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sábado, 5 de febrero de 2011

Francia cierra la puerta a los matrimonios homosexuales una semana después de rechazar la eutanasia

El país de la Ilustración y la Revolución Francesa contrasta con España, que constituye una anomalía en el contexto europeo y mundial.

      Francia, el país de la Ilustración y la Revolución Francesa, ha tumbado la propuesta de legalizar la eutanasia. No es un hecho novedoso, prácticamente cada año algún senador propone su legalización y nunca sale adelante.


        Tras un largo debate que acabó la madrugada del 26 de enero, el senado francés rechazó una proposición de ley que pretendía regular la eutanasia por 170 votos en contra y 142. La penúltima intentona de instaurar la eutanasia en Francia naufragó en 2009 en la Asamblea Nacional.

        Francia es el único país declarado laicista (no laico, como la mayoría de países miembro de la Unión Europea) y mantiene serias restricciones para la práctica pública de la religión. Aunque la norma, que data de 1905, ha pasado a segundo término, formalmente sigue activa.

        A pesar de ello, recientemente el Consejo Constitucional (el órgano correlativo en Francia al Tribunal Constitucional español) se ha manifestado contrario a autorizar el matrimonio homosexual. El Consejo debía decir si avalaba o no el veto a las bodas entre personas del mismo sexo y ha optado por aceptarlo.

        En la actualidad, el Estado francés regula estas parejas a través de lo que se denomina el Pacto Civil de Solidaridad aprobado en 1999. Consiste en una unión administrativa para parejas del hecho prescindiendo del sexo. Se trata, pues, de una pareja paramatrimonial que asume un acuerdo administrativo.

        Francia sigue negando que pueda instaurarse el matrimonio homosexual, una posición que en la actualidad mantiene un gobierno de derechas, pero que cuando ha sido el caso también lo han mantenido gobiernos socialistas de izquierdas.

        En este sentido, fue famoso el artículo de Lionel Robert Jospin, primer ministro de Francia entre 1997 y 2002, en el que explicaba las razones por las que se oponía a legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo.

        Jospin explicaba que dos cosas diferentes no se podían tratar de la misma forma, y que el matrimonio entre heterosexuales y las parejas homosexuales eran evidentemente diferentes. Jospin encontraba profundas diferencias entre el matrimonio entre un hombre y una mujer, y no concebía que se pudiera ofrecer los mismos derechos a la unión entre dos hombres o dos mujeres ya que si se trataban de cosas diferentes otorgarles el mismo estatus era provocar una injusticia. Los argumentos esgrimidos en la actualidad por el Consejo Constitucional son muy parecidos a los sostenidos entonces por Jospin.

España: una anomalía en Europa y el mundo

        El mismo año que se modificó la Ley del Divorcio en España (en julio del 2005) coincidió con la norma que en Francia regulaba las rupturas matrimoniales. Francia optó por una ley en sintonía con todas las leyes de divorcio de Europa, que piden la presentación de motivos para justificar la ruptura, la española no lo exige.

        El papel de la Ley española al respecto representa una anomalía. Es lógico que si se pretende romper un contrato se deban aportar los motivos para ello, ya que de otra manera (y es así como sucede en España), el contrato se puede romper unilateralmente evidenciando que el contrato no tenía ningún tipo de valor real.

        España es uno de los pocos países que aprueban el matrimonio homosexual y, además, que contempla la adopción por parejas de personas del mismo sexo. Solamente España, Holanda, Canadá y Sudáfrica contemplan esta posibilidad. Bélgica y Portugal casan homosexuales pero no les autorizan a adoptar.

        Lo que ocurre en España y, en comparación con Francia, uno de los países que representa la salvaguarda de la libertad y la igualdad, es anormal, una anomalía fuera del contexto europeo y mundial.

domingo, 30 de enero de 2011

HUMANO: LO QUE NOS HACE ÚNICOS


  Por Alberto Carrara

 ¿Qué nos hace humanos? ¿Qué nos hace diferentes de los demás animales? ¿Son únicos los cerebros humanos? ¿De dónde viene toda la riqueza y variedad de potencialidades que el ser humano posee y expresa en el arte, en la música, en la filosofía y en la literatura, en la ciencia y en la tecnología, en la economía y en la política?

