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domingo, 5 de febrero de 2012

‘La eutanasia sería el fin de nuestra sociedad: ¡dejadnos morir en paz!’

La italiana presenta en España su último libro, ‘Para siempre’, una historia de amor eterno sobre el significado de la vida y la muerte. Tras más de veinte años de carrera, la autora ajusta cuentas con los críticos y reflexiona sobre la religión, Berlusconi y la crisis económica y ética.
ABC (Entrevista de Inés Martín Rodrigo)

Mantener una charla con Susanna Tamaro provoca en el periodista una especie de síndrome de Estocolmo que suele terminar, parafraseando el título de su novela más famosa, Donde Susanna te lleve. Pero, una vez que superas la afable luminosidad de sus ojos claros y asumes que el tamaño de sus pies bien puede equivaler al de su ego, estás lista para sumergirte, sin miedo, en su intenso universo. Esta vez, la italiana ha querido dar un paso más (allá) y le echa un pulso a la muerte en Para siempre, una historia de amor eterno.

¿Cree, como sostiene en la novela, que realmente hay un más allá?

Sí, estoy convencida. Somos incapaces de llegar a nuestro yo más profundo y empobrecemos a medida que envejecemos. Estos tiempos tan tecnológicos nos han hecho perder una parte de humanidad. La sensación de otra existencia, de que tiene que haber algo más allá, es muy humana. Sea religioso, ideológico o del tipo que sea, ese sentimiento de trascendencia está dentro de nosotros.

¿Tiene cerradas las puertas a cierto tipo de lector?

Sí, es posible, pero tengo tantos otros lectores que me han sido fieles... Mis lectores buscan profundidad en lo que hacen y en lo que leen, y no tienen miedo a enfrentarse a sus emociones. Saben que he mantenido un recorrido por la búsqueda interior sin bajar un ápice la calidad literaria.

Pero la crítica la ha acusado de ser una autora sin valor literario.

Menos mal que veinte años después todavía me puedo reír de esto. Todos los grandes clásicos han vendido mucho. Mis libros siempre se han seguido vendiendo en todo el mundo, mientras que el best seller tiene una explosión y se vende solo durante los tres primeros meses. El tiempo es el único juez en la literatura, así que ya puedo decirles: ¡iros todos a la porra! Ya no tengo en cuenta las críticas.

¿Qué piensa de lo sucedido en Italia con Berlusconi?

El nuevo Ejecutivo es fundamental para salvar a Italia. Estamos oxidados por 20 años de gobiernos elegidos democráticamente, que han sido débiles, incapaces y deshonestos, que han llevado a mi país a una situación desesperada. Como soy incapaz de abstenerme, en los últimos años he escrito en la papeleta: ¡Avergonzaos! Ha sido insultante cómo nos han llevado a la ruina.

Pese a todo, ¿sigue manteniendo la esperanza en el ser humano?

Es muy difícil porque el ser humano realmente tiene tantas fragilidades, ha perdido hasta tal punto pie con su sentido ético... La metáfora perfecta de nuestros días ha sido el naufragio del Costa Concordia, donde el capitán, que es el que tiene que morir en la nave, es el primero que salta empujando a todo el mundo. La sociedad se ha convertido en un reino de bellacos. Deberían empezar a ser hombres y dejar de ser gusanos.

De Mayo del 68 dijo que había desarraigado a una generación. ¿Qué piensa de los indignados?

Es un movimiento que nace de la necesidad de poner freno a la locura del mundo económico que nos arrastra a la ruina. Ahora hay que vigilar que sean ideas creativas, no de destrucción, que ayuden a pensar en nuevas estructuras para el sistema.

¿Es usted religiosa?

Lo soy.

¿Cree que el fanatismo ha hecho un daño irreparable a la religión?

Por supuesto, porque no tiene nada que ver con la religión. Vivir desde la fe religiosa significa vivir en libertad y comprendiendo lo que te rodea. Los débiles, aquellos que no han sido capaces de recorrer su propio camino interior, emplean la religión como una coraza para atacar y defenderse.

¿Qué opina de la eutanasia?

Sería el fin de la civilización. No hace falta porque la muerte va a llegar naturalmente, pero nos tienen que dejar morir. La medicina es muy agresiva, ha superado sus propios límites, pero debe aceptar la idea de que somos mortales. Mi lema es: ¡dejadnos morir en paz! También estoy en contra de las máquinas que prolongan la vida de forma artificial.

¿Y el suicidio?

Es una elección. Es tremendo porque es la negación más absoluta de la vida, pero, a la vez, es misterioso y nadie es inmune porque son momentos de oscuridad del alma.

Afirma que las mujeres llevamos dentro una maldición. ¿Por qué?

Hemos estado relegadas a un segundo renglón y ese constreñimiento nos ha hecho frágiles. Esa fragilidad se transmite generación tras generación, es la infelicidad heredada.

¿Sigue viviendo el interés de la prensa de forma violenta?

Sobre todo en los primeros años, porque no sabía cómo gestionarlo y era una invasión. Ahora he llegado a disfrutarlo porque hemos establecido un diálogo que hasta me enriquece.

Siendo cinturón negro de kárate, ¿se ha quedado con ganas de darle una patada a algún periodista?

