Páginas vistas

jueves, 15 de diciembre de 2011

DIEZ CLAVES PARA LA COMUNICACIÓN DE LA FE


Por Juan Manuel Mora

La comunicación de la fe es una cuestión antigua, presente en los dos mil años de vida de la comunidad cristiana, que siempre se ha considerado portadora de un mensaje, mensajera de una noticia que le ha sido revelada y es digna de ser comunicada.[1]

Es una cuestión antigua, pero es también un tema de candente actualidad. Desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, los Papas no han dejado de señalar la necesidad de mejorar la forma de comunicar la fe.[2]

Con frecuencia, la comunicación de la fe se plantea en el contexto de la “nueva evangelización”. Me parece interesante preguntarse por la razón del adjetivo “nueva”, que se usa especialmente para referirse a la evangelización que tiene lugar en Europa.[3]  

Por una parte, la evangelización es nueva porque se dirige a culturas que ya fueron evangelizadas en el pasado. Volvemos a relatar nuestra historia a alguien que ya la conoce, aunque en muchos lugares de antigua tradición cristiana, se ha “perdido la memoria” de las propias raíces. Se siguen usando palabras cuyo sentido se ha olvidado.

A este propósito, un colega me contó un caso de confusión en ámbito periodístico. Durante la retransmisión de una ceremonia pontificia, el locutor afirmó: "en este momento, el santo Padre se dispone a incinerar a los asistentes”. Lógicamente, quería decir incensar, pero confundió los términos.

El cardenal Ratzinger, en el libro-entrevista “La sal de la tierra”, menciona la palabra “tabernáculo”: a muchos les resulta familiar, pero pocos conocen su significado[4]. Esas personas tienen la vaga sensación de estar informadas y, por tanto, no perciben la necesidad de saber más. Ante ese escenario, Ratzinger concluye que la nueva evangelización comienza por suscitar una “nueva curiosidad”[5], fomentar la demanda antes de presentar la oferta, diríamos en términos comerciales.

La evangelización es novedosa también en otro sentido. Juan Pablo II lo resumía diciendo que la comunicación de la fe ha de ser nueva "en su ardor, en sus métodos, en su expresión".[6]
Aquí nos referiremos en particular a la novedad de los métodos.

Al tratar estos temas es legítimo plantearse una pregunta preliminar: ¿Es posible comunicar la fe en un contexto plural, democrático, relativista y complejo? ¿Vale la pena esforzarse por difundir el mensaje cristiano en una sociedad que desconoce el léxico necesario para descifrarlo? ¿Puede llegar ese mensaje a culturas construidas desde otras bases, con otros paradigmas, que tienen su propia jerarquía de valores y su propia agenda de intereses?

Hay factores externos que obstaculizan la difusión del mensaje cristiano, sobre los que es difícil incidir. Pero cabe avanzar en otros factores que están a nuestro alcance. En ese sentido, quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública. Porque así como existen leyes universales de la Física o de la Química, se pueden identificar también leyes de la comunicación, que poseen casi el mismo carácter universal, aunque de otro orden.

Partiendo, por un lado, de los documentos eclesiales más relevantes y, por otro, de la bibliografía esencial del ámbito de la comunicación institucional,[7] articularé mis reflexiones en nueve principios que pueden ser útiles a la hora de comunicar la fe.

Los primeros se refieren al mensaje que se quiere difundir; los siguientes, a la persona que comunica; y los últimos, al modo de transmitir ese mensaje en la opinión pública.

Mi tesis –lo adelanto ya desde ahora- es que el conocimiento y la aplicación de esos principios es condición de posibilidad para la adecuada transmisión de la experiencia cristiana.

1. Veamos primero los principios relativos al mensaje.

Ante todo, el mensaje ha de ser ser positivo. Los públicos atienden a informaciones de todo género, y toman buena nota de las protestas y las críticas. Pero secundan sobre todo proyectos, propuestas y causas positivas.

