atentados terroristas no nos debe llevar a abdicar de nuestros propios principios. En este tema, dice Sureau, el primer principio a respetar es que “nadie es un criminal antes de que haya cometido un delito (…) El abandono de esta idea va de la mano con una forma de relativismo moral que ha borrado la noción de mal: cada uno actúa como le da la gana, pero cuanto más se reconoce este derecho, más nos volvemos hacia el Estado para garantizar la seguridad del conjunto. Hay una relación estrecha entre la inmoralidad de nuestras sociedades y el carácter represivo del Estado. El segundo principio es que confiamos el castigo de los delitos a un juez independiente. Es lo que el ‘estado de urgencia’ [vigente en Francia para la lucha contra el terrorismo] ha querido abolir, al otorgar cierto número de poderes represivos al representante del gobierno. ‘Más seguridad, menos libertad’ es una idea absurda, pues todo el sistema del Derecho, mucho antes de la Ilustración, ha sido concebido para no tener que escoger entre ambas cosas”.
Para Carlo Strenger, “es fácil seguir siendo civilizados frente a los que lo son tanto como nosotros. Nuestro gran deber es conservar los logros morales de nuestra civilización en las situaciones de crisis. Y la historia está llena de momentos en que lo hemos conseguido”.
Por su parte, Sureau advierte que “la idea de que la mejor manera de defender una civilización sería renunciar a aquello que la constituye es a la vez absurda y peligrosa. Y no demuestra más que una cosa: que no estamos convencidos de ser una civilización, pues estamos tan fácilmente dispuestos a renunciar a ella. Es, en síntesis, el mensaje que transmite la propaganda islamista: Mirad, dicen, han sustituido a Dios por los derechos humanos, y no creen en los derechos humanos más que en Dios, puesto que hacen caso omiso de ellos cuando se trata de luchar contra nosotros; así que no creen en nada, y como no son nada, nosotros no hacemos más que destruir la nada”

Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...