Ya me hubiera gustado, no me hubiera importado nada. Me ha pasado que algún periodista no ha querido entrevistarme y hasta hubo quien me dijo que le asustaba cómo la miraba... No fui consciente, pero no descarto haberla mirado como una asesina... pues igual sí le puse esa cara, ahora que lo pienso. ¿Quieres que probemos un par de llaves?

Algunas experiencias prácticas y consideraciones básicas de un padre de familia sobre la vida conyugal y familiar - J.V. Quadras



1. “Niveles” del amor conyugal
Suele ayudar a las personas casadas (sobre todo a partir de los 5 ó 7 primeros años de matrimonio) tener en cuenta que en la vida conyugal hay diversos niveles o estratos del descubrimiento gradual del otro cónyuge y de los requerimientos del amor verdadero.
a) La atracción física
Suele ser el primer impulso en el amor matrimonial. Hay cónyuges que pretenden instalarse en este nivel, con la perniciosa consecuencia de que la incapacidad de trascender esta sensación y convertirla primero en hondo sentimiento y después en amor cabal, conduce irremisiblemente a tratar a la persona como si fuera una cosa, un objeto. El efecto es fácil de deducir: si ya no me produce esa sensación de atracción física, tendré que buscar otro/a que me lo proporcione. ¿Es malo este nivel? No. El error consiste en considerarlo esencial y quedarse en él. En realidad ahí comienza, pero no acaba el amor. No es el final, no es la meta. Es un nivel que debe ser superado –no digo abandonado, sino superado, más aún, enriquecido– y envuelto por los siguientes, que le dan la razón de ser y lo elevan de categoría, lo humanizan.
b) El enamoramiento
El siguiente nivel es el enamoramiento. Lo que impulsa a decir, más allá de la atracción física: ¡qué bien se está contigo! Es un nivel más elevado que el anterior, al que engloba y asume. Se va descubriendo y apreciando la personalidad del cónyuge, sus cualidades morales, su modo de ser. También hay quien se instala en esta fase de un sentimiento agradable, incluso embriagador. Pero aquí radica también su límite: por decirlo de algún modo, uno se complace en su enamoramiento en lugar de enamorarse del cónyuge. Entonces, como sucedía en el nivel anterior, cuando a uno le abandona ese sentimiento piensa que el amor se ha extinguido, y se ve tentado a sustituirlo por otro que le haga sentir lo que ya no experimenta. El enamoramiento es bueno y hay que fomentarlo a lo largo de la vida matrimonial, pero no es el final del recorrido ni la esencia del amor. Hay que ir más a fondo.
c) El amor de la voluntad
Es el nivel plenamente humano, el de la voluntad inteligente y libre que decide amar al cónyuge y entregarse a hacerle feliz, más allá de las sensaciones y sentimientos que le suscita. Una voluntad que, por así decir, agarra con fuerza el corazón y lo lleva donde quiere: a la persona amada, en todo momento, lugar y circunstancia. Una voluntad que afirma: amo y quiero amar cada vez más. Como ha escrito un clásico de la literatura: “No me he casado contigo sólo porque te quería, sino para quererte cada día más”. La persona casada ha de construir día a día el futuro del amor conyugal.
El matrimonio es “promesa” de amor y no sólo “pacto” o convenio. “Hoy en día es frecuente una versióndébil y pactista del amor, que consiste en renunciar a que no se pueda interrumpir. Este modo de vivirlo se traduce en el abandono de las promesas: nadie quiere comprometer su elección futura, porque se entiende el amor como convenio, y se espera que dé siempre beneficios” (R. Yepes).
2. Castidad matrimonial: “afirmación afirmativa” y “negación afirmativa”
a) “Afirmación afirmativa”
La virtud de la castidad en la vida conyugal lleva a fomentar positivamente el amor hacia el otro cónyuge, con ingenio. Algunas posibles manifestaciones: dedicar cada día unos minutos a pensar muestras de cariño y delicadeza para con el cónyuge; expresarle con frecuencia que se le ama y agradecerle que se lo diga; procurar sorprender con algún detalle que no esperaba y que manifiesta interés; encontrar ratos para estar, conversar y descansar a solas, en las mejores condiciones posibles, y fomentar la atracción mutua.
b) “Negación afirmativa”
Consiste en evitar todo lo que pudiera enfriar ese amor. El sentido de esa “negación” es eminentemente positivo: se trata de que el amor conyugal crezca. Se ha de saber guardar las distancias con personas del otro sexo en el ambiente de trabajo, o de estudio, o en viajes, etc. El hecho de estar casados no debe llevar a quitar importancia a familiaridades. Las manifestaciones de confianza que se tienen con el propio cónyuge se deben evitar con otras personas. Por ejemplo: no quedarse a solas en una habitación, o en el coche, o en un viaje profesional, etc.; no hablar de los problemas personales que se hablan con el propio cónyuge, ni escucharlos admitiendo confidencias íntimas que pueden crear lazos, ni buscar en esas otras personas la “comprensión” que no se encuentra en el cónyuge, etc. En este punto es fácil ser ingenuos, olvidando que a veces cualquier otra mujer o cualquier otro varón está en mejores condiciones que el propio cónyuge para presentar “intermitentemente” su cara amable. Es un error pensar que se pueden guardar menores cautelas con las personas de otro sexo que sean físicamente menos agraciadas. La experiencia dice que en estos casos se dan con más facilidad confidencias impropias y espacios de intimidad que al principio parecen insignificantes (un problema de un hijo, un proyecto matrimonial que se contrasta, un consejo para el regalo al propio cónyuge…), pero que va tejiendo una red de hilillos que se hace difícil cortar, y que a veces casi ni se percibe como algo negativo, hasta que un día, en un momento de especial sensibilidad y de menores defensas se puede caer en una grave infidelidad.
El momento que vivimos puede llevar a insistir más en la negación, por las múltiples sugestiones del ambiente. Sin embargo es más importante la “afirmación afirmativa”. Hay que animar a las personas casadas a empeñarse en conquistar al esposo o la esposa una y otra vez, amándoles como desean ser amados; a saber alimentar un amplio ámbito de intimidad matrimonial, compartiendo los pensamientos, comunicando oportunamente los estados de ánimo, buscando formar un solo corazón.