        Estas son algunas de las preguntas a las que libro reciente de Michael S. Gazzaniga, titulado en español ¿Qué nos hace humanos? (original ingles: Human: The Science Behind What Makes Us Unique, Harper Collins, New York 2008), trata de responder. En las casi quinientas páginas del volumen, ese pionero de la flamante rama de la neurociencia cognitiva va desarrollando una perspectiva antropológica fundada en los descubrimientos más recientes de la investigación acerca del cerebro humano.

        Michael S. Gazzaniga, considerado el “padre” de la moderna neurociencia cognitiva, ha escrito mucho en su 70 años de vida. La revista italiana Mente & Cervello, en una entrevista reciente acerca del citado volumen, sintetiza la genialidad de este hombre apasionado por la verdad: “científico, divulgador, director de un centro para el estudio de la mente, Michael Gazzaniga se mueve entre biología y filosofía para encontrar el misterio de la unicidad del cerebro humano, una maravillosa máquina que nos permite dominar el mundo” (revista Mente & Cervello, n. 66, junio de 2010).

        No se pueden entender a fondo las interpretaciones actuales sobre los avances de la neurociencia sin tomar en cuenta la figura poliédrica de este investigador ítalo-americano que dedicó literalmente su existencia a comprender, desde la ciencia empírica neuronal, lo que distingue y distancia la especie humana de los demás animales.

        ¿Quién es Michael Gazzaniga? ¿Qué aporta a la humanidad? ¿Qué interpretación del ser humano propone a la luz de las neurociencias? Y, sobre todo, ¿por qué su pensamiento resulta tan relevante hoy en día?

        No es nada fácil esbozar los rasgos más sobresalientes de este científico. Sus obras, en realidad, presentan un enfoque provocativo sobre la constitución e interpretación misma de lo que es el hombre.

        Empecemos por el perfil biográfico. Michael S. Gazzaniga nació el 12 de diciembre de 1939 en Estados Unidos. Procedente de abuelos italianos, después de concluir la carrera de psicología realizada al Dartmouth College, Gazzaniga consiguió el doctorado de investigación en psicobiología en el California Institute of Technology. Sus estudios acerca del así llamado split-brain (cerebros divididos), realizados bajo la guía del premio Nobel Roger Sperry, le ganaron notoriedad y prestigio en el sector neurocientífico. Gracias a estos estudios Gazzaniga contribuyó a vislumbrar los mecanismos cerebrales atribuidos a cada uno de nuestros hemisferios. Con el pasar de los años Gazzaniga se dedicó también a los aspectos más especulativos de las neurociencias proponiendo un modelo propio de explicación de la conciencia y de la identidad personal.

        El interés por los aspectos filosóficos del estudio sobre la mente le llevó, primero, a fundar y dirigir el SAGE Center for Cognitive Neuroscience de la Universidad de California en Santa Bárbara; y después, a asumir en 2005 el cargo de consejero del Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica para las cuestiones de bioética. Gazzaniga es también director del proyecto federal del mismo país sobre el derecho y la neurociencia (Law and Neuroscience).

        Neurocientífico de fama mundial, con más de 200 publicaciones científicas y decenas de libros escritos, Gazzaniga es considerado el “padre” de las neurociencias cognitivas. Haciendo una lectura reflexiva de sus obras se reconoce que estamos ante un pionero en el estudio de las relaciones mente-cerebro, alguien que ha hecho por la mente lo que Steven Hawking ha hecho por el estudio del cosmos.

        Su habilidad como científico consiste en lograr una unificación del saber y del mismo ser humano a través del objeto de su estudio y de toda su vida: el cerebro. Esto se demuestra de manera magistral en las más de quinientas páginas de su obra sintética ¿Qué nos hace humanos?

        El propósito de Gazzaniga está en el título mismo del artículo que Arne Rasmusson escribió en la revista Neuroethics: “Neuroethics as a Brain-Based Philosophy of Life: The Case of Michael S. Gazzaniga” (Neuroethics, n. 2, 2009, pp. 3-11). Para Gazzaniga, la neuroética centrada en el cerebro acabará por sustituir todos los sistemas de creencias irracionales características, por ejemplo, de las religiones y de la política. La posibilidad de llegar a explicar todas las dimensiones constitutivas del ser humano, empezando y terminando con y en el cerebro, constituye la firme creencia y esperanza del neurocientífico norteamericano.

