Publicamos las respuestas que ofreció Benedicto XVI a siete preguntas formuladas por personas de distintos países y sobre distintos argumentos al programa de la televisión pública italiana RAI "A su imagen", emitido a las 14:10 de Roma con motivo del Viernes Santo.
--Santo Padre, quiero agradecerle su presencia que nos llena de alegría y nos ayuda a recordar que hoy es el día en que Jesús demuestra su amor de la manera más radical, muriendo en la cruz como inocente. Precisamente sobre el tema del dolor inocente es la primera pregunta que viene de una niña japonesa de siete años, que le dice: "me llamo Elena, soy japonesa y tengo siete años. Tengo mucho miedo porque la casa en la que me sentía segura ha temblado mucho, y porque muchos niños de mi edad han muerto. No puedo ir a jugar al parque. Quiero preguntarle: ¿por qué tengo que pasar tanto miedo? ¿por qué los niños tienen que sufrir tanta tristeza? Le pido al Papa, que habla con Dios, que me lo explique".
--Benedicto XVI: Querida Elena, te saludo con todo el corazón. También yo me pregunto: ¿por qué es así? ¿Por qué tenéis que sufrir tanto, mientras otros viven cómodamente? Y no tenemos respuesta, pero sabemos que Jesús ha sufrido como vosotros, inocentes, que Dios verdadero se muestra en Jesús, está a vuestro lado. Esto me parece muy importante, aunque no tengamos respuestas, aunque permanezca la tristeza: Dios está a vuestro lado, y tenéis que estar seguros de que esto os ayudará. Y un día podremos comprender por qué ha sucedido esto. En este momento me parece importante que sepáis que "Dios me ama", aunque parezca que no me conoce. No, me ama, está a mi lado, y tenéis que estar seguros de que en el mundo, en el universo, hay muchas personas que están a vuestro lado, que piensan en vosotros, que hacen todo lo que pueden por vosotros, para ayudaros. Y ser conscientes de que, un día, yo comprenderé que este sufrimiento no era algo vacío, no era inútil, sino que detrás del sufrimiento hay un proyecto bueno, un proyecto de amor. No es una casualidad. Siéntete segura. Estamos a tu lado, al lado de todos los niños japoneses que sufren, queremos ayudaros con la oración, con nuestros actos, y debéis estar seguros de que Dios os ayuda. Y de este modo rezamos juntos para que os llegue la luz cuanto antes.
--La segunda pregunta nos pone delante de un calvario, porque se trata de una madre que está junto a la cruz de un hijo. Es italiana, se llama María Teresa y le pregunta: "Santidad, el alma de mi hijo, Francesco, en estado vegetativo desde el día de Pascua del 2009, ¿ha abandonado su cuerpo, dado que está totalmente inconsciente, o está todavía en él?
--Benedicto XVI: Ciertamente el alma está todavía presente en el cuerpo. La situación es algo así como la de una guitarra que tiene las cuerdas rotas y que no se puede tocar. Así también el instrumento del cuerpo es frágil, vulnerable, y el alma no puede "tocar", por decirlo en algún modo, pero sigue presente. Estoy también seguro de que este alma escondida siente en profundidad vuestro amor, a pesar de que no comprende los detalles, las palabras, etc., pero siente la presencia del amor. Y por esto vuestra presencia, queridos padres, querida mamá, junto a él, horas y horas cada día, es un verdadero acto de amor muy valioso, porque esta presencia entra en la profundidad de esta alma escondida y vuestro acto es un testimonio de fe en Dios, de fe en el hombre, de fe, digamos de compromiso a favor de la vida, de respeto por la vida humana, incluso en las situaciones más trágicas. Por esto os animo a proseguir, sabiendo que hacéis un gran servicio a la humanidad con este signo de confianza, con este signo de respeto de la vida, con este amor por un cuerpo lacerado, un alma que sufre.
--La tercera pregunta nos lleva a Irak, entre los jóvenes de Bagdad, cristianos perseguidos que le envían esta pregunta: "Saludamos al Santo padre desde Irak --dicen--. Nosotros, cristianos de Bagdad, somos perseguidos como Jesús. Santo Padre, ¿cómo podemos ayudar a los miembros de nuestra comunidad cristiana para que se replanteen el deseo de emigrar a otros países, convenciéndoles de que marcharse no es la única solución?