3. El amor entre los padres, condición de la educación de los hijos
“Condición ineludible para que la familia se constituya como ámbito formativo del carácter de los hijos es el amor firme de los padres (…). Habría después, sí, recomendaciones, técnicas, fórmulas, procesos y recetas positivas para lograr el objetivo (de formación) de los hijos; pero todas las recomendaciones serán apenas una cabeza de alfiler en el profundo y extenso universo del amor familiar en que se desarrollen (...), serían bordados en el vacío si no se dan dentro del espacio del amor familiar” (C. Llano).
“Cuando se trae un hijo al mundo, se contrae la obligación de procurar hacerlo feliz. Para lograrlo (…) existe sobre todo el deber de hacer feliz al cónyuge, incluso con todos sus defectos. Para ser felices, los hijos necesitan ver felices a sus padres. El hijo no es feliz cuando se lo inunda de caricias o de regalos, sino sólo cuando puede participar en el amor dichoso de los padres. Si la madre está peleada con el padre, aun cuando luego cubra de arrumacos a su hijo, éste experimentará una herida profunda: lo que quiere es participar en la familia, en el amor de los padres entre sí. Engendrar a un hijo equivale a comprometerse a hacer feliz al cónyuge” (U. Borghello).
4. Compromiso psicológico: “quemar las naves”
Explica un autor que el cónyuge que no se compromete totalmente en el matrimonio por miedo al desengaño y a la desilusión, provoca precisamente aquello que le asusta y desearía evitar. Sin compromiso total está más atento a los defectos que a las virtudes, y tiende a comparar, provocando la desilusión. Por otra parte, olvida que, en cierto modo, el “desengaño” forma parte de la naturaleza del amor; los desengaños llegan siempre en el amor, pero son ocasión para fortalecerlo, porque sólo el amor es capaz de ver más allá y descubrir en la persona amada no sólo lo que es sino lo que puede llegar a ser si no se le retira la confianza. En la vida matrimonial a veces se sufren desengaños, porque cada uno de los cónyuges no siempre se comporta como el otro espera que lo haga. Pero esto no tiene por qué ser un freno. Puede ser un impulso para amar más desinteresadamente. Se ha dicho que “la puerta de la felicidad no se abre hacia dentro”; quien se empeña en pensar en uno mismo sólo consigue cerrarla con más fuerza; “la puerta de la felicidad se abre hacia fuera”, hacia los demás. Al matrimonio se ha de ir para hacer feliz al cónyuge, y es entonces cuando encuentra la propia felicidad. Amar requiere sacrificio... un sacrificio “bien remunerado”.
5. Actualización del compromiso
Cada noche tendría que poder contestar afirmativamente a estas dos preguntas: ¿He sabido manifestar mi afecto a mi esposa (o a mi esposo)? ¿Lo ha notado?
En la vida familiar hay que poner en juego todas las energías. Un descuido puede ser percibido como una falta de amor o una deslealtad: “si no se acuerda de llamar es que no me quiere”, “que no cuelgue el cuadro significa que no le importo”, etc. Los juicios sobre terceras personas suelen ser más moderados; frente al cónyuge se es muy exigente.
El amor matrimonial es “omnicomprensivo”, en el sentido de que se ama estando y no estando, hablando y callando, con los gestos y las llamadas, paseando, subiendo en ascensor, yendo al médico, tomando un café y haciendo las tareas más anodinas...: con todo.
Conviene tener en cuenta que los comportamientos negativos suelen tener mayor incidencia y provocan una reacción más inmediata que los positivos. Estos últimos actúan más discretamente y provocan reacciones más a medio y largo plazo, pero inciden más profundamente. Los primeros, en cambio, pueden no dejar huella si se sabe rectificar pronto, y pedir perdón, si es el caso. El ceder no debe verse como una renuncia, sino como un logro.
6. Apuntes sobre la comunicación en el matrimonio
a) “Presunción de inocencia”
Si en general es importante la inclinación a pensar bien de las personas, en las relaciones entre los esposos es fundamental cultivar este hábito: la “presunción de inocencia” a nivel familiar. Decirse, por ejemplo: “aun cuando lo que ha hecho o lo que ha comentado me haya hecho daño, sé que no ha querido herirme”; o “no me extraña que se haya olvidado de lo que le dije, ¡con la cantidad de cosas que tiene que atender!”; o “es comprensible que llegue tarde, ¡seguro que le han entretenido antes de salir!”; etc. Por regla general hay que pensar “el otro cónyuge no hace daño porque quiera dañar”. Esta actitud abierta permite encarar las situaciones negativas de una manera más sosegada y constructiva. El cónyuge molesto por la conducta del otro entiende que éste comete errores más por torpeza o por desconocimiento que por mala voluntad. No ve una intencionalidad negativa en su actuar. Esto facilita hablar sin acritud ni enfrentamiento y superar muchos problemas.
Por el contrario, conviene desechar los pensamientos negativos: “No tiene tiempo para pensar en mí”; “mis cosas no le importan nada”; “sólo pretende imponerse”; etc. Puede hacer mucho daño al trato mutuo responsabilizar al otro cónyuge del malestar que se siente por cualquier motivo. También hay que estar alerta para evitar la ironía disfrazada de buen humor, porque acaba desgastando la confianza.
b) Cuidado con las “expectativas ocultas”
Las expectativas son aquello que un cónyuge espera recibir del otro, a veces de una manera irreflexiva por la influencia de un modelo cultural o de la publicidad… Es importante sacarlas a la luz porque de lo contrario influirán negativamente cuando el cónyuge no actúe como se esperaba de él, rompiendo la expectativa.
Bastantes personas se las quedan dentro por largo tiempo, sin comentarlas con sencillez con el cónyuge para que pueda tratar de realizarlas si son razonables, en caso contrario hay que abandonarlas. Varias razones explican este silencio: a veces se piensa que no hace falta hablarlo (“ya me conoce y sabe lo que quiero, y lo hará como yo pienso”); otras veces es por temor a la discrepancia, situación que se da cuando uno de los dos teme la reacción del otro y se siente inseguro; otras porque se considera que el cariño lo puede todo y que si no se cumplen las expectativas el afecto será suficiente para superar toda dificultad.