Juan Pablo II afirma en la encíclica “Familiaris consortio” que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones[8]. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad.  

Un episodio puede ayudarnos a ilustrar esta idea. Benedicto XVI viajó a Valencia en junio de 2006, con motivo de la Jornada Mundial de la Familia. Durante sus intervenciones, no hizo referencias críticas a la legislación española sobre la familia, que era conocida por su discutible base antropológica. En realidad, el Papa disponía de pocos minutos, sólo dos homilías, dirigidas a una audiencia potencialmente universal. Si se hubiera limitado  a exponer los puntos en los que la Iglesia discrepa del Gobierno español, no habría tenido  tiempo de exponer todas las luces del Evangelio sobre la familia. No podía dedicar la mayor parte del tiempo a condenar; era preferible invertirlo en proponer. Ya llegaría el momento de denunciar esas leyes.

El mensaje cristiano ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes... Para lograrlo, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo. Es posible que a veces no se comunique con el enfoque adecuado porque el mensajero no termina de percibir la fe en todo su valor positivo.

Adquieren particular valor en este contexto unas palabras del Cardenal Ratzinger: “La fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo”.[9] La comunicación mediante la irradiación de la alegría es el más positivo de los planteamientos.

Lo contrario de un enfoque positivo es una actitud reactiva, que modela la propia visión del mundo en función del paradigma que critica y no en función de una propuesta constructiva. Lo dice la expresión popular: “enciende una lumbre y deja de maldecir la oscuridad”.

En segundo lugar, el mensaje ha de ser relevante. Significativo para quien escucha, no solamente para quien habla.  

Al describir el coloquio de los ángeles entre sí, Tomás de Aquino afirma  que hay dos tipos de comunicación: la locutio, un fluir de palabras que no interesan en absoluto a quienes escuchan;  y la illuminatio, que consiste en decir algo que ilustra la mente y el corazón de los interlocutores sobre algún aspecto que realmente les afecta.[10]

Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. No se trata de derrotar a nadie. En el caso del aborto, por ejemplo, el esfuerzo se encamina a intentar que quien hoy está a favor llegue por su propia convicción y con su propia libertad a la conclusión de que lo mejor que puede hacer en este mundo es defender la vida.

El deseo de convencer sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas.

Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad, uno de los grandes obstáculos de la auténtica comunicación. Limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo.

En tercer lugar, el mensaje ha de ser claro.

La comunicación no es principalmente lo que  el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende. Sucede en todos los campos del saber (ciencia, tecnología, economía): para comunicar es preciso evitar la complejidad argumental y la oscuridad del lenguaje. También en materia religiosa conviene buscar palabras sencillas y argumentos claros, que no quiere decir banales.  

En este sentido, habría que reivindicar el valor de la retórica, de la literatura, de las metáforas, del cine, de la publicidad, de las imágenes, de los símbolos, para transmitir el mensaje cristiano.

Me viene a la memoria la noticia de un informativo de la televisión que pude ver hace unos años. Un político italiano, cuyo partido estaba atravesando un mal momento, se vio acorralado por varios periodistas que le preguntaban micrófono en mano por la gravedad de la crisis. El político respondió con rapidez: “mi partido es como la torre de Pisa: siempre inclinada, nunca cae”. El poder de una buena metáfora.

A veces, cuando la comunicación no funciona, se adopta una actitud equivocada y se traslada la responsabilidad al receptor: se considera a los demás como ignorantes, incapaces de entender. Más bien, la norma ha de ser la contraria: esforzarse por ser cada vez más claros, hasta lograr el objetivo que se pretende.

2. Pasemos ahora a los principios relativos a la persona que comunica.

Para que un destinatario acepte un mensaje, la persona o la organización que lo propone ha de merecer credibilidad.

Así como la credibilidad se fundamenta en la veracidad y la integridad moral, la mentira y la sospecha anulan en su base el proceso de comunicación. La pérdida de credibilidad es una de las consecuencias más serias de algunas crisis que se han producido en estos años.