--Benedicto XVI: Quisiera en primer lugar saludar con todo el corazón a todos los cristianos de Irak, nuestros hermanos, y tengo que decir que rezo cada día por los cristianos de Irak. Son nuestros hermanos que sufren, como también en otras tierras del mundo, y por esto los siento especialmente cercanos a mi corazón y, en la medida de nuestras posibilidades, tenemos que hacer todo lo posible para que puedan resistir a la tentación de emigrar, que --en las condiciones en las que viven-- resulta muy comprensible. Diría que es importante que estemos cerca de vosotros, queridos hermanos de Irak, que queramos ayudaros y cuando vengáis, recibiros realmente como hermanos. Y naturalmente, las instituciones, todos los que tienen una posibilidad de hacer algo por Irak, deben hacerlo. La Santa Sede está en permanente contacto con las distintas comunidades, no sólo con las comunidades católicas, sino también con las demás comunidades cristianas, con los hermanos musulmanes, sean chiíes o sunníes. Y queremos hacer un trabajo de reconciliación, de comprensión, también con el gobierno, ayudarle en este difícil camino de recomponer una sociedad desgarrada. Porque este es el problema, que la sociedad está profundamente dividida, lacerada, ya no tienen esta conciencia: "Nosotros somos en la diversidad, un pueblo con una historia común, en el que cada uno tiene su sitio". Y tienen que reconstruir esta conciencia que, en la diversidad, tienen una historia común, una común determinación. Y nosotros queremos, en diálogo precisamente con los distintos grupos, ayudar al proceso de reconstrucción y animaros a vosotros, queridos hermanos cristianos de Irak, a tener confianza, a tener paciencia, a tener confianza en Dios, a colaborar en este difícil proceso. Tened la seguridad de nuestra oración.
--La siguiente pregunta es de una mujer musulmana de Costa de Marfil, un país en guerra desde hace años. Esta señora se llama Bintú y envía un saludo en árabe que se puede traducir de este modo: "Que Dios esté en medio de todas las palabras que nos diremos y que Dios esté contigo". Es una frase que utilizan al empezar un diálogo. Y después prosigue en francés: "Querido Santo Padre, aquí en Costa de Marfil, hemos vivido siempre en armonía entre cristianos y musulmanes. A menudo las familias están formadas por miembros de ambas religiones; existe también una diversidad de etnias, pero nunca hemos tenido problemas. Ahora todo ha cambiado: la crisis que vivimos, causada por la política, esta sembrando divisiones. ¡Cuántos inocentes han perdido la vida! ¡Cuántos refugiados, cuántas madres y cuántos niños traumatizados! Los mensajeros han exhortado a la paz, los profetas han exhortado a la paz. Jesús es un hombre de paz. Usted, en cuanto embajador de Jesús, ¿qué aconsejaría a nuestro país?"
--Benedicto XVI: Quiero contestar al saludo: que Dios esté también contigo, y siempre te ayude. Y tengo que decir que he recibido cartas desgarradoras de Costa de Marfil, donde veo toda la tristeza, la profundidad del sufrimiento, y me entristece porque podemos hacer tan poco. Siempre podemos hacer algo: orar con vosotros, y en la medida de lo posible, hacer obras de caridad, y sobre todo queremos colaborar, según nuestras posibilidades, en los contactos políticos, humanos. He encargado al cardenal Tuckson, que es presidente de nuestro Consejo de Justicia y Paz, que vaya a Costa de Marfil e intente mediar, hablar con los diversos grupos, con las distintas personas, para facilitar un nuevo comienzo. Y sobre todo queremos hacer oír la voz de Jesús, en el que usted también cree como profeta. Él era siempre el hombre de la paz. Se podía pensar que, cuando Dios vino a la tierra, lo haría como un hombre de gran fuerza, que destruiría las potencias adversarias, que sería un hombre de una fuerte violencia como instrumento de paz. Nada de esto: vino débil, vino solo con la fuerza del amor, sin ningún tipo de violencia hasta ir a la cruz. Y esto nos muestra el verdadero rostro de Dios, y que la violencia no viene nunca de Dios, nunca ayuda a producir cosas buenas, sino que es un medio destructivo y no es el camino para salir de las dificultades. Es una fuerte voz contra todo tipo de violencia. Invito apremiantemente a todas las partes a renunciar a la violencia, a buscar las vías de la paz. Para la recomposición de vuestro pueblo no podéis usar medios violentos, aunque penséis que tenéis razón. El único camino es la renuncia a la violencia, volver a entablar el diálogo, tratar de encontrar juntos la paz, una nueva atención de los unos a los otros, la nueva disponibilidad para abrirse el uno al otro. Y este, querida señora, es el verdadero mensaje de Jesús: buscad la paz con los medios de la paz y abandonad la violencia. Rezamos por vosotros para que todos los componentes de vuestra sociedad sientan esta voz de Jesús y así vuelva la paz y la comunión.