c) Conocer las diferencias en la comunicación y en las reacciones emotivas
Hay mucho escrito sobre esto. Aquí se mencionan sólo algunas cuestiones comunes.
– Las preguntas. Con más frecuencia las utilizan las mujeres, como una forma de mantener la conversación y de mostrar su implicación en los temas; por el contrario, los hombres hacen preguntas cuando quieren obtener alguna información. A veces el marido se esfuerza vanamente en intentar resolver los problemas que plantean las preguntas de su esposa, cuando en realidad ella no busca soluciones ­–con frecuencia ya las sabe–, sino comprensión y algún comentario afectivo o personal.
– La forma de mantener un tema de conversación. Los maridos, una vez dicho lo que tienen que decir, han cumplido con su objetivo y tienden a no entretenerse más; las esposas tienden a establecer conexiones y continúan la conversación hasta llegar adónde querían, encontrándose muchas veces con la desagradable sorpresa de no haber sido escuchadas, pues al marido le parecía que el tema estaba agotado.
– Los detalles de los temas. Para la esposa suele constituir una satisfacción compartir con detalle sus pensamientos y emociones con el marido; en cambio, éste, tendencialmente se encuentra más cómodo hablando de política, economía, deporte, etc. Si se desconocen estas tendencias, puede suceder que el marido se impaciente al escuchar tantos detalles.
– La finalidad de la propia comunicación. Otra inclinación que conviene conocer es que la esposa quiere comentar con el marido sus experiencias simplemente para compartirlas. El marido puede interpretarlo como consultas de problemas a las que tienen que dar alguna solución. Cuanto más recurrente sea el tema y más detalles salgan a relucir, más se preocupan ellos; empiezan a verlo difícil y complicado, por lo que tienden a entristecerse, llegando a pensar que están fracasando al no lograr que su esposa no se preocupe por las cosas. Olvidan que es buena señal que la esposa comente los pormenores de su vida, porque indica confianza: espera interés, verdadero apoyo, y busca serenidad y estabilidad.
Cuando hay faltas de entendimiento entre ambos, las incomprensiones tienden a acentuarse si no se pone remedio. Ellas pueden sobrecargar los aspectos negativos, comentar detalles que les desagradan (a veces aun a pesar de sí mismas, pues, aunque no quieren, no pueden dejar de hacerlo) y sienten el impulso de soltar lo que llevan dentro hasta el final. Los maridos, por el contrario, ante una situación conflictiva es frecuente que se queden callados y se encierren en sí mismos, aunque esto no significa que no vayan a hacer nada. A veces, cuando deciden lo que hay que hacer descuidan dar información a su mujer de este proceso.
Por este camino se corre el riesgo de radicalizar el carácter y crear distancias en el matrimonio.
Es importante entender que generalmente el otro no muestra sus emociones o se comporta de una determinada forma para molestar, sino porque no ha aprendido a hacerlo de otra manera.
– Malentendidos sobre la sinceridad. Dos deformaciones hay que desenmascarar respecto de la sinceridad matrimonial: a) Una falsa pretensión de integridad, que llevada al extremo conduce a la neurosis de tener que contar absolutamente todo, no porque al cónyuge le interese o quiera escucharlo, sino por poner la sinceridad por encima de la misma caridad, olvidando el veritatem facientes in caritate(Ef 4,15). No es posible materialmente “contar todo”: hay que saber encontrar el equilibrio y seleccionar. Hay además un ámbito en parte incomunicable que se refiere a la vida interior de relación con Dios; también están las tentaciones y sugestiones a que cualquiera se ve sometido y que sería indelicado y contraproducente contar fuera de la dirección espiritual; b) La engañosa “sinceridad emotiva”. Algunas personas piensan erróneamente que se es más sincero cuando se dice todo lo que viene a la cabeza en un momento de enfado o de descontrol. Es un error que lleva a muchos problemas. Lo que se dice bajo un fuerte estado emocional no es a veces lo que se piensa (y en este sentido no es sinceridad). En esos momentos se puede buscar hacer daño, más que decir la verdad. Hay que saber esperar, pedir perdón, quitar hierro al asunto.
– El mito de la “espontaneidad”. Se suele pensar que la espontaneidad opera sin esfuerzo. En el matrimonio hay que formar la espontaneidad con esfuerzo: saber traer a casa las cortesías y delicadezas que en muchas ocasiones se tienen fuera, hacer que la cortesía sea espontánea en vez de pensar que la espontaneidad en casa consiste en dar rienda suelta al capricho o a la mala educación. Por ejemplo, hay maridos que no aceptan “entrenarse” en decir piropos a su mujer (“no va conmigo”, “no me sale espontáneamente”), y en cambio no encuentran dificultad en aprender a jugar a golf, a pesar de que es más difícil...
Hay otros que se dicen incapaces de alterar pequeños hábitos que no favorecen la convivencia (ponerse a leer el periódico nada más llegar a casa, sentarse en un sillón determinado, hablar a su esposa en tono tedioso…) y, sin embargo, pasan de un coche automático a uno manual, o del freno de la bici en la derecha al de la scooter en la izquierda sin problema alguno... No es tan difícil cambiar rutinas: levantarse antes, ir a saludar cuando ella (o él) llega a casa, ofrecer lo mejor, asombrarse con sus cosas… Es la educación del amor, un amor de voluntad, de decisión. Una regla simple: ver si uno se siente algo incómodo cuando está sentado leyendo el periódico mientras su esposa trabaja en las cosas de la casa (con frecuencia después de hacerlo fuera de casa); por parte de ella, debería aprender a sentarse de vez en cuando con su marido, aunque haya cosas pendientes de poner en orden.
Las inercias en el amor estandarizan, porque no son nunca producto de una decisión propia, sino tendencias de la comodidad que no han pasado por el tamiz del amor voluntario y que se comparten. Muchas veces son involuntarias y miméticas (si no lo fueran, habría que llamarlas por su nombre: egoísmo). El mero hecho de saber que existen es ya un paso importante hacia su erradicación. Después, hace falta un propósito y algo de entrenamiento, o sea, amor.