Por otra parte, en comunicación, como en economía, cuentan mucho los avales. El aval de un mediador (una autoridad en la materia, un observador imparcial) representa una garantía para la opinión pública. Una persona, una institución, no pueden imponer su prestigio: tienen que ganárselo, con sus acciones socialmente responsables. Con otras palabras, nadie se avala a sí mismo. Existen instancias que, con mayor o menor fundamento, ejercen esa función evaluadora. En el ámbito de la opinión pública, ese aval lo otorgan principalmente los periodistas. Por eso, es crucial considerarlos como aliados, no como enemigos, en el proceso de comunicación.

Ser conscientes de esa circunstancia lleva a participar en los debates de los medios de comunicación con una actitud serena y humilde, sin la arrogancia de quien se considera, por así decir, última instancia “super partes”.

El segundo principio es la empatía.

La comunicación es una relación que se establece entre personas, no un mecanismo anónimo de difusión de ideas. El Evangelio se dirige a personas: políticos y electores, periodistas y lectores. Personas con sus propios puntos de vista, sus sentimientos y sus emociones.

Cuando se habla de modo frío, se amplía la distancia que separa del interlocutor. Una escritora africana ha afirmado que la madurez de una persona está en su capacidad de descubrir que puede “herir” a los demás y de obrar en consecuencia.[11]

Nuestra sociedad está superpoblada de corazones rotos y de inteligencias perplejas. Hay que aproximarse con delicadeza al dolor físico y al dolor moral. La empatía no implica renunciar a las propias convicciones, sino ponerse en el lugar del otro. En la sociedad actual, convencen las respuestas llenas de sentido y de humanidad.

El tercer principio relativo a la persona que comunica es la cortesía.

La experiencia muestra que en los debates públicos proliferan los insultos personales y las descalificaciones mutuas. En ese marco, si no se cuidan las formas, se corre el riesgo de que la propuesta cristiana sea vista como una más de las posturas radicales que están en el ambiente.

Aun a riesgo de parecer ingenuo, pienso que conviene desmarcarse de este planteamiento. La claridad no es incompatible con la amabilidad. No es sólo una cuestión de ética y de caridad. Existen también numerosas razones profesionales que confirman que la dialógica es preferible a la dialéctica.

Con amabilidad se puede dialogar; sin amabilidad, el fracaso está asegurado de antemano: quien era partidario antes de la discusión, lo seguirá siendo después; y quien era contrario raramente cambiará de postura. 

Recuerdo un cartel situado a la entrada de un “pub” cercano al Castillo de Windsor, en el Reino Unido. Decía, más o menos: En este local son bienvenidos los caballeros. Y un caballero lo es antes de beber cerveza y también después.

Podríamos añadir: un caballero lo es cuando le dan la razón y cuando le llevan la contraria.

En definitiva, el principio de la cortesía ayuda a evitar la trampa de la radicalidad y la violencia  verbal.

3. Veamos por último algunos principios que se refieren al modo de comunicar:  

El primero es la profesionalidad.
“Gaudium et Spes” recuerda que cada actividad humana tiene su propia naturaleza, que es preciso descubrir, emplear y respetar, si se quiere participar en ella (cfr. n. 36). Cada campo del saber tiene su metodología; cada actividad, sus normas; y cada profesión, su lógica.

La evangelización no se producirá desde fuera de las realidades humanas, sino desde dentro: los parlamentarios, los empresarios, los periodistas, los profesores, los guionistas son quienes pueden introducir mejoras prácticas en sus respectivos ámbitos profesionales.

El Concilio Vaticano II recordó que corresponde a los laicos -bien formados y muy unidos en lo fundamental- llevar a cabo esta tarea evangelizadora de las realidades temporales, contando con el utillaje argumentativo propio de cada actividad.

San Josemaría Escrivá, “el santo de lo ordinario”,[12]  recordaba que es cada profesional, comprometido con sus creencias y con su profesión, quien ha de encontrar las propuestas y soluciones adecuadas. Si se trata de un debate parlamentario, con argumentos jurídicos; si de un debate médico, con argumentos científicos; y así sucesivamente.

