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sábado, 3 de febrero de 2007

Sam Brownback, un católico converso en carrera a la Casa Blanca


El voto cristiano, pro-familia y pro-valores, busca su candidato en EEUU, y Brownback cumple el perfil.


El senador de Kansas, el republicano Sam Brownback, se ha presentado para ser presidente de los Estados Unidos en 2008. Tiene 49 años, está casado y tiene cinco hijos, de los cuales los dos más pequeños son adoptados, un niño de Guatemala y una niña de China. Era evangélico hasta que hace cuatro años se convirtió al catolicismo. (Es una especie de "mini-boom": otros dirigentes republicanos conversos al catolicismo son Jeb Bush, gobernador de Florida, hermano del presidente Bush; y Bobby Jindal, hijo de emigrantes indios, senador por Lousiana desde 2004).
Los evangélicos no le guardan rencor: "Me encanta Sam Brownback", declaraba en USA TODAY el presidente de la comisión de ética y libertades religiosas de la Convención Baptista del Sur, Richard Land. "Es un gran hombre, y un gran senador. Si es un candidato creíble a la presidencia, es Sam quien tiene que demostrarlo". El Partido Republicano busca su candidato principal. La era Bush acaba. Hay líderes republicanos de renombre, pero no son pro-vida y pro-familia y el votante cristiano quiere firmeza en estos temas, que son eliminatorios. Rudy Giuliani, ex-alcalde de Nueva York o el actual gobernador de ese estado, George Pataki, no sirven fuera de esa capital. Apoyan los matrimonios gays y el aborto. Otros líderes que parecían prometedores, como el senador Bill Frist de Tennessee o el gobernador de Massachusetts, Mitt Romney, tampoco aparecen como de total confianza al votante cristiano.
Sam Brownback es poco conocido (en junio, 3 de cada 4 americanos no sabían quién era o qué pensar de él), pero es cristiano. Muy cristiano. Puede atraer a ese 78% de evangélicos blancos que votaron por Bush en el 2004. Puede atraer al voto católico. Tiene fama de conservador compasivo pero pragmático (como su plan de dar 9.000 dólares a parejas de bajos ingresos si se casan, para fortalecer el matrimonio). Y tiene una estrategia para emprender su camino –lejano, complicado– a la Casa Blanca.


La estrategia de Carter
Toda la carrera electoral a la Casa Blanca pasa por la conservadora Iowa, vecina al más conservador aún estado de Kansas, territorio de Bronwback. Un candidato que no sea pro-vida, pro-familia y pro-valores se estrellará en Iowa, y el efecto de "eco" le hará fracasar en las elecciones de otros Estados. En 1976 Jimmy Carter pasó de ser un semidesconocido a presidente de EEUU por haberse trabajado al electorado de Iowa. Allí tumbó el muy evangélico Pat Roberson a George Bush padre en 1988.
En Iowa y sitios similares, los grupos cristianos y pro-familia pueden ponerse de acuerdo para vetar la carrera de cualquier candidato que no sea de confianza. Además, grupos como Family Research Council, Focus on the Family, American Values, etc... han aprendido a pensar estratégicamente y unir esfuerzos.
"Los conservadores religiosos han aprendido a ser pragmáticos; quieren ser pragmáticos", explica a USA TODAY Michael Cromartie, líder de un programa de activación de los evangélicos en política en el Centro de Ética y Política Pública. "Pero también quieren ser puristas tanto como puedan", añade.

Los temas de Brownback
El senador de Kansas no sólo trabaja los temas de familia y vida. Una de sus últimas campañas consiste en animar a la industria y las finanzas norteamericanas a retirar sus fondos de compañías de Sudán que están implicadas con este gobierno en el genocidio de Darfur. Para dar ejemplo, la familia Brownback ha retirado su dinero de la compañía petrolera francesa Schlumberger y de la china Petrochina. El senador hace tiempo que insiste en la tragedia de Darfur: "han matado unas 400.000 personas y ha habido 2,2 millones de desplazados desde el 2003", recuerda en una carta a 44 gobernadores de estados.
La semana pasada acudió a la Marcha por la Vida que reunió en Washington a "decenas de miles de personas" (Washington Post). "Lo que siempre he defendido es que no debemos usar el dinero de los contribuyentes para financiar abortos. Punto. Ni en EEUU ni en el extranjero", declaraba a la web canadiense LifeSite.net. "El país se mueve en dirección pro-vida así que tenemos que movernos hacia allí", señaló. Efectivamente, en EEUU la población es cada vez más pro-vida: según una encuesta reciente de CBS News, sólo un 31% de los norteamericanos apoyan el aborto libre –lo que permite actualmente la ley–; el 30% lo permitirían sólo en casos de violación, incesto y para salvar la vida de la madre (caso que médicamente es inexistente hoy).
Brownback tiene un enfoque personal sobre el aborto. Su hija adoptada en Shantou, China, cuando tenía 20 meses, fue abandonada en un orfanato con una cicatriz en el estómago. Al parecer la madre la marcó para reconocerla quizá algún día en el futuro. En un país tan abortista como China "alguien luchó por ella, y por eso yo tengo una muchachita para dar un beso de buenas noches; alguien luchó por ella y por eso ella está viva", señala el candidato de Kansas.

