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domingo, 20 de enero de 2013
«La única forma de negar a Dios es instaurando el mal"
Juan Manuel de Prada, que vuelve a paladear el éxito de crítica y de ventas con una novela tras la publicación de Me hallará la muerte (Destino), concedió este domingo a Alfonso Armada para ABC una de las entrevistas más extensas y profundas de su carrera literaria.
Un católico nada "buenrollista"
Definido por su entrevistador como "un artesano de la literatura que lleva a gala su condición de católico empeñado en dar testimonio contra viento y marea", Prada abordó multitud de perspectivas de su percepción del mundo en todos los ámbitos: literario sobre todo, pero también filosófico, religioso, político, económico...
"Yo soy un escritor bastante a la contra de los tiempos. Primero porque tengo una cosmovisión cristiana, lo cual ya te convierte en un escritor a la contra. Pero además es una cosmovisión cristiana, pero desgarrada o tortuosa, no una cosmovisión cristiana luminosa, o buenrollista, que es lo que hoy en día se lleva más", afirmó a modo de síntesis. En ese sentido se siente "muy identificado" con Miguel de Unamuno, aunque sin mitificar al pensador vasco: "Aunque llegamos a conclusiones distintas mi relación con la sobrenatural es muy unamuniana, de una tensión fuerte".
Hay en Prada "una rebelión constante, y una tensión muy fuerte y un deseo de creer para sentirme inmortal. Porque yo creo que esa es la vocación natural de todo ser humano. Si no, desde el momento en que dejamos de sentirnos inmortales esta vida se carga de angustia, porque entonces te preguntas por qué tengo necesidad de escribir, por qué tengo la necesidad de conmoverte con la belleza. Si no lo contemplas como una reverberación o como un eco de una belleza suprema que vas a contemplar en la otra vida de repente todo deja de tener sentido, parece como una broma macabra", explicó para dar el sentido último a su pulsión de escritor.
Que Dios intervenga en nuestra vida
Se le reprocha que "haga ostentación de sus sentimientos religiosos, que es algo que además le distingue", le plantea Armada. "Cuando uno se va tomando en serio ciertas cosas, como en mi caso puede ser la fe", responde, "es que aunque no quieras hay algo que te arrastra, algo superior a ti. Hay mucha gente que tiene posiciones ideológicas mucho más fuertes que la mía y no tienen estos problemas. Esto es odio religioso. Y yo por prudencia o por interés procuraría disimular más esto. Pero no puedes... Esto es también muy cristiano. Dejar que Dios intervenga en nuestra vida y no oponer resistencia, entre otras cosas porque he tratado de oponerla y ha habido otros momentos en mi vida, por miedo, por temor, por la hostilidad que descubres, en que me he dicho: vamos a tratar de ser más contemporizador o más camaleónico. Pero tampoco lo consigues".
Se le reprocha que "haga ostentación de sus sentimientos religiosos, que es algo que además le distingue", le plantea Armada. "Cuando uno se va tomando en serio ciertas cosas, como en mi caso puede ser la fe", responde, "es que aunque no quieras hay algo que te arrastra, algo superior a ti. Hay mucha gente que tiene posiciones ideológicas mucho más fuertes que la mía y no tienen estos problemas. Esto es odio religioso. Y yo por prudencia o por interés procuraría disimular más esto. Pero no puedes... Esto es también muy cristiano. Dejar que Dios intervenga en nuestra vida y no oponer resistencia, entre otras cosas porque he tratado de oponerla y ha habido otros momentos en mi vida, por miedo, por temor, por la hostilidad que descubres, en que me he dicho: vamos a tratar de ser más contemporizador o más camaleónico. Pero tampoco lo consigues".
"La realidad es que yo creo en las cosas", continúa: "Uno de los grandes problemas que tengo es precisamente por definirme como una persona católica. Muchos católicos, ante mi literatura, se retraen un poco. Sospecho que esperan encontrar en mi literatura... una cosa beata, almibarada, merengosa. Y se tropiezan con lo contrario. Es que yo soy un escritor profano. Reivindico el ser católico, pero el tener unas inquietudes profanas y por lo tanto en mis novelas tiene que estar presente el mal, realidades del mundo. Mi literatura es problemática".