Este principio se aplica a las actividades de comunicación, que están conociendo un desarrollo extraordinario en los últimos años, tanto por la calidad creciente de las formas narrativas, como por las audiencias cada vez más amplias y por la participación ciudadana cada día más activa.

Contrario a la profesionalidad sería trasladar la responsabilidad que corresponde a los laicos en la Jerarquía de la Iglesia, o pedirle que intervenga en debates que corresponden a los ciudadanos. O quizá esperar que funcionen argumentos religiosos de autoridad entre personas que no creen.

El segundo principio podría denominarse transversalidad.

La profesionalidad es imprescindible cuando en un debate pesan las convicciones religiosas. La transversalidad, cuando pesan las convicciones políticas.

En este punto, vale la pena mencionar la situación de Italia. Al hacer la declaración de la renta, más del 80% de los italianos marcan la casilla de la Iglesia, porque desean apoyar económicamente sus actividades. Eso quiere decir que las actividades de la Iglesia merecen la confianza de una gran mayoría de ciudadanos, no solamente de quienes se reconocen en una tendencia política.

En ese país, y en muchos otros, los católicos no plantean su acción pública poniendo su esperanza en un partido. Saben por experiencia que lo importante no es que una formación  política incorpore a su programa la doctrina social cristiana, sino que esos valores se hagan presentes en todos los partidos, de modo transversal.

El tercer principio relativo al modo de comunicar es la gradualidad.

El fenómeno de la secularización que hemos mencionado se ha ido consolidando en los últimos siglos.[13] Procesos de tan larga gestación no se resuelven en años, meses o semanas.

Las tendencias sociales tienen una vida compleja: nacen, crecen, se desarrollan, cambian y mueren. En consecuencia, la comunicación de ideas tiene mucho que ver con el “cultivo”: sembrar,  regar, podar, limpiar, esperar, antes de cosechar.

El cardenal Ratzinger explica que nuestra visión del mundo suele seguir un paradigma “masculino", donde lo importante es la acción, la eficacia, la programación y la rapidez. Dice Ratzinger que convendría dar más espacio a un paradigma “femenino", porque la mujer sabe que todo lo que tiene que ver con la vida requiere espera, reclama paciencia.[14]

Lo contrario de este principio es la prisa y el cortoplacismo que llevan a la impaciencia y muchas veces también al desánimo, porque es imposible lograr objetivos de entidad en plazos cortos. De nuevo la idea de los tiempos largos, a los que más de una vez se ha referido Juan Pablo II.

**************

A estos nueve principios habría que agregar otro que afecta a todos los aspectos mencionados: al mensaje, a la persona que comunica y al modo de comunicar. El principio de la caridad.

El sociólogo Rodney Stark, dedicó un libro a la extensión del cristianismo en la época  de la decadencia del Imperio Romano.[15] Este autor se pregunta: ¿Por qué se abrió paso el cristianismo en aquella época? Se ha dicho que el derrumbamiento del Imperio dejó un vacío que el cristianismo vino a llenar. Stark propone otra explicación. En su opinión, el Imperio Romano había alcanzado increíbles cotas de cultura y de arte, pero a la vez era una sociedad dura y a veces incluso cruel con las personas. En ese ambiente, la Iglesia se extendió porque era una comunidad acogedora, donde era posible vivir una experiencia de amor y libertad. Los católicos trataban al prójimo con caridad, cuidaban de los niños, los pobres, los ancianos, los enfermos. Todo eso se convirtió en un irresistible imán de atracción.[16]

La caridad es el contenido, el método y el estilo de la comunicación de la fe; la caridad convierte el mensaje cristiano en positivo, relevante y atractivo; proporciona credibilidad, empatía y amabilidad a las personas que comunican; y es la fuerza que permite actuar de forma paciente, integradora y abierta.  