--Santo Padre, la próxima pregunta es sobre el tema de la muerte y la resurrección de Jesús y llega desde Italia. Se la leo: "Santidad: ¿Qué hizo Jesús en el tiempo que separó a la muerte de la resurrección? Y, ya que en el Credo se dice que Jesús después de la muerte descendió a los infiernos: ¿Podemos pensar que es algo que nos pasará también a nosotros, después de la muerte, antes de ascender al Cielo?
--Benedicto XVI: En primer lugar, este descenso del alma de Jesús no debe imaginarse como un viaje geográfico, local, de un continente a otro. Es un viaje del alma. Hay que tener en cuenta que el alma de Jesús siempre está en contacto con el Padre, pero al mismo tiempo, este alma humana abraza hasta los últimos confines del ser humano. En este sentido baja a las profundidades, hasta los perdidos, hasta todos aquellos que no han alcanzado la meta de sus vidas, y trasciende así los continentes del pasado. Este descenso del Señor a los infiernos significa, sobre todo, que Jesús alcanza también el pasado, que la eficacia de la redención no comienza en el año cero o en el año treinta, sino que llega al pasado, abarca el pasado, a todas las personas de todos los tiempos. Dicen los Padres de la Iglesia, con una imagen muy hermosa, que Jesús toma de la mano a Adán y Eva, es decir a la humanidad, y la encamina hacia adelante, hacia las alturas. Y así crea el acceso a Dios, porque el hombre, por sí mismo, no puede elevarse a la altura de Dios. Jesús mismo, siendo hombre, tomando de la mano al hombre, abre el acceso. ¿Qué acceso? La realidad que llamamos cielo. Así, este descenso a los infiernos, es decir, a las profundidades del ser humano, a las profundidades del pasado de la humanidad, es una parte esencial de la misión de Jesús, de su misión de Redentor y no se aplica a nosotros. Nuestra vida es diferente, el Señor ya nos ha redimido y nos presentamos al Juez, después de nuestra muerte, bajo la mirada de Jesús, y esta mirada en parte será purificadora: creo que todos nosotros, en mayor o menor medida, necesitaremos ser purificados. La mirada de Jesús nos purifica y además nos hace capaces de vivir con Dios, de vivir con los santos, sobre todo de vivir en comunión con nuestros seres queridos que nos han precedido.
--También la siguiente pregunta es sobre el tema de la resurrección y viene de Italia: "Santidad, cuando las mujeres llegan al sepulcro, el domingo después de la muerte de Jesús, no reconocen al Maestro, lo confunden con otro. Lo mismo les pasa a los apóstoles: Jesús tiene que enseñarles las heridas, partir el pan para que le reconozcan precisamente por sus gestos. El suyo es un cuerpo real de carne y hueso, pero también un cuerpo glorioso. El hecho de que su cuerpo resucitado no tenga las mismas características que antes, ¿qué significa? ¿Y qué significa, exactamente, "cuerpo glorioso? Y en nuestra resurrección, ¿nos sucederá lo mismo?".