De derechas, más que católicos
Y evocando la profecía del anciano Simeón a la Virgen María, de que Jesucristo sería "signo de contradicción", Prada añade: "Y yo creo que de alguna manera, hoy en día, en nuestro mundo, ser cristiano es esto: ser signo de contradicción. Ahí no hay representación, más allá, repito, de que inevitablemente al asumir una responsabilidad uno muchas veces se convierte sin pretenderlo en la fachada de unas posiciones".
Y evocando la profecía del anciano Simeón a la Virgen María, de que Jesucristo sería "signo de contradicción", Prada añade: "Y yo creo que de alguna manera, hoy en día, en nuestro mundo, ser cristiano es esto: ser signo de contradicción. Ahí no hay representación, más allá, repito, de que inevitablemente al asumir una responsabilidad uno muchas veces se convierte sin pretenderlo en la fachada de unas posiciones".
Pero ¡atención!, porque esas posiciones pueden no ser las que parecen: "En España, no nos engañemos, del mismo modo que en los años sesenta y setenta lo católico fue utilizado por la izquierda, hoy en día lo católico también es utilizado por la derecha y esto hace que mucha gente que es más de derechas que católica se sienta defraudada contigo, o viceversa".
Del mal al teocentrismo
Como han subrayado todas las interpretaciones sobre Me hallará la muerte, en esta novela el mal está muy presente: el mal mediante el cual se puede lograr un bien, un dilema moral tan viejo como la Humanidad: "El mal puede llegar a ser algo rutinario y no algo necesariamente aflictivo ni comprometedor para quien lo comete. Pero el problema del mal es que te va curtiendo, vas criando callo, vas perdiendo sensibilidad y el mal se va apoderando de ti sin que te des cuenta. El mal siempre te pasa factura".
Como han subrayado todas las interpretaciones sobre Me hallará la muerte, en esta novela el mal está muy presente: el mal mediante el cual se puede lograr un bien, un dilema moral tan viejo como la Humanidad: "El mal puede llegar a ser algo rutinario y no algo necesariamente aflictivo ni comprometedor para quien lo comete. Pero el problema del mal es que te va curtiendo, vas criando callo, vas perdiendo sensibilidad y el mal se va apoderando de ti sin que te des cuenta. El mal siempre te pasa factura".
Un poco más adelante en la conversación, Prada vuelve a mostrar su planteamiento teocéntrico de la existencia: "No creo que el hombre sea el centro de todas las cosas, creo que Dios es el centro de todas las cosas, y el hombre, como criatura, está puesta aquí para ejercer un dominio responsable del mundo de forma delegada, digámoslo así".
Dinero, según como; el mercado, sí, el capitalismo es otra cosa
En su análisis de nuestro mundo, reitera su crítica a la idolatría del dinero: "Siempre se dice que Cristo estaba en contra del dinero. Eso no es completamente cierto. De hecho, Cristo tenía un montón de amigos ricos, desde Nicodemo a José de Arimatea, gracias al cual pudo ser enterrado decorosamente. Él tiene amigos ricos, recurre a ellos... Contra lo que él se alza es contra el dinero convertido en religión, de ahí la frase «no podéis servir a dos señores, no podéis servir a Dios y al dinero».... Y eso es lo que hemos hecho con el dinero: el dinero ha dejado de ser un signo que significa el valor de las cosas, y que se remitía en sí mismo al valor que las cosas tienen, y lo hemos convertido en algo espiritual, en algo que está desprendido de la riqueza natural, que ha dejado de representar el valor de las cosas y que representa un valor fantasmagórico, y así nos pusimos a crear dinero fantasmagórico".