lunes, 29 de enero de 2007

La sensación de desgana




Alfonso Aguiló

Abandonarse a los deseos y apetencias suele conducir al hombre a la desgana generalizada y acabar creando un grave problema para la vida sentimental.

—Supongo que también puede ser al revés, y que la desgana generalizada esté provocada por una crisis afectiva.

Por supuesto, ya que todos esos elementos influyen mucho unos sobre otros. Una tendencia al pesimismo, por ejemplo, o una sucesión de diversas frustraciones, puede producir una fuerte sensación de desgana. Y también al revés: una situación de desgana que no se aborda debidamente puede conducir a un sentimiento de frustración, pesimismo o abatimiento.

En torno a la sensación de desgana generalizada suele haber bastantes actitudes y comportamientos equivocados: excesiva autoindulgencia, escasa resistencia a la decepción, baja consideración de uno mismo, u otras razones que llevan a abordar mal los problemas afectivos y provocar un estilo de reacción sentimental autolesiva.

Consentir pasa factura

Una persona que sea, por ejemplo, demasiado condescendiente consigo misma acabará siendo dominada por su pereza, por su mal carácter, por su estómago, o por lo que sea, pero nunca conseguirá tomar verdaderamente las riendas de su vida.

Un estilo de vida excesivamente permisivo e indulgente con uno mismo es quizá una de las mayores hipotecas vitales que se pueden padecer.

Cuando se actúa así, pronto se advierte que la supuesta satisfacción que iban a producir todas esas blanduras y contemplaciones con uno mismo, son satisfacciones efímeras y vaporosas, y que –paradójicamente– llevan a una vida de mayor sufrimiento.


El peligro de la pereza

Cada vez que esa persona, en contra de lo que sabe que debe hacer, cede un poco más a las pretensiones que su pereza, su estómago o su mal carácter le presenten, se siente un poco más débil, un poco menos dueña de sí, un poco más a disgusto consigo misma y un poco más tentada a volcar después ese disgusto con los demás a la primera oportunidad.

Y como esa debilidad, si no se pone remedio, es una debilidad que se alimenta a sí misma y tiende a crecer cada día más, las perspectivas de futuro para quienes así viven son realmente desoladoras. Todo su horizonte vital será como una continua decepción, que se incrementa cada vez que comprueban que van quedando a merced de su propia debilidad.

Así se lo decía a su hija la protagonista de aquella novela de Susanna Tamaro: «Cada vez que, al crecer, tengas ganas de convertir las cosas equivocadas en cosas justas, recuerda que la primera revolución que hay que realizar es dentro de uno mismo, la primera y la más importante. Luchar por una idea sin tener una idea de uno mismo es una de las cosas más peligrosas que se pueden hacer.»

domingo, 21 de enero de 2007

Vídeo sobre Santa María de la Paz, iglesia prelaticia del Opus Dei

VIDEO EN INGLÉS: breve paseo por la Iglesia de Santa María de la Paz (Roma). Miles de personas acuden a rezar en ella ante los restos del Fundador, San Josemaría Escrivá.

LA ATROFIA AFECTIVA


Por Alfonso Aguiló

Como ha señalado Dietrich von Hildebrand, existen diversos tipos de personas en los que la afectividad está mermada o frustrada.


Unos son aquellos que parecen incapaces de desprenderse de su actitud intelectualista de todo lo que ven. Su espíritu observador les domina hasta tal punto, que todo se convierte inmediatamente para ellos en simple objeto de interés para su conocimiento, habitualmente como mero espectador. No suelen sentirse implicados. Por ejemplo, ante un hombre que sufre, en vez de sentir compasión o intentar ayudarle, se fijan en su expresión o su comportamiento, con una simple curiosidad, poco o nada comprometida. Les domina la actitud de observación, como si cada suceso que contemplan fuera sólo una nueva e interesante ocasión de aprender más.