--Benedicto XVI: Naturalmente, no podemos definir el cuerpo glorioso porque está más allá de nuestra experiencia. Sólo podemos interpretar algunos de los signos que Jesús nos dio para entender, al menos un poco, hacia donde apunta esta realidad. El primer signo: el sepulcro está vacío. Es decir, Jesús no abandonó su cuerpo a la corrupción, nos ha enseñado que también la materia está destinada a la eternidad, que resucitó realmente, que no ha quedado perdido. Jesús asumió también la materia, de manera que la materia está también destinada a la eternidad. Pero asumió esta materia en una nueva forma de vida, este es el segundo punto: Jesús ya no vuelve a morir, es decir: está más allá de las leyes de la biología, de la física, porque los sometidos a ellas mueren. Por lo tanto hay una condición nueva, diversa, que no conocemos, pero que se revela en lo sucedido a Jesús, y esa es la gran promesa para todos nosotros de que hay un mundo nuevo, una nueva vida, hacia la que estamos encaminados. Y, estando ya en esa condición, para Jesús es posible que los otros lo toquen, puede dar la mano a sus amigos y comer con ellos, pero, sin embargo está más allá de las condiciones de la vida biológica, como la que nosotros vivimos. Y sabemos que, por una parte, es un hombre real, no un fantasma, vive una vida real, pero es una vida nueva que ya no está sujeta a la muerte y esa es nuestra gran promesa. Es importante entender esto, al menos por lo que se pueda, con el ejemplo de la Eucaristía: en la Eucaristía, el Señor nos da su cuerpo glorioso, no nos da carne para comer en sentido biológico; se nos da Él mismo; lo nuevo que es Él , entra en nuestro ser hombres y mujeres, en el nuestro, en mi ser persona, como persona y llega a nosotros con su ser, de modo que podemos dejarnos penetrar por su presencia, transformarnos en su presencia. Es un punto importante, porque así ya estamos en contacto con esta nueva vida, este nuevo tipo de vida, ya que Él ha entrado en mí, y yo he salido de mí y me extiendo hacia una nueva dimensión de vida. Pienso que este aspecto de la promesa, de la realidad que Él se entrega a mí y me hace salir de mí mismo, me eleva, es la cuestión más importante: no se trata de descifrar cosas que no podemos entender sino de encaminarnos hacia la novedad que comienza, siempre, de nuevo, en la Eucaristía.
--Santo Padre, la última pregunta es sobre María. A los pies de la cruz, hay un conmovedor diálogo entre Jesús, su madre y Juan, en el que Jesús dice a María: "He aquí a tu hijo" y a Juan : "He aquí a tu madre". En su último libro, "Jesús de Nazaret", lo define como "una disposición final de Jesús". ¿Cómo debemos entender estas palabras? ¿Qué significado tenían en aquel momento y que significado tienen hoy en día? Y ya que estamos hablando de confianza. ¿Piensa renovar una consagración a la Virgen en el inicio de este nuevo milenio?
--Benedicto XVI: Estas palabras de Jesús son ante todo un acto muy humano. Vemos a Jesús como un hombre verdadero que lleva a cabo un gesto de verdadero hombre: un acto de amor por su madre confiándola al joven Juan para que esté tranquila. En aquella época en Oriente una mujer sola se encontraba en una situación imposible. Confía su madre a este joven y a él le confía su madre. Jesús realmente actúa como un hombre con un sentimiento profundamente humano. Me parece muy hermoso, muy importante que antes de cualquier teología veamos aquí la verdadera humanidad, el verdadero humanismo de Jesús. Pero por supuesto este gesto tiene varias dimensiones, no atañe sólo a ese momento: concierne a toda la historia. En Juan, Jesús confía a todos nosotros, a toda la Iglesia, a todos los futuros discípulos a su madre y su madre a nosotros. Y esto se ha cumplido a lo largo de la historia: la humanidad y los cristianos han entendido cada vez más que la madre de Jesús es su madre. Y cada vez más personas se han confiado a su madre: basta pensar en los grandes santuarios, en esta devoción a María, donde cada vez más la gente siente: "Esta es la madre." E incluso algunos que casi tienen dificultad para llegar a Jesús en su grandeza de Hijo de Dios, se encomiendan a su madre sin dificultad. Algunos dicen: "Pero eso no tiene fundamento bíblico". Aquí me gustaría responder con San Gregorio Magno: "En la medida que se leen -dice--, crecen las palabras de la Escritura." Es decir, se desarrollan en la realidad, crecen , y cada vez más en la historia se difunde esta Palabra. Todos podemos estar agradecidos porque la Madre es una realidad, a todos nos han dado una madre. Y podemos dirigirnos con mucha confianza a esta madre, que para cada cristiano es su Madre. Por otro lado la madre es también expresión de la Iglesia. No podemos ser cristianos solos, con un cristianismo construido según mis ideas. La madre es imagen de la Iglesia, de la madre Iglesia y confiándonos a María, también tenemos que encomendarnos a la Iglesia, vivir la Iglesia, ser Iglesia con María.