En su análisis de nuestro mundo, reitera su crítica a la idolatría del dinero: "Siempre se dice que Cristo estaba en contra del dinero. Eso no es completamente cierto. De hecho, Cristo tenía un montón de amigos ricos, desde Nicodemo a José de Arimatea, gracias al cual pudo ser enterrado decorosamente. Él tiene amigos ricos, recurre a ellos... Contra lo que él se alza es contra el dinero convertido en religión, de ahí la frase «no podéis servir a dos señores, no podéis servir a Dios y al dinero».... Y eso es lo que hemos hecho con el dinero: el dinero ha dejado de ser un signo que significa el valor de las cosas, y que se remitía en sí mismo al valor que las cosas tienen, y lo hemos convertido en algo espiritual, en algo que está desprendido de la riqueza natural, que ha dejado de representar el valor de las cosas y que representa un valor fantasmagórico, y así nos pusimos a crear dinero fantasmagórico".
En cuanto al capitalismo, hace una distinción: "Que agentes libres puedan cambiar sus productos, o que puedan vender sus productos mientras otros agentes libres también los compran, es estupendo. Y podemos estar todos de acuerdo. Yo escribo un libro, se lo vendo a una editorial, la editorial lo vende a los señores que lo quieran comprar. Las relaciones humanas siempre se han tejido así. Pero es que el capitalismo es también una antropología, no es una manera de organizar las relaciones humanas... Estamos bajo un régimen capitalista que es exactamente igual de materialista que el comunismo, y que mediante la deificación del dinero, y de un dinero desencarnado de la riqueza natural de las naciones, se ha convertido en ídolo. Para alcanzar ese ídolo ha destruido nuestros vínculos sociales, ha introducido la inmoralidad como regla de conducta establecida, consentida, admitida"...
Falla el diagnóstico
Por eso se irrita cuando ese elemento es eliminado de la relación de males contemporáneos: "Nunca se ha analizado cómo este orden económico ha contribuido a la destrucción de la familia, siempre se habla del relativismo, del hedonismo, ¡qué cojones, el capitalismo, señores! El capitalismo que nos ha obligado a jornadas laborales enloquecidas, que por avaricia hemos antepuesto sobre el cuidado de nuestras familias otras cuestiones. El capitalismo ha destruido los cimientos de nuestra vida y no nos hemos dado cuenta".
Por eso se irrita cuando ese elemento es eliminado de la relación de males contemporáneos: "Nunca se ha analizado cómo este orden económico ha contribuido a la destrucción de la familia, siempre se habla del relativismo, del hedonismo, ¡qué cojones, el capitalismo, señores! El capitalismo que nos ha obligado a jornadas laborales enloquecidas, que por avaricia hemos antepuesto sobre el cuidado de nuestras familias otras cuestiones. El capitalismo ha destruido los cimientos de nuestra vida y no nos hemos dado cuenta".
El bien y el mal: la ley natural
En otro momento de la entrevista, Prada recuerda la doctrina clásica de la ley natural: "Creo en la ley natural. Precisamente porque creo en Dios creo que Dios ha querido, puesto que la fe no puede ser obligatoria, es un don que uno recibe, otros no, pero el Dios en el que creo cuenta con ello, porque nos ha dado libertad. Creo que el hombre tiene una noción natural del bien y del mal. En realidad esta es la definición aristotélica de hombre: el hombre es el único animal con capacidad para hacer un juicio ético objetivo, con capacidad para discernir entre el bien y el mal. Eso es lo ha distinguido al hombre durante toda la historia. Yo creo que sí, el hombre está iluminado por este conocimiento natural ético. Absolutamente, sí. Un hombre que no crea puede ser bueno. Sí lo creo".
En otro momento de la entrevista, Prada recuerda la doctrina clásica de la ley natural: "Creo en la ley natural. Precisamente porque creo en Dios creo que Dios ha querido, puesto que la fe no puede ser obligatoria, es un don que uno recibe, otros no, pero el Dios en el que creo cuenta con ello, porque nos ha dado libertad. Creo que el hombre tiene una noción natural del bien y del mal. En realidad esta es la definición aristotélica de hombre: el hombre es el único animal con capacidad para hacer un juicio ético objetivo, con capacidad para discernir entre el bien y el mal. Eso es lo ha distinguido al hombre durante toda la historia. Yo creo que sí, el hombre está iluminado por este conocimiento natural ético. Absolutamente, sí. Un hombre que no crea puede ser bueno. Sí lo creo".