Como es obvio, en la medida en que esta actitud cuaja en la vida de una persona, su corazón queda cada vez más reducido al silencio, más incapacitado para comprender que muchas de esas situaciones debían generar en él una respuesta afectiva (y a veces también una intervención activa). En su afán patológicamente intelectualista, no advierte que, además, al prescindir del corazón, acaba también obteniendo un conocimiento pobre y sesgado de la realidad.

Situaciones patológicas

Otro tipo de afectividad mutilada es la del hombre excesivamente pragmático que, en su actitud utilitarista, considera que toda experiencia afectiva suele ser superflua y constituye una pérdida de tiempo. Sólo lo útil le atrae. Sólo conoce la afectividad enérgica, como la ambición o la ira, pero desdeña todo lo que requiere un poco de sensibilidad, y le parece sentimentalismo cualquier manifestación de emotividad.

Un tercer estilo de atrofia afectiva sería el basado en una actitud voluntarista. Este empequeñecimiento de la esfera afectiva puede deberse a un modo un poco kantiano de entender la moralidad, que mira con recelo cualquier respuesta afectiva; o a un planteamiento semejante al ideal estoico de la lucha por la aphateia (indiferencia), que reclama también un silenciamiento de la afectividad; o al propio del hombre que, por temor a los desórdenes de los sentimientos, cierra su corazón en vez de procurar educarlo.
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El problema y su origen


—¿Y a qué puede deberse ese temor a la afectividad?

A experiencias negativas del pasado, a un ideal ético mal enfocado, a un exceso de prevención ante las razones del corazón, etc. De modo general, cabría decir que la solución no es sellar el corazón, ni ignorarlo, porque sin el corazón no se puede vivir: la solución es conocerlo y educarlo.

Además de esos tres estilos de atrofia afectiva (que podríamos llamar hipertrofia intelectual, pragmatismo utilitarista y actitud voluntarista), hay algunos otros estilos en los que esa carencia afectiva es especialmente severa. Por ejemplo, el estilo propio del hombre pasivo, que no consigue apasionarse con nada. O del hombre despiadado o duro de corazón, egoísta, casi incapaz de sentir verdadera compasión porque vive dominado por el orgullo y sus apetencias personales: a ese tipo de personas les cuesta mucho amar realmente, y aunque a veces se muestren apasionadas en ese sentido, suelen serlo de modo sólo aparente, y puede decirse que el verdadero amor es un mundo bastante desconocido para ellas, puesto que el amor requiere la donación del propio corazón, y el suyo no pueden ponerlo en nadie porque está poseído por unas fuerzas oscuras que lo tiranizan.

—¿Y a qué puede deberse esa falta de corazón?

A una educación tiznada de egoísmo o de indiferencia, o de falta de reflexión. O a una forma de pensar rígida y simple. También puede deberse a una mentalidad de carácter más o menos fanático, que les lleva a encaminarse hacia determinados objetivos sin reparar en la legitimidad de los medios que emplean.

Las riquezas del corazón

—¿Y qué tiene que ver el fanatismo con la educación del corazón?

El fanático considera la voz del corazón como una tentación a la que siempre debe resistir. Es parecido a los que sucede a las personas resentidas o amargadas, cuyo corazón ha sido acallado y cerrado por unas heridas que el rencor no deja curar.

—Pero tener mucho corazón a veces también traiciona...

Está claro que el hecho de tener mucho corazón no garantiza un nivel moral elevado, puesto que hay numerosos vicios y defectos que pueden coexistir con un gran corazón (hay gente de gran corazón que son alcohólicos, irascibles, mentirosos o poco honrados, por ejemplo).

Pero de modo general puede decirse
que la riqueza y la plenitud
de una persona
dependen en gran medida
de su capacidad afectiva.

Lo más propiamente humano es ser persona de corazón, pero sin dejar que éste nos tiranice: es decir, sin considerarlo la guía suprema de nuestra vida, sino haciendo que sea la inteligencia quien se encargue de educarlo. Educarlo para que nos lleve a apasionarnos con cosas grandes, con ideales por los que merezca la pena luchar. Es verdad que las pasiones hacen llorar y sufrir, pero no por eso han de ser algo negativo, porque ¿acaso se puede dar una buena clase, o sacar adelante un proyecto importante, o amar de verdad a otra persona, desde la indiferencia? Sin apasionamiento, ¿habrían existido los grandes hombres que han llenado de luz y de fuerza nuestra historia, nuestra literatura, nuestra cultura? Educar bien nuestras pasiones nos hace más humanos, más libres, más valiosos.