        En su precedente libro, La mente ética, Gazzaniga hablaba de manera abierta de esta filosofía de vida neurocéntrica que acabó por perfeccionar en la interpretación antropológica sumamente reduccionista y materialista de Human.

        Bajo un enfoque holístico, en los 4 grandes apartados del índice del libro, que suman al final 9 capítulos, Gazzaniga trata de presentar su comprensión de la condición humana a la luz de las perspectivas biológica, psicológica y social de nuestra especie.

        El hombre está en el centro del universo: ésta es la primera creencia de Gazzaniga, que propone una moderna visión antropocéntrica fundada en el convencimiento de que el largo proceso evolutivo ha producido con el cerebro humano la máquina más eficaz, es decir, el órgano que nos permite, de facto, dominar la naturaleza. Al final, el hombre no es otra cosa que su cerebro.

        Según el neurocientífico americano, hay una verdadera escala jerárquica entre los seres vivientes, pero las razones de las capacidades únicas que el ser humano posee, desde su racionalidad hasta su habilidad artística, desde su espiritualidad hasta su conciencia, serían reducibles a la mera materialidad y estructuración evolutiva del órgano cerebral.

        ¿Qué filosofía se esconde detrás de este pensador? Analizando sus escritos, buscando entre líneas y, sobre todo, escrutando la bibliografía que utiliza, se puede deducir, con buena probabilidad, el influjo del filósofo y científico Charles Sanders Peirce (1839-1914), “padre” de la corriente de pensamiento denominada pragmatismo, en las obras de Gazzaniga.

        Las teorías filosóficas de Peirce, matemático, filósofo y semiólogo estadounidense, juegan un papel relevantes en los escritos de Gazzaniga, en manera particular en la obra titulada: El intérprete. El mensaje que emerge del texto en consideración es que la porción de nuestro hemisferio izquierdo cerebral, denominada intérprete, es la estructura biológica responsable de darnos el sentido de los acontecimientos y de los hechos de la realidad. No extraña, entonces, el hecho de que fue Peirce el primero en distinguir filosóficamente entre intérprete e interpretante. Tal distinción está a la base de la teoría pragmática que no deja a nuestro intelecto humano la posibilidad de poder separar el conocimiento objetivo de la realidad de la acción eficaz que hay que obrar en ella.

        El modelo neurocéntrico de Gazzaniga es un verdadero compendio de ciencia empírica plasmada por las corrientes filosóficas contemporáneas que comprenden la filosofía post-analítica, el funcionalismo, el “eliminativismo”, y que desembocaron con el relativismo pragmático peculiar de este autor.

        Concluyendo, se podrían sintetizar así las respuestas a las preguntas iniciales: Michael Gazzaniga es un neurocientífico de fama mundial, reconocido y estimado, un profundo conocedor de la biología del cerebro que ha aportado notables contribuciones a la clínica neuropsicológica y neuropsiquiátrica pero que ve al ser humano como un producto de la evolución biológica, punto culmen de un proceso que en su desarrollo ha asignado al hombre un lugar único y privilegiado del universo.

        El pensamiento de este autor tiene tanto éxito porque trata de presentar, a la luz de la ciencia, todas las dimensiones peculiares de lo “humano” que desde siempre quedaban bajo un velo de misterio.

        Tras una lectura agradable, emocionante y estimulante de la obra ¿Qué nos hace humanos?, queda una pregunta: ¿de verdad la interpretación de Gazzaniga da sentido en su totalidad a la persona humana?

        Si no se distinguen las diversas realidades de la persona humana, reconociendo a la vez su complejidad, todo se volverá homogéneo, horizontal, simple, controlable y manipulable. El “alma” se equiparará al “yo”, y el “yo” al cerebro, y será el espíritu tecnicista a prevalecer y a reducir el hombre a una materialidad que ni siquiera corresponde a la de un animal viviente. Entonces la mentalidad difundida hoy día seguirá considerando los problemas y los fenómenos que tienen que ver con la vida interior sólo desde un punto de vista psicológico, e incluso meramente neurológico.