Toco ahora al tema de la consagración: los papas --Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II-- hicieron un gran acto de consagración a la Virgen María y creo que , como gesto ante la humanidad, ante María misma, fue muy importante. Yo creo que ahora es importante interiorizar ese acto, dejar que nos penetre, para realizarlo en nosotros mismos. Por eso he visitado algunos de los grandes santuarios marianos del mundo: Lourdes, Fátima, Czestochowa, Altötting ..., siempre con el fin de hacer concreto, de interiorizar ese acto de consagración, para que sea realmente un acto nuestro. Creo que el acto grande, público, ya se ha hecho. Tal vez algún día habrá que repetirlo, pero por el momento me parece más importante vivirlo, realizarlo, entrar en esta consagración para hacerla verdaderamente nuestra. Por ejemplo, en Fátima, me di cuenta de cómo los miles de personas presentes eran conscientes de esa consagración, se habían encomendado, encarnándola en sí mismos, para sí mismos. Así esa consagración se hace realidad en la Iglesia viva y así crece también la Iglesia. La entrega a María, el que todos nos dejemos penetrar y formar por esa presencia, el entrar en comunión con María, nos hace Iglesia, nos hace, junto con María, realmente esposa de Cristo. De modo que, por ahora, no tengo intención de una nueva consagración pública, pero sí quisiera invitar a todos a unirse a esa consagración que ya está hecha, para que la vivamos verdaderamente día tras día y crezca así una Iglesia realmente mariana que es madre, esposa e hija de Jesús.
JUANVICENTE BOO / CORRESPONSAL EN EL VATICANO
Entrevista en ABC digital
El portavoz del anterior Pontífice afirma que, pese a que se ha escrito mucho sobre Wojtyla, «su rico perfil humano está todavía por descubrir»
Joaquín Navarro-Valls, médico y periodista, es la persona que el mundo entero ha visto junto a Juan Pablo II a lo largo de sus 22 años como portavoz del Papa que ahora llega a los altares. Navarro-Valls y el cardenal de Cracovia, Stanislaw Dziwisz -secretario de Karol Wojtyla durante 40 años- son los dos testigos privilegiados de la extraordinaria dimensión humana y espiritual de Juan Pablo «el Grande».
Nacido en Cartagena, doctor en Medicina por la Universidad de Barcelona y licenciado en Periodismo por la de Navarra, Joaquín Navarro-Valls era corresponsal de ABC en Roma en 1984 cuando el Papa se fijo en él y le llamó para pedirle algunas sugerencias: «Pensé que iba a ser sólo una hora… !y fueron 22 años en el Vaticano!».
Psiquiatra, periodista, portavoz de dos Papas, ensayista y escritor, Navarro-Valls es doctor «Honoris Causa» por numerosas universidades de Europa y América. Políglota, atlético, bronceado, sonriente y cordial, la «voz» de Karol Wojtyla preside ahora el Consejo Asesor de la Universidad Campus Bio-Médico de Roma.
—Doctor Navarro-Valls, la presencia de Juan Pablo II ha permanecido viva incluso después de su fallecimiento. ¿Cómo la nota usted?
—Es evidente su presencia, y no sólo en la riqueza de su magisterio y de sus escritos. Sigue siendo muy amado por millones de personas. Casi se diría que continúa su misión recibiendo cada día en las Grutas Vaticanas decenas de miles de visitantes.
—Pero ¿no echa en falta su presencia física?
—Pocos días después de su fallecimiento me preguntaron en una rueda de prensa si lo echaba de menos. Ya entonces dije: “No, no le echo de menos, sencillamente porque antes, según el trabajo que había, estaba con él dos o tres horas al día. Ahora, en cambio, puedo estar en contacto con él 24 horas al día. Le pido consejo, le pido que me ayude…”.
—Veintidós años trabajando con Juan Pablo II es un período muy largo. ¿Qué le han dado esos años? ¿Qué le han dejado como herencia?