¿Cuál es entonces el problema de nuestra época? Que "la negación de Dios ya nada tiene que ver con la incapacidad para encontrar a Dios o con la falta de fe. La negación de Dios hoy es ya una guerra. La única forma que el hombre tiene de negar a Dios en realidad es, de la misma manera que tiene de borrar la noción de Dios, es instaurando el mal. Ese es el paso que ha dado nuestro mundo yo me atrevería a decir en los dos últimos siglos. Yo creo que hombres buenos, con capacidad de discernimiento ético a lo largo de la historia ha habido siempre, y no creían. Lo que hay hoy es esa rebelión contra Dios que nos lleva a entronizar una antiley divina. No solamente es que nosotros no lleguemos a los Diez Mandamientos a través de la fe, siempre ha existido la certeza moral, lo que los mandamientos te imponían, más allá de la adoración a Dios. Si no creías, lo demás lo podía compartir cualquier persona. Pero hoy en día no. Hoy en día la negación de Dios va acompañada de la negación de esta capacidad de discernimiento sobre el bien y el mal".
Y no es maniqueísmo: "Al contrario... En cualquier persona honesta hay una búsqueda de Dios inevitable, porque la búsqueda de Dios es la búsqueda de un sentido a la vida... Creo que la búsqueda de Dios en cualquier persona se da. No puedo imaginar que una persona, salvo que esté absolutamente fanatizada, que no se plantee esta pregunta. Lo que pasa es la presencia de este fenómeno nuevo de estar contra Dios".
La muerte, esa puerta...
Por último, Juan Manuel de Prada afirma que no teme morir: "No, no me da miedo. Evidentemente deseo aprovechar esta andadura terrenal, pero le confesaré que de todos los dogmas de la fe que profeso el que me parece más arrebatador y maravilloso es la resurrección de la carne. Tengo una inmensa curiosidad por saber como será esa vida en la que creo con la fe de un caballo".
Por último, Juan Manuel de Prada afirma que no teme morir: "No, no me da miedo. Evidentemente deseo aprovechar esta andadura terrenal, pero le confesaré que de todos los dogmas de la fe que profeso el que me parece más arrebatador y maravilloso es la resurrección de la carne. Tengo una inmensa curiosidad por saber como será esa vida en la que creo con la fe de un caballo".
martes, 8 de enero de 2013
Las instituciones son importantes
Por Antonio Argandoña, IESE, Barcelona, España
Los economistas hemos “descubierto” las instituciones en los últimos años. Empezando por el mercado, que es una institución, y siguiendo con las instituciones que posibilitan y fundamentan una economía de mercado, como el estado de derecho, los contratos, el beneficio, la contabilidad y otras muchas. He pasado unos días en Roma, en la sede de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (ver foto), en un Seminario dedicado a estudiar los fundamentos antropológicos y éticos de las organizaciones (traducción: cómo nuestra manera de entender lo que es la persona y la sociedad condiciona el funcionamiento de nuestras organizaciones, desde las empresas y las ONGs hasta los partidos políticos o los sindicatos). Si al lector le parece que es una pérdida de tiempo, que se pare a pensar en cómo han sido las conductas de los ciudadanos, los políticos, los banqueros, los empresarios, los reguladores, los controladores y mil más los que han provocado la crisis actual.
De entre las muchas ideas que afloraron allí me quedaré solo con un comentario marginal del Profesor Martin Schlag. Algunos partidos políticos alemanes apoyaron en su día la subida de Hitler al poder, porque sus objetivos (parar los pies a los comunistas, por ejemplo) les parecieron muy buenos, aunque ya se veía venir que no iba a respetar las instituciones políticas: el estado de derecho, la libre iniciativa, la libertad de pensamiento, de cátedra y de religión, la independencia del poder judicial… Al cabo de los años tuvieron que reconocer su error. Las instituciones son importantes.