        El de Michael S. Gazzaniga es un viaje fascinante y apasionante que no deja de suscitar preguntas, aclaraciones y, como todos esfuerzos científicos que pretendan vislumbrar más la verdad acerca de nuestra intima identidad, soluciones no definitorias. La vía, siempre ardua, de la antropología es un camino no fácil que todo hombre está llamado a recorrer en primera persona. Hay que lanzarse, sin pasividad, apostando toda la plenitud de nuestra racionalidad, sin tenerle miedo a la posibilidad de que nuestra inteligencia sea capaz de ir más allá de lo empírico.

El Papa propone un 'estilo cristiano' de usar internet

sábado, 29 de enero de 2011

Las niñas quieren ser princesas: menores en una sociedad sexualizada


Por Cristina Abad Cadenas

(foto: "niñas sexys en Vogue")

En los años ochenta, Joaquín Sabina cantaba “las niñas ya no quieren ser princesas”. Era en plena eclosión del feminismo. Hoy, cuando parece haberse alcanzado, si no la cima de la igualdad, al menos una cota elevada, ocurre paradójicamente lo contrario. Vuelven las princesas, pero éstas han perdido la inocencia de los cuentos infantiles. Son princesas de cuentos para mayores.

En el número de diciembre-enero de la revista Vogue la polémica tomó la portada. Tres niñas de entre cinco y siete años desafiaban con actitud provocativa a los lectores, luciendo modelitos, joyas, zapatos de tacón y complementos de Versace, Yves Saint Laurent, Bulgari, Boucheron, Balmain o Louboutin. La publicación de estas fotos le ha valido la dimisión a la directora de Vogue París, Carine Roitfeld, y ha generado una buena polémica. ¿Dónde establecemos la frontera entre la ingenuidad de disfrazarse de mamá y la procacidad de las lolitas? ¿Dónde está el límite ético del periodismo?

Juan Manuel Bellver, corresponsal de El Mundo en París, lo recoge así en su reportaje: “Este juego en el que las hijas deciden robarle la ropa a sus madres y embadurnarse con su maquillaje aparentando ser, por unas horas, unas elegantes damitas, se ha dado toda la vida. Pero la frontera entre lo naif y lo procaz puede ser muy sutil en estos casos y hay quien ha visto en la realización de las fotos poses forzadas, enormes escotes, tacones de aguja y ceñidos vestidos de mujer fatal fuera de lugar a tan tierna edad”.
Quizá la reacción de protesta sea el final de un clamor que va in crescendo desde hace algún tiempo.

Preparadas para comprar
Natasha Walter, impulsora del nuevo feminismo, en su libro Muñecas vivientes, publicado hace unos meses, se lamenta: “No me imaginaba que acabaríamos así: las muñecas han tomado la vida de las niñas, e incluso de las mujeres. (…) La división entre el mundo rosa de las niñas y el mundo azul de los niños no sólo sigue existiendo sino que en esta generación se está extremando más que nunca. Vivir una vida de muñeca parece haberse convertido en la aspiración de muchas jóvenes, que en cuanto salen de la infancia se embarcan en el proyecto de conquistar la imagen teñida, depilada y bronceada de una Bratz o una Barbie a base de arreglarse, ponerse a dieta e ir de compras. Sin un cambio económico y político profundo, lo que vemos cuando miramos a nuestro alrededor no es la igualdad que buscábamos; es una revolución estancada”.

Peggy Orenstein en La Cenicienta se comió a mi hija, publicación que ve la luz editorial en estos días, relata cómo en el año 2000 un ejecutivo de Disney llamado Andy Mooney acudió a un espectáculo y se vio rodeado de niñas con trajes de princesa hechos en casa. De ahí surgió la línea “Princesa” de Disney, que actualmente coloca en el mercado más de 26.000 artículos de la princesa de Disney, y que en 2009, generó ventas por valor de cuatro mil millones de dólares.

“¿Es todo esto ‘rosa’ realmente necesario?”, se pregunta Orenstein. “Sólo si quieres hacer dinero”, responde.

Cabe sospechar que detrás de ambos libros subyace la crítica feminista al hecho de que naturalmente niños y niñas sigan prefiriendo opciones de juego diferenciadas. Y es cierto. Sin embargo, también lo es que el bombardeo publicitario es excesivo y reduccionista y que las niñas de hoy desarrollan gustos y asumen poses de mayores demasiado temprano.