—Juan Pablo II era el mejor testigo de lo que él mismo decía. Por eso su ejemplo es su mejor herencia. Pero si debiera reducir a una idea toda su riqueza, diría que se aprendía con él a tratar a la persona humana por lo que cada uno es y no por lo que cada uno tiene como simpatía, belleza, recursos etc.
—¿Cuál es su recuerdo más intenso?
—Quizá el último, la despedida ya sin palabras, cuando su final era muy próximo. Como todos los días, yo estaba en la habitación, entre otras cosas porque había que seguir informando sobre su estado. Fue una despedida silenciosa. Nos miramos a los ojos y quedó todo dicho: no se sentía la falta de las palabras. Cuando murió, sucedió en esa habitación algo muy revelador. Al fallecer el Papa no se inició una oración por su alma sino un «Te Deum» de acción de gracias por su vida, una vida muy rica que terminaba su fase terrena en ese momento.
—¿Cómo era Karol Wojtyla en privado?
—En privado era como se le veía en público. Pero diría que era aún mejor: un hombre enamorado y un cristiano cuya peculiaridad personal era su intensa relación directa con Dios
—Juan Pablo II decía que sólo se le podía entender «desde dentro». ¿Cuál era el rasgo principal de su personalidad?
—La que puede tener una criatura que es consciente de quién proviene y con quién permanece unido continuamente. Por eso su persona y su espiritualidad eran magnéticas, atractivas. Poseía muchas virtudes, que mejoraban cada día porque nunca dejó de luchar por vivir lo que esas virtudes exigían. Pero esa gama extraordinaria de virtudes no entraban en colisión unas con otras: había entre ellas una integración magnífica. Por ejemplo, no sabía perder un minuto pero, al mismo tiempo, nunca tenía prisa; nunca le vi tenso o ansioso. Yo recuerdo de modo especial su buen humor, su sonrisa. Incluso en ocasiones en las que todo parecía requerir las lágrimas.
—En sus 104 viajes internacionales, Karol Wojtyla enseñó al mundo a rezar en público. ¿Era también intenso cuando rezaba en privado? ¿Es cierto que rezaba postrado en el suelo?
—Una vez, cuando se creía solo en su capilla privada, le vi cantar frente al sagrario. No eran canciones litúrgicas sino baladas populares en polaco. En algunas ocasiones se le veía efectivamente rezar postrado en el suelo.
—¿Era un místico?
—Tenía una intensa presencia de Dios, pero alimentaba su oración con las necesidades de los demás. Le llegaban mensajes de todo el mundo, y los tenía en el reclinatorio de su capilla. Le he visto pasarse horas de rodillas con estos mensajes, uno a uno, en la mano, sobre todo tipo de sufrimientos y necesidades. Pero sabía también dar gracias por tantas cosas buenas. Creo que en la oración no se ocupaba de las cosas «suyas» sino de las de los demás. Y confiaba mucho en la misericordia de Dios. Por eso su beatificación va a tener lugar en el Domingo de la Divina Misericordia, una fiesta que él instituyó y en cuya víspera falleció.
—¿Se puede decir que fuese también un estoico? ¿Cómo era su mortificación?
—No era un moralista rígido ni un estoico. Sus mortificaciones eran muy frecuentes , pero sobre todo, ordinarias. Pequeños sacrificios como rechazar sin darle mayor importancia la cama que le ofrecen en un vuelo intercontinental, retrasar beber agua en países de calor sofocante y cosas así. En algunos períodos del año hacia una sola comida al día. Y la víspera de una ordenación episcopal o sacerdotal ayunaba siempre.
—¿Cuál era su secreto de comunicador?
—Su eficacia comunicativa se basaba más en lo que decía, que no en como lo decía. Diría que la verdad de lo que decía se veía también en el modo expresivo como lo decía.
—¿Pero cómo conseguía capturar siempre las cámaras?
—En 1987, durante un viaje a Estados Unidos, un periodista del New York Times dijo «el Papa domina la televisión simplemente ignorándola». No preparaba la escenografía, no aceptaba maquillaje, no prestaba atención a las cámaras ni a las luces, sino sólo a la gente. La gente que, para él, era siempre una persona concreta junto a otras personas singulares.