Digo esto porque esa ceguera ante las instituciones y los procedimientos continúa en nuestra sociedad. Cuando un juez suelta a un posible criminal (no ha sido condenado, pero nosotros ya lo hemos linchado en nuestra corazón y en nuestros medios de comunicación, con manifestaciones populares incluidas) porque no se han cumplido los trámites de una detención o los plazos de un encarcelamiento, alzamos la voz, sin darnos cuenta quizás de que las instituciones del estado de derecho son importantes: para el acusado, que a menudo resulta ser inocente; para nosotros, que algún día podemos encontrarnos en su situación, y para el buen funcionamiento de la sociedad.
Y, sobre todo, los políticos se saltan alegremente muchas instituciones que tienen por objeto, precisamente, proteger al ciudadano de los abusos de los que detentan el poder, desde la independencia del poder judicial o de los medios de comunicación hasta la gestión apolítica de las oficinas públicas, las universidades o los centros de investigación, o la garantía de un Tribunal Constitucional ajeno por completo a la política de partidos. Uno de los conferenciantes en el Seminario al que he aludido más arriba afirmó que un sistema judicial que permite que un juicio civil dure diez años, un sistema político que lo mantiene y una sociedad que no se rebela contra eso son injustos. Estoy de acuerdo.
Los economistas hemos “descubierto” las instituciones en los últimos años. Empezando por el mercado, que es una institución, y siguiendo con las instituciones que posibilitan y fundamentan una economía de mercado, como el estado de derecho, los contratos, el beneficio, la contabilidad y otras muchas. He pasado unos días en Roma, en la sede de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (ver foto), en un Seminario dedicado a estudiar los fundamentos antropológicos y éticos de las organizaciones (traducción: cómo nuestra manera de entender lo que es la persona y la sociedad condiciona el funcionamiento de nuestras organizaciones, desde las empresas y las ONGs hasta los partidos políticos o los sindicatos). Si al lector le parece que es una pérdida de tiempo, que se pare a pensar en cómo han sido las conductas de los ciudadanos, los políticos, los banqueros, los empresarios, los reguladores, los controladores y mil más los que han provocado la crisis actual.
De entre las muchas ideas que afloraron allí me quedaré solo con un comentario marginal del Profesor Martin Schlag. Algunos partidos políticos alemanes apoyaron en su día la subida de Hitler al poder, porque sus objetivos (parar los pies a los comunistas, por ejemplo) les parecieron muy buenos, aunque ya se veía venir que no iba a respetar las instituciones políticas: el estado de derecho, la libre iniciativa, la libertad de pensamiento, de cátedra y de religión, la independencia del poder judicial… Al cabo de los años tuvieron que reconocer su error. Las instituciones son importantes.
Digo esto porque esa ceguera ante las instituciones y los procedimientos continúa en nuestra sociedad. Cuando un juez suelta a un posible criminal (no ha sido condenado, pero nosotros ya lo hemos linchado en nuestra corazón y en nuestros medios de comunicación, con manifestaciones populares incluidas) porque no se han cumplido los trámites de una detención o los plazos de un encarcelamiento, alzamos la voz, sin darnos cuenta quizás de que las instituciones del estado de derecho son importantes: para el acusado, que a menudo resulta ser inocente; para nosotros, que algún día podemos encontrarnos en su situación, y para el buen funcionamiento de la sociedad.
Y, sobre todo, los políticos se saltan alegremente muchas instituciones que tienen por objeto, precisamente, proteger al ciudadano de los abusos de los que detentan el poder, desde la independencia del poder judicial o de los medios de comunicación hasta la gestión apolítica de las oficinas públicas, las universidades o los centros de investigación, o la garantía de un Tribunal Constitucional ajeno por completo a la política de partidos. Uno de los conferenciantes en el Seminario al que he aludido más arriba afirmó que un sistema judicial que permite que un juicio civil dure diez años, un sistema político que lo mantiene y una sociedad que no se rebela contra eso son injustos. Estoy de acuerdo.
martes, 1 de enero de 2013
Miles de fieles, cerca de cuarenta obispos y centenares de sacerdotes se han dado cita en la madrileña Plaza de Colón para celebrar la Misa de las Familias que ya se ha convertido en una tradición. En la homilía, el arzobispo de Madrid, cardenal Anotonio María Rouco Varela, mostró su esperanza, presente y futura en el papel de la familia para vencer los obstáculos económicos, jurídicos y políticos a los que se enfrenta.