Muñecas rotas
El ídolo de muchas niñas de todo el mundo ya no es Minnie Mouse, sino otros personajes más sofisticados de Disney Channel, como Hannah Montana (Miley Cirus) o Sunny entre estrellas(Demi Lovato). Ambas actrices, junto con otras como Lindsay Lohan o, yendo más atrás en el tiempo, Britney Spears, engrosan hoy el estante de las muñecas rotas de Disney y ejercen una poderosa influencia sobre el público infantil.
Cuando alcanzan la pubertad, estas niñas que apenas vieron dibujos infantiles se convierten en consumidoras de revistas para adolescentes y de series como las españolas Física o Química, Al salir de clase, o las americanas Skins o Gossip Girl, donde el culto al físico, la irresponsabilidad de los adultos, el divorcio de los padres, la pérdida de la virginidad y el consumo de alcohol y de drogas, son temas centrales.

Muchas veces estos productos son vistos a través de Internet, en sesiones maratonianas y fuera del alcance de los progenitores, y compartidos en foros y redes sociales. Y aunque a nadie le gustaría vivir sus ajetreadas vidas, sus protagonistas generan empatía en los telespectadores jóvenes y transmiten la sensación de que lo que piensan y hacen es lo normal o lo que está de moda.

Una sociedad erotizada
Zac Alstin, del Instituto de Bioética Southern Cross en Adelaida (Australia), llega al fondo en un reportaje publicado en MercatorNet.com que lleva por título “La defensa de los niños contra la cultura erotizada de los adultos”. En él llama la atención sobre la preocupación de instancias como la American Psychological Association, un comité del Senado de Australia o el Ministerio del Interior británico con respecto a la sexualización de las niñas, que relacionan con problemas de salud mental como trastornos alimentarios, baja autoestima y depresión.

El corazón del problema, según Alstin, es que los niños –personas cultural, física y mentalmente demasiado jóvenes como para participar en la cultura sexual de los adultos– se han moldeado y modelado para que coincidan con una cultura de adultos erotizada.

Sin embargo, su raíz está en la sexualización de los adultos. Los medios de comunicación y la publicidad inundan de erotismo la sociedad y la cultura. El sexo vende. En las últimas décadas –observa Alstin– la vida adulta ha sufrido cambios significativos en este contexto. Existen tres factores clave: el retraso de la edad del primer matrimonio, el aumento de la edad de los padres, y la disminución de la edad de la primera relación sexual. “Si los jóvenes pueden esperar a tener su primera experiencia a los dieciséis años, pero se casan y tienen hijos mucho más tarde, es evidente que el sexo no se limita al contexto del matrimonio y la procreación”.

Cuando el sexo es parte del paquete de casarse y tener hijos está sujeto a un conjunto más estricto de responsabilidades: ingresos, vivienda, estabilidad, etc. El sexo se convierte en un aspecto más de un compromiso de por vida con otra persona. “Pero si el sexo se separa de todas estas condiciones, nos quedamos con un acto meramente natural y agradable, que está limitado solo por las elecciones y oportunidades de la vida. Esta es la forma idealizada del sexo en el mundo moderno. Todo lo que queda es maximizar el propio potencial, cultivando los atributos sexuales más deseables en la sociedad actual”.

Como los mayores
En este marco, la sexualización de los niños genera conflicto, señala Alstin, “porque la visión del sexo que promueve nuestra cultura es tan libre de limitaciones y responsabilidades, que no hay nada, en principio, que disuada o evite que los niños se socialicen en él”. Después de todo, “los requisitos para tener relaciones sexuales según esta forma idealizada, no son más que el consentimiento y la oportunidad”.
Si en los mayores el sexo se separa del compromiso y de la constitución de una familia, los niños se limitarán a buscar “la apariencia de los ideales sexuales promovidos por nuestra cultura: la moda, el físico, la pose. (...) Nuestra cultura no les exige ser mayores de edad, sólo parecerse a ellos”.

Si la sexualización de los niños es una extensión lógica de nuestra cultura sexual actual –concluye Alstin–, la defensa de la inocencia infantil se convierte en un verdadero movimiento contracultural. Una campaña donde se ataque tanto la pedofilia como la hipersexualización de la cultura que nos rodea.