—¿Le daba a usted indicaciones concretas sobre lo que tenía que decir como portavoz?
—Confiaba en la profesionalidad de las personas que tenía a su alrededor. Por ejemplo, en 1991, me comunicó con detalle que le habían diagnosticado un tumor en el colon que, entonces, se presumía maligno. Su propósito era anunciar días después en el Ángelus, con pocas palabras, que iba a ser internado y que rezaran por él. Y añadió: “Luego, usted, que conoce los detalles, diga lo que le parezca oportuno”. Tenía mucha confianza en el criterio de cada uno de nosotros. En 22 años no recuerdo que, después de haber tratado a fondo algún tema, me dijera ni una sola vez: “pero esta información es sólo para usted, no la comunique”.
—Juan Pablo II es una de las personas que más ha hablado en público en toda la historia. ¿Sabía también escuchar?
—Escuchaba mucho y atentamente, a veces durante largas horas, tanto a los visitantes como a quienes frecuentemente invitaba a su mesa. Más que dar indicaciones, lo que solía hacer era pedir consejos o sugerencias. Luego, naturalmente, sabía decidir.
—Los santos suelen tener buen humor. ¿Lo tenía Juan Pablo II?
—Entre tantas cualidades humanas tenía también un extraordinario buen humor que iba más allá de un simple rasgo de carácter. Era también el resultado de una convicción, de un interpretar todo con el parámetro de la fe. Era optimista, no obstante todo, porque sabía que al final de la historia humana está Dios, y no el vacío de la nada.
—Usted le acompañó en muchas escapadas “secretas” a las montañas cerca de Roma. ¿Cómo era Juan Pablo II en un día de excursión?
—Es una pena que no hubiésemos hecho algunas más, pues el peso del trabajo y de la responsabilidad en aquel mundo tenso de los años ochenta era tremendo. Solíamos salir por la tarde en un coche anónimo, atravesábamos el tráfico endiablado de Roma y tomábamos una autopista hasta una casita pequeña en las montañas. Dormíamos allí, y a la mañana siguiente el Papa esquiaba unas horas o caminaba. Y nadie le reconocía porque nadie podía imaginarse al Papa esperando el telesilla. Eran pocas horas, pero era una delicia.
— Usted le acompañó en viajes a 160 países. ¿Cómo preparaba esos viajes?
—Dedicaba más tiempo a prepararlos que a hacerlos. Se enteraba en profundidad sobre la situación de cada país, su geografía, su historia, sus etnias, sus idiomas, etc. Dedicaba meses o semanas a estudiar el idioma de un país, incluso los más difíciles. Recuerdo que en Japón pronunció todos sus discursos y homilías en japonés… Una vez me explicó de modo sencillo por qué viajaba tanto: “Antes la gente iba a las parroquias. Ahora es el párroco el que tiene que ir a visitar a la gente”.
—¿Cuál fue el viaje más importante?
—Hubo muchos muy importantes, como los de Polonia, por ejemplo. Pero a mí me impresiona el que hizo a Azerbaiján, una ex república soviética en el Cáucaso, cuando ya no podía caminar, tenía más de 80 años y muchas dificultades para hablar. El número de católicos en ese país era inferior a 200, pero quiso ir porque consideraba que ese puñado de católicos tenía también derecho a estar con el Papa
—¿Y el viaje más peligroso?
—Probablemente la visita a Sarajevo, que sufrió retrasos y fue muy difícil de preparar por motivos de seguridad. Poco antes de aterrizar nos informaron que Juan Pablo II no podría ir en papamóvil sino en helicóptero desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad, pues las fuerzas de Naciones Unidas acababan de descubrir en un puente una cantidad alta de explosivos. Se lo dije al Papa, pero él preguntó: «¿Hay gente esperando en el recorrido?». Le dije que sí, y entonces respondió: «Pues se hace como estaba planeado».
—Usted negoció personalmente con Fidel Castro el histórico viaje de Juan Pablo II a Cuba en 1998. ¿Fue una oportunidad perdida para Castro?
— Yo tuve que ir antes para clarificar con Castro varios aspectos que no estaban claros. Fue un encuentro muy largo, desde las ocho de la noche hasta las dos de la madrugada. Durante el viaje, Castro mostró gran cortesía y agradeció los discursos del Papa, incluso en los temas en que no estaba de acuerdo. Aquella visita fue el inicio de un reconocimiento más pleno de la Iglesia y de los católicos en Cuba. .