Porque el mundo en que vivimos es también con demasiada frecuencia un mundo duro y frío, donde muchas personas se sienten excluidas y maltratadas y esperan algo de luz y de calor. En este mundo, el gran argumento de los católicos es la caridad. Gracias a la caridad, la evangelización es siempre y verdaderamente, nueva.


NOTAS:
[1]  Cfr. Concilio VATICANO II, Lumen gentium, 21-XI-1964.
[2] En la encíclica Spes Salvi, Benedicto XVI se pregunta acerca de la comunicación de la fe y la comunicación de la esperanza. Cfr. BENEDICTO XVI, Spes Salvi, 30-XI-2007, n. 2. Vid también PABLO VI, Ecclesiam suam, 6-VIII-1964 y JUAN PABLO II, Redemptoris Missio, 7-XII-1990, en particular el n. 38.
[3] Juan Pablo II, Discurso al Consejo de Conferencias Episcopales Europeas, 11-X-1985.
[4] Cfr. Joseph RATZINGER, Il Sale della terra, 2005.
[5] Joseph RATZINGER, op. cit, pp. 19-20.
[6] JUAN PABLO II, Discurso a la II Asamblea del CELAM, Puerto Príncipe, Haití, 9-III-1983.      
[7] Ver la bibliografía sugerida por Elena GUTIÉRREZ en Juan Manuel MORA (editor), Ensayos sobre comunicación institucional, Pamplona 2009.
[8] "El orden moral no puede ser algo mortificante para el hombre, ni algo impersonal; al contrario, sostiene y guía a cada criatura hacia su felicidad" (JUAN PABLO II, Familiaris consortio, n. 34).
[9]  Joseph RATZINGER, La fiesta de la fe, Desclée de Brouwer, 1999, p. 176.
[10] Cfr. Joseph PIEPER, “La fe ante el reto de la cultura contemporánea”, Madrid 1980, p. 132.
[11] Cfr. Margaret OGOLA, El río y la fuente, Madrid 2000.
[12] JUAN PABLO II, Homilía en la ceremonia de canonización de San Josemaría Escrivá de Balaguer, Roma 6-X-2002.
[13] Cfr. Mariano FAZIO, Historia de las ideas contemporáneas. Una lectura del proceso de secularización, Madrid 2006.
[14] Cfr. BENEDICTO XVI, Orar, Barcelona 2008, p. 291. Referencia procedente de Joseph RATZINGER, María Iglesia Naciente, Madrid 1995.
[15] Cfr. Rodney STARK, Ascesa e affermazione del cristianesimo, Torino 2007 (edición original: Princeton, 1999).
[16] Rodney STARK, op. cit., pp. 285 y ss.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

La santidad es toda la vida cotidiana: la familia, el trabajo, la justicia y la integridad personal


Joseph Halevi Horowitz Weiler es un hombre peculiar, extraordinario casi. Un judío errante que nació en Sudáfrica y ha vivido en Israel, el Reino Unido, Italia y EEUU.Se educó en un convento católico, «¡donde decía Moisés en vez de Jesús!». 

Discurso de investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Navarra de Joseph Weiler, Catedrático de la Universidad de Nueva York.