Ni la densa niebla ni el intenso frío con los que había amanecido Madrid impidieron que miles de familias, cientos de sacerdotes y cerca de cuarenta obispos se dieran cita en la madrileña Plaza de Colón para celebrar la Eucaristía de la Fiesta de la Sagrada Familia, que ya se ha convertido en una verdadera tradición. En la homilía que pronunció monseñor Antonio María Rouco Varela, cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal, mostró la esperanza que la Iglesia deposita en la familia para garantizar la buena marcha de la sociedad.
"Solo la familia concebida y vivida en la plenitud de su verdad, como la enseña el lenguaje inequívoco e indestructible de la naturaleza humana, despeja el horizonbe de la esperanza para e hombre y la sociedad de nuestro tiempo", explicó Rouco Varela.
El cardenal se refierió a la familia como núcleo capaz de vencer todos los obstáculos, "económicos, jurídicos y políticos" a los que se enfrenta. En este sentido, recordó algunos de los males que afronta la sociedad: relativismo, aborto y cultura de la muerte, divorcio... Por eso animó a los presentes: "Sois la esperanza para hoy. Sed fuertes, sed valirentes en la esperanza de la fidelidad" a través del amor.
"Amor que una a los hombres como hijos de Dios en la familia, en la sociedad y, por supuesto, en la Iglesia. El amor que hará posible terminar con esas dramáticas situaciones que se derivan de la extrema facilidad con que se llega al divorcio, se rompen las familias y se somete a sus miembros más débiles, a los niños, a una dolorosísima tensión interior que tantas veces los destruye por dentro y por fuera. El amor dispuesto al socorro y a la ayuda sacrificada y generosa de las familias entre si y entre sus miembros en las circunstancias tan frecuentes y dolorosas del paro, de las dificultades económicas, morales y espirituales. Un amor, que, perseverantemente vivido al calor y con la fuerza de la fe cristiana, hará posible terminar con la estremecedora tragedia del aborto practicado masivamente desde los años setenta del pasado siglo en la práctica totalidad de los países europeos, incluida España, al amparo de una legislación, primero despenalizadora del mismo y, luego, legitimadora".
Acabó invocando a esa necesidad de seguir viviendo en "la familia cristiana que persevera en la oración del hogar" y que no se amilana ante el rechazo con el que los acoge la sociedad, rechazo que procede de "no quererle conocer a Él".
La Vida de Pi

Después de que lo intentaran sin éxito diversos directores, finalmente el taiwanés Ang Lee (“Comer, beber, amar”, “Sentido y sensibilidad”, “La tormenta de hielo”) ha llevado al cine “La vida de Pi”, original novela del canadiense nacido en Salamanca Yann Martel, ganadora del Booker Prize de 2002 y de la que se han vendido más de siete millones de ejemplares en todo el mundo. Aunque Lee reduce y simplifica el rico fondo religioso y filosófico del libro —sobre todo en el desconcertante desenlace—, logra una película fascinante, con momentos de arrebatadora belleza, en los que da un paso adelante en el uso del 3D estereoscópico que han realizado recientemente directores de la talla de James Cameron, Martin Scorsese, Steven Spielberg, Wim Wenders o Werner Herzog.
Canadá, en la actualidad. Por sugerencia de un amigo común, un joven escritor en crisis creativa (Rafe Spall) escucha la alucinante historia, supuestamente real, que le relata un hombre indio, Piscine Militor Patel (Irrfan Khan), emigrado allí hace años. Sur de la India, hacia 1970. Pi Patel (Suraj Sharma) es un adolescente vitalista, que vive en Pondincherry, donde su familia regenta un zoo. El padre de Pi (Adil Hussain) es agnóstico, la madre (Tabu) es hindú y el chaval, fascinado por Dios y las religiones, acaba practicando el catolicismo, el hinduismo y el islamismo.