d) Aprender a racionalizar los enfados
El enfado tiene una secuencia, una progresión: primero uno percibe que ha sido agraviado de alguna manera; luego, se enoja; después siente el impulso de devolver el agravio; y por último, lo devuelve.
Hay que estar convencidos (no todos lo están) de que los enfados en el matrimonio no son buenos. Otra cosa es que, a veces, sean ocasión de un bien mayor, la reconciliación que viene tras el enfado. Es verdad que la relación matrimonial se refuerza tras el perdón recíproco y parece renacer de sus propias cenizas... Pero en sí mismo no es buen camino para edificar el matrimonio.
Para superar el enfado conviene conocer cómo funciona. La primera reacción es el agravio o la sensación de agravio. Eliminarla del todo es de artistas, pero ejercer un control discreto está al alcance de todos. Sobre todo si se está persuadido de que la mayoría de los agravios que se perciben no son reales, están en la imaginación, son producto de la susceptibilidad. Si se procura descartar uno “cada mes”… (“a partir de mañana no me molestará esa costumbre de mi esposa o de mi marido…”, “de ahora en adelante no me fastidiará que no se dé cuenta de que…”), crecerá en poco tiempo la alegría en familia.
La segunda etapa es enojarse. Si uno ha desterrado la primera y no percibe el agravio, el enojo no asoma. ¿Y si asoma? Cabe dejarlo salir, sin más; o cabe intentar comprender el enfado: ¿por qué estoy enfadado?, ¿cuál es la razón auténtica de mi enfado?, ¿qué circunstancias me presionan? Vale la pena planteárselo de vez en cuando, porque de lo contrario se traslada el problema al otro cónyuge. Quien es sincero consigo mismo, casi siempre descubre que la causa verdadera tiene que ver con un conjunto de elementos internos y que el origen está más en sí mismo (defectos personales, tensión en el trabajo, descontento con la propia actuación…) que en su cónyuge.
Y viene la tercera etapa: el impulso de atacar. Aquí los expertos coinciden: “cuenta hasta diez”. Y luego otra vez, y diez más, porque si llega la última etapa, el ataque, se producirá la herida.
Una tentación que puede asaltar es la de pensar que al controlar los enfados y las tendencias “espontáneas”, se pierde personalidad. Pero es al contrario. La forja del carácter y el desarrollo de la personalidad consisten, en parte principal, en el dominio de uno mismo por amor a Dios y a los demás. Tiene carácter quien se domina y es débil quien se deja dominar por sus tendencias temperamentales, que, paradójicamente, son muchas veces las menos humanas en tanto que están al margen de la inteligencia y de la voluntad.
7. Trabajo y familia. Tiempo para la familia en la sociedad de las prisas
El amor matrimonial necesita tiempo. El trato hace el cariño. Aquí es muy fácil engañarse y buscar sustitutivos materiales que nunca colman la necesidad de compartir, que el amor exige. La calidad del tiempo que se pasa en familia actúa siempre sobre una cantidad que ha de ser suficiente. Uno ha de partir, sin espejismos y falsas ilusiones, del tiempo real de que dispone y, desde esa situación, construir una vida familiar lo más intensa posible.
Los expertos en orientación familiar hablan de una herramienta eficaz: la agenda. La agenda recoge no sólo los compromisos profesionales, las citas a las que nos convocan, sino también aquellos tiempos que fijamos nosotros mismos para sacar adelante nuestra familia y nuestra vida personal. Si el tiempo de la familia está anotado en el mismo lugar que las reuniones “importantes”, seguro que no pasará inadvertido. Si no, quedará sepultado por las mil urgencias de cada día. Si un cliente quiere quedar a las siete y media de ese día, pero está prevista la vuelta a casa para esa hora, se le puede decir que tenemos otra reunión, lo cual es rigurosamente cierto, y quedar a otra hora u otro día. Si hay que concertar una llamada, es preferible pedir que se llame en horario de trabajo (y quizá apagar el teléfono móvil a partir de cierta hora en casa).
Hay que decidir la distribución con el otro cónyuge, pues también tiene voz en capítulo. No es un asunto que afecta sólo a uno mismo. Va bien percibir los extraordinarios –la dedicación extra al trabajo– como un quitarle a la familia lo que le pertenece. A veces no hay más remedio, pero si se hace de mutuo acuerdo y en sintonía se facilitará la serenidad.
Quien pretende santificar la vida ordinaria, ha de buscar la “unidad de vida”: no hacer compartimentos estancos entre trabajo, familia, relaciones, etc. La unidad de vida exige que todo esté informado por el amor a Dios y se oriente a su gloria. Es esencial aprender a hacer de la Santa Misa el “centro y la raíz” de la vida cristiana: orientar todo a la Misa y sacar de ahí la fuerza para elevarlo a la gloria de Dios.
Cuando se hace de la santificación del trabajo profesional el “quicio” o el “gozne” de la vida cristiana, hay que recordar que de nada sirve un gozne sin puerta, lo mismo que no funciona una puerta sin gozne. Hacer del trabajo el “eje” no significa que sea más importante que la familia, sino que ocupa un puesto particular –el de “eje”– en el conjunto de la santificación de la vida ordinaria.
8. Ante las crisis: “la solución pasa por mí”
“Ante cualquier dificultad en la vida de relación todos deberían saber que existe una única persona sobre la que cabe actuar para hacer que la situación mejore: ellos mismos. Y esto es siempre posible. De ordinario, sin embargo, se pretende que sea el otro cónyuge el que cambie y casi nunca se logra (...) si quieres cambiar a tu cónyuge cambia tú primero en algo” (U. Borghello).
Es inútil esperar: la solución está en nuestras manos. Si uno mismo quiere, el amor superará la crisis. Quien ve el problema y no reconoce que la solución pasa por un cambio en él mismo, se convierte en parte central del problema.
Cabría aquí hacer una nueva mención al perdón, un perdón rápido, sin dar tiempo a que el orgullo lo acabe sepultando. Hay que explicar a los cónyuges que también en esto cabe entrenamiento: cuesta las primeras veces pero, cuando se aprende, las palabras y los gestos oportunos nacen como por ensalmo, y son un nuevo alimento del amor.