—Usted viajó a Moscú en 1988 para entregar a Mijail Gorbachov una larga carta personal del Papa. ¿Cómo fue la posterior visita de Gorbachov al Vaticano y su juicio sobre el papel de Juan Pablo II en la caída del Muro de Berlín?
—La visita de Gorbachov fue un encuentro extraordinario: la primera vez que un Secretario General del Partido Comunista Soviético visitaba a un Papa, y el modo en que se entendieron. Aquel mismo día el Papa me dijo: «Es un hombre de principios». Aunque Gorbachov ha reconocido en público el mérito del Papa, el gran protagonista de la caída del muro de Berlín fue él, ya que mantuvo la promesa de no intervenir militarmente en los países del Pacto de Varsovia y evitó también una reacción militar de Berlín.
—¿Se puede decir que fue el Papa de la dignidad de la persona, el Papa de los derechos humanos?
—Todo su pontificado ha sido una defensa de la dignidad trascendente de la persona humana. Y lo reconocen incluso personajes muy alejados de la fe católica. Las únicas veces que le vi “indignado” lo estaba ante las situaciones de violencia como en el Líbano o en los Balcanes. Sufría viendo que no lograba impedir la invasión de Irak, a la que se oponía con todas sus fuerzas.
—Desde la primera misa como Papa en la plaza de San Pedro, Juan Pablo II siempre tuvo un rato para saludar a los enfermos. ¿Qué significaban para él?
—El tema es muy profundo: hizo del sufrimiento humano y la enfermedad los grandes cómplices de su Pontificado. Por eso tenía un gran amor a los débiles y los enfermos. Les sonreía, les acariciaba, les saludada siempre uno a uno. No tenía miedo del sufrimiento físico, que a veces es inevitable, ni de los sufrimientos morales grandes o pequeños: el hijo que te da un disgusto, el amigo que te traiciona… Tampoco tenía miedo al dolor o a la vejez, como se vio a raíz del atentado de 1981 y en los últimos años de su vida, cada vez más afectado por el Parkinson.
—Era también el Papa de la «teología del cuerpo»…
—Fue una de sus grandes contribuciones, junto con muchas otras. Amaba el cuerpo humano porque es a través del cuerpo como el ser humano se inserta en la historia. Y ese cuerpo, el propio y el de los demás, merece respeto pues no es sólo un conjunto de tejidos sino la condición histórica de la persona. No tenía miedo al cuerpo sino al contrario. Tocaba a los enfermos, acariciaba y bendecía a las mujeres embarazadas. Besaba, abrazaba, hacia deporte, aplaudía, cantaba... Yo creo que su libro sobre la teología del cuerpo – “Hombre y mujer los creó” – es ya un clásico no sólo del pensamiento cristiano sino de la antropología filosófica.
—¿Hablaban alguna vez en español?
—Hablábamos en italiano, que él había declarado «nuestro idioma» la primera vez que se asomó al balcón de la basílica de San Pedro. Pero de vez en cuando iniciaba conversaciones conmigo en castellano. Y siempre era que me iba a gastar una broma. Como ya dije, tenía el don del buen humor.
—¿Cómo veía Juan Pablo II a España?
—El hecho de que visitara España cinco veces es ya elocuente. Conocía muy bien su historia y su literatura: recuerdo todavía estupendas conversaciones con él hablando de autores clásicos y modernos españoles. También era consciente de algunas ambivalencias en su historia.
—Ahora que sube a los altares, ¿Escribirá usted su libro de recuerdos personales de un santo?
—Toca usted un tema que me pesa y que siento como un imperativo moral. Tengo unas 600 páginas de notas tomadas a lo largo de aquellos años…Mucho se ha ya escrito sobre él, pero su persona, su rico perfil humano está todavía, al menos en parte, por descubrir.
—En abril del 2005, los fieles gritaban «Santo súbito!», «¡Santo, ya!». La beatificación es el primer paso. Y después…¿santo cuándo?
—Cuando Dios quiera. Pero entre tanto hay algo que podemos hacer: aprender de él a vivir.