“[…] En tan solemne ocasión, me gustaría referirme brevemente a la relación que existe entre el Derecho —la disciplina objeto de mi investidura— y la santidad. Me resulta consolador hallarme e incorporarme a una institución académica en la que la palabra santidad no resulta en modo alguno extraña o fuera de lugar, sino próxima y cercana.
¿Acaso el Derecho, la ley, con sus legalismos, no constituye realmente la antítesis de la santidad? Occidente es la Cristiandad y ese antónimo ley-santidad está profundamente enraizado en nuestra civilización. El antinominalismo paulino es un valor compartido tanto por creyentes como por no creyentes. Entendámonos bien: no sostengo que el Cristianismo haya abolido la Ley sino que la revolución paulina abandonó la ley ritual mosaica —la cáscara— para quedarse con el núcleo moral —la pulpa—. Nada tiene de inmoral comer carne de cerdo; ¿por qué mantener entonces la prohibición? 
Quiero recordar en este momento las conocidas palabras del evangelista: no es lo que entra por la boca lo que contamina al hombre; sino lo que sale de la boca. Todos consideramos que el Estado de Derecho en su sentido más amplio, el denominado rule of law, es un elemento constitutivo de nuestro paradigma de valores democráticos. Sin embargo, difícilmente vemos en él un valor espiritual y mucho menos la santidad.
Si esto es así, ¿cómo se explica que nosotros, los judíos, seamos tan obsti…, quiero decir, tan persistentes, tan testarudos? Por supuesto que hemos mantenido la ley moral —No matarás—, pero ¿por qué mantener también las normas alimenticias, la comida kosher? No sólo el cerdo está prohibido, también los mariscos, el caviar; la leche y la carne ni siquiera se pueden mezclar. A veces pienso: si algo es bueno, ¡seguro que no es kosher! Por otra parte, ¿Qué tiene de malo conducir, o ver la televisión, o usar un ascensor en sábado? ¿Por qué no se pueden llevar lana y lino juntos? ¿Es realmente necesario que marido y mujer no compartan lecho doce días al mes?...y, lo que es más importante, ¿qué tienen que ver todas estas leyes —y cientos más como ellas— co n la santidad? ¿Cuál es la razón de ser de esta esclavitud a la que nos somete una Ley aparentemente sin sentido?
Piense cada uno de ustedes en un acontecimiento de su vida al que tenga asociada la idea de santidad. Probablemente fue un momento muy especial, memorable, quizás de gran silencio interior, de profunda emoción, incluso de gran belleza, sublime, rodeado de misterio. En esa clase de momentos, en los que sentimos lo inefable, la presencia de nuestro Creador, creemos experimentar la santidad. De manera similar, pensamos en la santidad cuando estamos en presencia de personas muy especiales, únicas, mártires que han alcanzado la perfección moral después de un gran sacrificio. Creemos que estas personas están particularmente cerca de nuestro Creador y son, por tanto, santas.
Pocos libros han llegado a dominar tanto un área de investigación como el estudio del teólogo luterano alemán Rudolf Otto sobre la idea de lo santo (Das Heilige) con su concepto central de lo “numinoso” No sorprende que el mysterium tremendum, el “temor y temblor” kierkergaardiano, y el mysterium fascinans, que atrae al hombre a lo divino, se encuentren en el centro de la argumentación que Otto ofrece de la idea de lo santo, y que tanto éxito e influencia ha tenido. 
Lo numinoso fue la forma de articular qué significa ser, y no solamente sentir, la santidad. En suma, santo es lo numinoso.
Permítaseme contrastar este concepto de santidad con otro, enraizado propiamente en lo jurídico más que en lo numinoso.Esta visión alternativa es la que encontramos en Levítico xix, un capítulo de la Escritura que, a su manera, resulta también sobrecogedor. Aquí es, por ejemplo, donde hallamos el mandamiento Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Lo he escogido porque este capítulo trata directamente el tema de la santidad. Veamos algunos pasajes.
1Entonces habló el Señor a Moisés, diciendo:
2Habla a toda la congregación de los hijos de Israel y diles: “Seréis santos porque Yo, el Señor vuestro Dios, soy santo.3“Cada uno de vosotros ha de reverenciar a su madre y a su padre. Y guardaréis mis días de reposo (…)
Marcha pro vida en Tucumán
18“No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo; Yo soy el Señor.[LA GRAN MORAL PERO VEAMOS LO QUE VIENE INMEDIATAMENTE A CONTINUACION…]
19 n[o] te pondrás un vestido con mezcla de dos hilos. (…)[¿RECUERDAN EL LINO Y LA LANA?]