9. Epílogo: del “tú y yo” al “nosotros”
Cuando el amor matrimonial madura, configura un “nosotros” que torna la biografía individual en co–biografía. Este “nosotros” implica la instauración de una obra común, que es esencialmente el bien de los cónyuges y la apertura de la intimidad conyugal a los hijos, es decir, la familia. El matrimonio compromete a integrar la propia biografía en un proyecto común, a fusionar la trayectoria personal en la trayectoria matrimonial. De no ser así, acaba convirtiéndose en una intimidad que se autocomplace, en dos egoísmos que conviven.
Esta comunidad que instaura el matrimonio, este “nosotros”, es mucho más que la mera convivencia; no es sólo un estar “junto a” o “con” el otro cónyuge. No es suficiente esto para definir la comunidad matrimonial. El “nosotros” que funda el compromiso matrimonial se ubica en un terreno más profundo. El cónyuge no da al otro lo que le corresponde, ni más de lo que le corresponde y ni siquiera más de lo que nunca hubiera podido soñar, porque no es cuestión de cantidades, sino de amor conyugal. El “nosotros” matrimonial está formado por todo lo de ambos, porque todo se pone en común y renace como “lo nuestro”.
Sólo así se puede acoger al otro cuando no puede o no quiere dar. El esposo ama a la esposa (y viceversa), no sólo como a sí mismo (eso se lo debe a todas las personas), sino “con el amor de sí mismo a sí mismo” (J. Hervada). Los esposos llegan a ser “una única unidad de vida y de por vida (P.J. Viladrich).