Y esa batalla le toca sobre todo a los padres.

viernes, 28 de enero de 2011

Autoridades políticas estadounidenses buscan modo de suspender el financiamiento a las Naciones Unidas


 (en la foto, equipo de C-FAM)
WASHINGTON, 28 de enero (C-FAM) Miembros del Congreso se reunieron esta semana para tratar la suspensión de algunas contribuciones a las Naciones Unidas hasta tanto incorpore «drásticas» reformas para prevenir la corrupción y permitir el financiamiento voluntario.
Estados Unidos es el mayor donante de la ONU; cubre casi un cuarto del presupuesto anual de operaciones de la Organización, lo cual no incluye los fondos adicionales que este país provee para las operaciones de mantenimiento de la paz. Los legisladores estadounidenses presionan para que se amplíen los recortes, ya que buscan reducir el déficit presupuestario nacional. 
La representante estadounidense Ileana Ros-Lehtinen, flamante presidente del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes, presionó por conseguir «primero la reforma y después el pago» y no anduvo con rodeos sobre su descontento acerca del polémico Consejo de Derechos Humanos de la ONU. 
«Quisiera asegurarme de que de una vez por todas acabemos con todo financiamiento estadounidense a esa bestia», dijo Ros-Lehtinen.
La reforma propuesta por Ros-Lehtinen permitirá a Estados Unidos elegir los proyectos y las actividades que estén en consonancia con los intereses del país y fomentará una mayor transparencia ya que «cada mandato, actividad, programa y subprograma de la ONU, país por país y función por función, debe ser justificado por separado».
Efectivamente, los escándalos de corrupción siguen infestando la ONU. En la actualidad, el principal investigador de este organismo está siendo investigado por represalias en contra de quienes denuncian casos de corrupción. 
A raíz del abrumador déficit federal, otros formuladores de políticas estadounidenses examinan detalladamente el financiamiento de la ONU por parte de su país. En el transcurso de la primera jornada de sesiones de la Cámara baja, el representante Cliff Stearns propuso una medida por la que solicitaba al Congreso que se negara el empleo de fondos federales para el «diseño, renovación, construcción o alquiler de cualquier sede para las Naciones Unidas en cualquier localidad de Estados Unidos», a menos que el presidente Obama «emita al Congreso un certificado de que las Naciones Unidas ha adoptado las mejores prácticas internacionalmente reconocidas en materia de contratos y adquisiciones».
Otro proyecto de ley presentado este mes por el representante republicano de Texas Kevin Brady demanda una reducción del 10% en las contribuciones voluntarias.
Los legisladores estadounidenses retuvieron el financiamiento a la ONU en otros tiempos. En la década del 90, el entonces presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, Jesse Helms, logró bloquear toda subvención a la ONU por un largo período. 
A pesar de que el secretario general de la ONU Ban Ki-moon declaró públicamente que está seguro de que se mantendrá el nivel de financiamiento, algunos informes de los medios dan indicios de que Ban estaba ansioso por reunirse con los líderes del Congreso para presentar sus argumentos a favor del apoyo absoluto e ininterrumpido a las Naciones Unidas. 
Wendy Wright, de la organización Concerned Women for America, dijo a Friday Fax: «Los funcionarios de la ONU han vivido bien a expensas de los tributantes estadounidenses». Wright expresó su apoyo a las reformas de Ros-Lehtinen al afirmar: «Es tiempo de transparencia y rendición de cuentas, y del fin del fraude del despilfarro y de los excesos en la ONU». 
Las contribuciones a las Naciones Unidas deben ser financiadas mediante planes de gastos anuales aprobados por el Congreso y están sujetas a la ratificación tanto de la Cámara baja como del Senado. Ros-Lehtinen prometió que la reunión de esta semana es sólo la primera de una serie de consultas que el Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes realizará respecto del financiamiento a la ONU.

martes, 25 de enero de 2011

LOS SOFISTAS

Por Alejandro Llano


Especializados en convertir el argumento más débil en la razón más fuerte, los sofistas manejan el lenguaje como un instrumento puramente utilitario para convencer a los demás de aquello que a los propios sofistas les conviene. Hablar ya no es una actividad que esté al servicio del encuentro con la verdad, sino que se encamina al logro del poder. Parecen sabios, pero no lo son. Tampoco el sofista se identifica con el retórico. El retórico trata de hacer verosímil lo verdadero, mientras que el sofista intenta hacer verosímil lo falso.