¿Qué podemos aprender de estas frases del Levítico?
En primer lugar, la santidad es un desiderátum, algo a lo que uno ha de aspirar, procurar y mantener. Nadie nace santo; uno se hace santo.
En segundo lugar, se trata de un proyecto conjunto, comunitario, y no sólo individual. No está reservada a un orden sacerdotal determinado, sino que es para todos.
En tercer lugar —y este es el aspecto más importante—, es un estado que se logra, no mediante la meditación, el silencio, el éxtasis o el trance, sino a través del cumplimiento de la Ley, del mandato, del Nomos.
Muchas son las cosas que merecen ser consideradas a partir de aquí.El proyecto de santidad es omnicomprensivo, cubre todas las esferas de la vida. La santidad no es algo reservado para el Templo, la iglesia o la sinagoga, sino parte integrante de la vida en todos sus ámbitos.
Probablemente no existe un mandamiento con mayor reconocimiento universal que el de Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Sin embargo, lo más significativo en el contexto del proyecto de santidad son las dos cualidades de esta norma. En primer lugar, su yuxtaposición. Este gran imperativo moral es seguido por lo que a primera vista podría parecer una mera expresión ritual:
(…) ni te pondrás un vestido con mezcla de dos hilos. 
Paradójicamente, aquellas cosas que se hacen porque Dios lo manda –y que de otra manera no se harían–, son las que nos hacen sentir su presencia de una forma más directa. “¿Por qué no debo mentir?”, me pregunta mi hijo. “Porque es inmoral”. “¿Por qué no debo comer carne de cerdo?”, “¿Por qué no debo comer carne los viernes?”, pregunta el niño católico. “Porque Dios lo manda”. Es la especificidad del mandamiento ritual lo que determina que la persona se sienta mandada, sometida y cercana al Creador incluso en las situaciones más banales.
El mandamiento ético es una condición necesaria para la santidad, pero no suficiente; lo ritual, el servicio del Rey de Reyes, es igualmente necesario. Sólo combinados son entonces suficientes.
Volvamos a examinar nuestra reacción inicial, acuérdense: el abandono de todas las leyes rituales relativas a qué se puede comer, cuándo se debe trabajar, qué ropa se puede llevar, etc. Es posible que ahora se entienda mejor: esos cientos de leyes, éticas pero también meramente rituales, conforman una vida en la que la santidad no está limitada al lugar o al tiempo de culto, sino que es parte integrante de nuestro actuar cotidiano, desde que uno se levanta hasta que se acuesta: nos vestimos según sus normas, desayunamos según sus normas, vamos al trabajo según sus normas…
¿Y qué hay de la esclavitud a la que nos somete la ley? No, damas y caballeros. La ley de Dios no nos esclaviza sino que nos libera. Si siguiéramos todos nuestros deseos, si comiésemos todo lo que nos apetece, si entregásemos nuestra vida al trabajo, entonces seríamos esclavos de nuestra condición sexual, de nuestros apetitos humanos, esclavos de nuestras carreras. Nuestra libertad sería algo meramente ilusorio. Cuando, por el contrario, nos sometemos a Dios Todopoderoso, más allá de este mundo, nos hacemos dueños y soberanos en este mundo. Y esto también es parte de la santidad.
En suma: La idea de lo santo que encontramos en el Levítico es prácticamente la opuesta a lo numinoso de Otto. La del Levítico se trata de una idea jurídica. Se vive a lo Divino obedeciendo Su Ley, en la que se combina lo racional y ético con lo inefable y ritual. Es una idea omnicomprensiva, un proyecto de vida. 
¿Me equivoco si pienso que esta idea de santidad no resulta tan sorprendente en esta Universidad, donde servir en la obra de Dios es, aquí también, lo que da pleno sentido a la totalidad de la vida? En hebreo existe una frase muy habitual que define nuestra relación con Dios – Avodat Hashem. Obra de Dios. Significa dos cosas: que la Creación, el Cielo y la Tierra, es obra de Dios pero también que estamos en este mundo para hacer la obra de Dios. Avodat Hashem: Opus Dei. Muchas gracias”.

Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...