J.V. Quadras
Febrero de 2006

Tolerancia y comprensión

Por Alfonso Aguiló




 —De todas formas, no siempre es fácil vivir conforme a la moral. Hay que esforzarse para lograrlo, y hay que ser comprensivo, de alguna manera, con quienes no lo logran.
        Sí, siempre que eso no desemboque en un tolerarlo todo con la excusa de que no es fácil hacer el bien.
        Si alguien comete un robo, una violación o un asesinato, hay que ser comprensivo con él, y quizá haya circunstancias eximentes o atenuantes, pero de modo general esos hechos –en sí mismos– nunca deben tolerarse.
        Es cierto que ser buen conocedor de la dificultad que entraña la lucha por el bien aleja al hombre del fanatismo y le hace profundamente comprensivo, y eso es bueno.
        Pero la convivencia humana exige una lucha individual interior contra las malas tendencias que todo hombre tiene, puesto que esa lucha tiene consecuencias también para quienes le rodean. Ni las leyes ni los jueces deben inmiscuirse en el fuero interno de las personas, pero las leyes y los jueces no lograrían hacer nada por la convivencia humana si no hubiera en los ciudadanos un esfuerzo individual por vivir de un modo ético.
        Hay que ser comprensivo, por tanto, pero sin olvidar que la buena convivencia social –y por tanto, la tolerancia– implican una seria exigencia moral personal.
        —¿Y no crees que hay épocas en las que quizá esa lucha es más difícil, y hay que ser aún más comprensivo? Hay quien dice que la única bondad es la indulgencia.
        No es lo mismo tolerancia que indulgencia. Pero, en cualquier caso, si no se aplica correctamente, también la indulgencia puede ser injusta, destructiva y cruel. Con indulgencia solo, no se puede promover el bien, ni educar a nadie, ni hacer que impere la justicia.
        Hay que ser comprensivo siempre, pero la comprensión no lo arregla todo. No hay que olvidar, además, que la moral no está pensada solo para los buenos tiempos, sino que, de hecho, cuando más falta hace es en los malos tiempos. Los malos tiempos no justifican las malas acciones ni la mala vida. Como dijo Tomás Moro,
        Los tiempos no son nunca tan malos como para impedir que un hombre bueno viva en ellos.

domingo, 29 de enero de 2012

Por qué somos varón y mujer (I)

Sesión impartida por Mn. Costa para el Women's Lobby del IESE Business School organizado por la Prof. Chinchilla.


jueves, 26 de enero de 2012

Estreno de ‘Popieluszko: la libertad está en nosotros’


Nació en Okopy, Polonia, en 1947. Juan Pablo II habló de Popieluszko como de “un gran europeo”, quizá porque no fue sólo en Polonia −sino en medio mundo− donde el comunismo se derrumbó apenas cinco años después del martirio del sacerdote. El 6 de junio de 2010 fue beatificado por Benedicto XVI. Ahora se estrena una película sobre su historia y su martirio
      Este viernes 27 de enero se estrena en España Popieluszko, una historia épica sobre la vida y martirio del padre Jerzy Popieluszko, héroe del movimiento Solidaridad. Este sacerdote, considerado como un héroe por el pueblo polaco, fue brutalmente asesinado en octubre de 1984. El 6 de junio del pasado año fue beatificado en Varsovia. La película relata también los vertiginosos días de Solidaridad, así como la situación política de la Polonia de los años 80.
      El filme cuenta la historia de un hombre que pasó de ser un chico de campo a convertirse en el guía espiritual de una nación entera, y en el símbolo de la lucha por la verdad y la auténtica libertad.
      El padre Jerzy Popieluszko descubrió su vocación poco después de realizar el servicio militar. Años después, se forjaría su leyenda en los difíciles tiempos de la “ley marcial” y su fama empieza a conocerse por todo el país. Pero un día Popieluszko desaparece ante el estupor del pueblo polaco y poco después aparece su cuerpo arrojado a un lago, víctima de un brutal asesinato. A su funeral en 1984, acudieron más de medio millón de personas.
      El gran destino de este sacerdote se desarrolla sobre el fondo de los acontecimientos que cambiaron la historia en la década de 1980. Son los años en los que se proclama la huelga que dio origen a Solidarność, el primer sindicato independiente de la Europa del Este. El clima encendido de esos días se reconstruye en numerosas escenas de masas, en las que participaron personajes que vivieron realmente esos momentos.
      Popiełuszko es una de las pocas películas que cuenta este importante periodo de la historia contemporánea. La cinta se dirige a un público amplio. En Polonia la vieron más de 1.300.000 espectadores. Su éxito allí se debió a la fuerza de la historia y a las grandes emociones que despierta, contadas con un lenguaje sencillo. La preparación del rodaje duró varios años. Durante este periodo, los creadores de la película recogieron una gran documentación, entre la que se encuentran los testimonios directos de las personas que conocieron y siguieron a Jerzy. En la escritura del guión, el autor, además de dar consistencia a los acontecimientos históricos, estuvo en constante comunicación con la familia y amigos de Popiełuszko.
      La película ha sido producida por Focus Producers Srl. (con la colaboración de IF Max-Film S.A), que invirtió en el proyecto cerca de 3 millones de euros; además, la cinta ha sido cofinanciada con fondos del Instituto Polaco de Cine y del gobierno de Mazovia.
      Tiene abierta una completísima web oficial. Allí se pueden descargar: carteles, fotografías, dosieres de prensa, testimonios de quienes conocieron a Popieluszko y toda la información sobre el filme. También puede solicitarse el estreno en la propia ciudad, o en un cine cercano. El trailer refleja muy bien los temas del filme y las crisis del personaje, así como todo el esfuerzo de producción que hay detrás.
Alfonso Méndiz
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Una reforma laboral justa, útil y humana