A los sofistas griegos, Platón los llamó mercaderes ambulantes de golosinas del alma. Ahora bien, su vigencia no se limita a la antigüedad clásica. Los sofistas han revivido y hoy se los encuentra por todas partes. Expenden ideas-basura, comida rápida para alimentar mentes adocenadas por medios de comunicación que ocultan datos y —por poner un caso reciente— han pasado de ser periódicos de referencia a prensa amarilla, según ha dicho Hermann Tertsch acerca de un diario madrileño del que tuvo que salir por atreverse a decir la verdad.\"\"

En la España actual la sofística ha dejado de ser una curiosa anomalía para convertirse en un fenómeno global. Los discursos de muchos personajes cercanos al Gobierno constituyen ejemplos de constantes atentados a la lógica y al sentido común. Cuanto más próximos parece que se encuentran a la verdad, más niegan la evidencia. La reciente declaración de Manuel Conthe en el Congreso representó una valiente excepción. Habló de presiones sobre el organismo regulador del mercado de valores y apuntó cuál era el origen de semejantes extorsiones. Pero, desde el punto de vista del ambiente informativo, también esta excepción vino a confirmar la regla. Porque inmediatamente, esa misma noche, los medios paraoficiales manipulaban sus palabras y tergiversaban sus ideas. Aquí no ha pasado nada. Los socialistas seguimos siendo tan honrados como antes y nunca hemos roto un plato.

El gran maestro de sofistas, el gurú de la confusión mental, es el presidente del Gobierno. No se sabe cómo, pero cuando la realidad refuta sus palabras, se las apaña para hacer ver a muchos que en rigor ha sucedido lo que él anunciaba y que, por lo tanto, continuará por el mismo camino. Cuando surja el próximo encontronazo con los hechos, ya encontrará otro modo de ejercitar sus artes de ilusionista. Y, si los hechos no concuerdan con sus palabras, ¡peor para los hechos! Al fin y al cabo la tajante diferencia entre la verdad y el error, entre el bien y el mal, entre lo útil y lo perjudicial para el país, todo eso corresponde a un modo rígido y superado de pensar. Él es más comprensivo, más flexible, conecta mejor con el sentir de amplios sectores de la población española.

Y lo peor es que esto último parece ser cierto. En los dos programas de preguntas a Zapatero y a Rajoy, lo más penoso fue precisamente el modo de razonar de la mayor parte de un público presuntamente seleccionado por procedimientos sociológicos neutrales. Salvo contados casos, ofrecieron un panorama de planteamientos económicamente interesados, talantes foscos, actitudes sentimentales y notoria incapacidad para la réplica. Si tal es el retrato robot del español medio, nuestros actuales gobernantes tienen por delante una larga vida política.

El único modo de romper tal círculo vicioso es la formación intelectual y la cultura política. Pero esta educación para la esfera pública tendremos que buscarla cada uno por nuestra cuenta —o trabajar para adquirirla en pequeños grupos más o menos clandestinos— porque lo que nos llegue por vía oficial y burocrática vendrá ya empapado del aroma de la sofística. Siempre se ha pensado que la clave para la educación de todo un pueblo es el bachillerato. Ahora bien, la confusa reforma de este ciclo escolar, tal como estos días se anuncia, no promete nada bueno ni desde el punto de vista de la enseñanza ni desde la perspectiva del civismo. Lamentablemente, la educación se está convirtiendo, cada día más, en adiestramiento y domesticación con creciente ausencia de aprendizaje de las ciencias teóricas y de las humanidades.

Como se trata de una perspectiva dilatada, de un largo camino por recorrer, deberíamos procurar entre tanto no acoger acríticamente las versiones convencionales de las ideas y los acontecimientos. El tópico, el lugar común, es la muerte en flor del pensamiento libre. Lo políticamente correcto nos acogota y empequeñece nuestra talla ciudadana. Sócrates pagó bien cara su disidencia respecto a los sofistas. Pero su conducta sigue iluminando nuestra civilización. Desconfiemos de los panfletos de autoayuda y de los bestsellers de divulgación. Busquemos la mejor calidad intelectual que seamos capaces de asimilar. El mercado laboral se afana por contratar talentos. Pero esa excelencia intelectual sólo la roza quien se decide a pensar por cuenta propia.

Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...