Canadá, en la actualidad. Por sugerencia de un amigo común, un joven escritor en crisis creativa (Rafe Spall) escucha la alucinante historia, supuestamente real, que le relata un hombre indio, Piscine Militor Patel (Irrfan Khan), emigrado allí hace años. Sur de la India, hacia 1970. Pi Patel (Suraj Sharma) es un adolescente vitalista, que vive en Pondincherry, donde su familia regenta un zoo. El padre de Pi (Adil Hussain) es agnóstico, la madre (Tabu) es hindú y el chaval, fascinado por Dios y las religiones, acaba practicando el catolicismo, el hinduismo y el islamismo.
Un día, la familia emigra a Canadá, llevándose consigo sus animales más exóticos en un inmenso barco mercante japonés. Pero el navío naufraga durante una tempestad, y solo sobreviven en un bote salvavidas Pi y cuatro animales: una cebra, un orangután hembra, una hiena macho y un tigre de Bengala. Sus conocimientos zoológicos permiten a Pi sobrevivir de mala manera hasta que sólo quedan en el bote el tigre y él. Perdido en el Océano Pacífico, casi sin comida ni agua, rodeado de tiburones y amenazado por tormentas, Pi establece con el tigre una singular relación, que le permite mantener la esperanza de que Dios realizará un milagro y los salvará.
La deslumbrante y emocional puesta es escena de Ang Lee, la sensacional interpretación del joven indio Suraj Sharma —que debuta como actor—, el abigarrado retrato costumbrista y espiritual inicial, el impresionante naufragio, la increíble animación digital de los animales en el bote, el mar fosforescente, la aparición de la ballena, la misteriosa isla de los suricatos… justificarían de por sí la inclusión de “La vida de Pi” entre los grandes títulos del cine contemporáneo. Pero, además, la película, a pesar de sus discutibles limitaciones, plantea una profunda reflexión sobre Dios, la religión y la fe, con especial incidencia en la providencia divina y el sentido del sufrimiento.
La deslumbrante y emocional puesta es escena de Ang Lee, la sensacional interpretación del joven indio Suraj Sharma —que debuta como actor—, el abigarrado retrato costumbrista y espiritual inicial, el impresionante naufragio, la increíble animación digital de los animales en el bote, el mar fosforescente, la aparición de la ballena, la misteriosa isla de los suricatos… justificarían de por sí la inclusión de “La vida de Pi” entre los grandes títulos del cine contemporáneo. Pero, además, la película, a pesar de sus discutibles limitaciones, plantea una profunda reflexión sobre Dios, la religión y la fe, con especial incidencia en la providencia divina y el sentido del sufrimiento.
Ciertamente, Ang Lee subraya en exceso el sincretismo religioso del protagonista; y, en el inquietante desenlace abierto del filme, parece reducir la religión a una especie de bálsamo que uno se fabrica para suavizar la crudeza de la realidad. Unos enfoques erróneos, que no hacen justicia a los planteamientos muchos más profundos y ricos de la novela original, presentes de todas formas en el trasfondo de la película. En efecto, Yann Martel —que se declara católico practicante— defiende en su novela la racionalidad de la fe cristiana. “La ciencia y la religión no tienen por qué chocar —ha señalado—; las veo más como complementarias, que como contradictorias”. Y, desde ese sólido cimiento, indaga en la grandeza y la miseria de la naturaleza humana —herida por el pecado, pero sanada por la gracia—, se maravilla ante la presencia de Dios en el mundo —“Todo tiene en sí una huella de lo divino”— y defiende el poder de la oración y la necesidad de la fe religiosa para no caer en la desesperación del nihilismo. “Las dudas mantienen viva la fe” —señala el novelista de Québec—, pero “elegir la duda como filosofía de vida es como elegir la inmovilidad como medio de transporte”. Lúcidas ideas que, de haber sido mejor expresadas por Ang Le, hubieran enriquecido todavía más una película ya de por sí muy brillante.(Cope J. J. M.)
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