Alfa y Omega
No hay una reforma católica: habrá, en todo caso, reformas más o menos acordes con los criterios de la doctrina social de la Iglesia
      El Gobierno español se enfrenta a la difícil tarea de llevar a cabo una reforma laboral que sea capaz de resolver los graves problemas del mercado de trabajo; una reforma eficaz, que sea aceptada como justa y que cree el ambiente de solidaridad, eficiencia y oportunidades para todos que el país necesita. A estas alturas, no conocemos todavía las líneas maestras de la reforma que el Gobierno planteará. Pero hay ya numerosas propuestas sobre cómo debería ser esa reforma; no pienso, pues, repetirlas.
      En todo caso, una reforma laboral no es una receta: deja mucho margen para soluciones distintas, de acuerdo con objetivos sociales, preferencias políticas y criterios técnicos distintos. No hay una reforma católica: habrá, en todo caso, reformas más o menos acordes con los criterios de la doctrina social de la Iglesia. Aquí pretendo explicar cómo esa doctrina puede contribuir al diseño de una buena reforma: porque, si ésta no cuadra con aquellos principios, acabará haciendo daño a la persona y a la sociedad, aunque, aparentemente, su calidad técnica sea elevada.
Principios clave
      La doctrina social de la Iglesia pone énfasis en la dignidad de la persona humana. Ésta es una aportación importante, que está presente ya en la legislación, por ejemplo sobre la seguridad e higiene en el trabajo, sobre la libertad de contratación o sobre la creación de oportunidades de carrera profesional. Ahora bien: ¿hace falta que este principio esté presente en la reforma? Sin duda. Porque, a menudo, los expertos, los políticos y los mismos agentes sociales ponen por delante los resultados, que son importantes, pero que no deben ser lo único importante.
      Por ejemplo, la indemnización por despido o el seguro de desempleo buscan, habitualmente, ofrecer una ayuda económica al que ha perdido el puesto de trabajo. Y eso está bien, pero sería más acorde con su dignidad facilitarle efectivamente la pronta vuelta al mercado de trabajo, siendo la ayuda económica sólo un medio para resolver el problema creado por la pérdida de ingresos. Lamentablemente, muchos sistemas de ayuda al desempleo crean una dependencia que no parece compatible con la dignidad de la persona, que debe estar muy presente, por tanto, en la reforma del seguro de paro, en las políticas activas de empleo o en los sistemas de formación de los parados.
      Otro principio cristiano es el de la solidaridad: primero, entre los agentes sociales, lo que excluye la lucha de clases y, por tanto, algunos planteamientos de las relaciones entre sindicatos y patronales en la negociación colectiva; y segundo, entre los mismos trabajadores. Y aquí la reforma tiene mucho que decir sobre el trato a inmigrantes, la creación de oportunidades para discapacitados o la competencia con los trabajadores de países emergentes, y, sobre todo, con la creación de oportunidades para los jóvenes.
      La reforma no debe crear privilegios en este sentido (las acciones afirmativas quizás ofrezcan resultados políticamente atractivos a corto plazo, pero crean también numerosas injusticias y efectos perversos a largo plazo), pero debe eliminar barreras, desde la tipología de contratos, hasta el funcionamiento del sistema educativo (lo que sugiere que la reforma va más allá del ámbito laboral, para entrar en los ámbitos educativo, fiscal y de pensiones).
      La solidaridad está emparentada con el bien común, porque el marco legal e institucional del mercado de trabajo debe contribuir a la creación de las condiciones que permiten a las personas, a las familias y a las empresas conseguir mejor sus objetivos. Y esto, que puede parecer teórico, se concreta, sin embargo, en propuestas de reforma específicas: por ejemplo, en la regulación del derecho de huelga.
      La subsidiariedad es otro principio clave en la doctrina social católica. En el ámbito laboral, implica la reconsideración de los niveles de negociación colectiva y aun del mismo papel de los sindicatos y patronales. Y nos quedamos sin hablar de la justicia, sobre todo en la remuneración; de la participación, de las condiciones de trabajo...
      La doctrina social católica no es un conjunto de recetas, pero tampoco una serie de principios abstractos, que suenan bien pero resultan irrelevantes ante las realidades económicas y políticas del mercado de trabajo. Y esos principios deben inspirar la labor de los expertos y los políticos que diseñan la reforma, así como los criterios con los que la sociedad juzgue sus resultados.
Antonio Argandoña, miembro de AEDOS (Asociación para el Estudio de la Doctrina Social de la Iglesia) y profesor de Responsabilidad Social de la Empresa y Gobierno Corporativo, del IESE
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Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...