sábado, 20 de enero de 2007

También lo intentaron con el papa Wojtyla


El nombramiento y posterior dimisión de monseñor Wielgus y la sensación que ha causado la confesión de su colaboración con los servicios secretos polacos, me han hecho pensar en dos anécdotas que me ocurrieron hace algunos años.
JOAQUÍN NAVARRO-VALLS
EL PAÍS



Era el mes de junio de 1988 y me encontraba en Moscú junto al cardenal Casaroli, con motivo de la celebración del Millennium cristiano de Rusia. Habían pasado sólo tres años desde que Gorbachov llegara al poder, Wojtyla y su perestroika aún no era más que una hipótesis. A las 16.30, recibí una llamada en la habitación del hotel Sovietskaya, donde me alojaba. Al principio la voz empezó a hablarme en ruso, pero después, ante mi petición de pasar al inglés, oí que me respondía: "¡Niet!". Entonces le pedí que me hablara en francés, italiano o español, pero a cada una de mis propuestas la voz repetía: "¡Niet!". La conversación habría terminado allí si, en ese momento, no me hubiese pedido que hablara en latín. Yo respondí con cierto embarazo: "Intelligo". Él continuó diciendo: "Ego episcopus ucrainum sum" [Soy un obispo ucraniano].

Cuando todas las precauciones son pocas

Me dijo que se llamaba Ivan Markitis. Me explicó que había leído en Pravda un artículo sobre la presencia en Rusia de una delegación católica y que había viajado a Moscú desde Ucrania para reunirse con nosotros. Yo pensé que seguramente el KGB había grabado la llamada. Dos días después Gorbachov nos iba a recibir en el Kremlin, ocasión que fue la primera piedra del recorrido que condujo, un año más tarde, al histórico encuentro con Juan Pablo II en el Vaticano. Luego comprobé el nombre que la persona me había dado y vi que no correspondía a ningún obispo que conociéramos. En ese momento, después de haber reflexionado largo rato, decidí no reunirme con él. Pensé que nuestro encuentro habría supuesto su fin.

También en otra ocasión tuve una experiencia semejante. Era 1995 y yo estaba en Pekín para participar en la Conferencia Internacional sobre la Mujer, organizada por la ONU. En el Palacio de Congresos, donde tenía lugar la iniciativa, se me acercó una joven china, quizá fingiendo ser periodista, que hablaba un inglés muy rudimentario. Me dijo que era católica y que quería informarme de que tres obispos underground [clandestinos] habían sabido de nuestra presencia y querían vernos.

Expliqué a mi interlocutora que nosotros no tendríamos problemas para reunirnos con esos prelados, porque nos protegía el estatus diplomático, pero que esas personas habrían sido detenidas inmediatamente. También en aquella ocasión decidí no mantener ese encuentro.

Una peculiar presión sobre las personas

En definitiva, según he aprendido, también directamente, durante mis estancias en Polonia a principios de los años ochenta, hay que conocer bien la situación de esos mundos para situar los hechos en su justa perspectiva. En este sentido, los motivos que ha dado el nuevo obispo polaco sobre la posibilidad de estudiar en el exterior o de garantizar su propia seguridad personal describen una situación, una lógica, que en ese momento estaba muy difundida en los países del Este. Wielgus nunca habría podido obtener los visados para estudiar en la Universidad de Múnich si no hubiera aceptado el compromiso que le ofrecía el régimen. Y esta condición era común a muchos otros conciudadanos suyos, sacerdotes o no.

En esos países, la situación para muchos sacerdotes y obispos era muy difícil de llevar y muy fácil de explicar: se vivía en una tensión continua entre el heroísmo y el compromiso. Y no era una lucha en la que hubiera que decidir una vez por todas: la decisión debía renovarse al menos cada día y a menudo varias veces al día. Todo dependía del capricho ideológico del poder. Antes de 1957, muchos sacerdotes fueron torturados o desaparecían y eran asesinados. Después de 1957, primero con Gormulka y luego con Gierek, sólo se arriesgaban al ostracismo, la soledad impuesta, la prohibición sistemática de estudiar en cualquier universidad extranjera y la imposibilidad de tener un pasaporte de su propio país.

Porque no tenía nada que ofrecer ni que perder

La percepción de toda esta realidad estaba muy clara también para el hoy más famoso sacerdote de Polonia: Karol Wojtyla. Pero él nunca había aceptado ningún compromiso con el régimen comunista. Hay que decir que tenía una gran ayuda en su extrema pobreza, lo que le hacía inmune a cualquier chantaje: no tenía nada, no le podían ofrecer nada. No deseaba nada; por lo tanto, no se le podía chantajear. Él nunca accedió a implicarse, aunque conocía a fondo las dificultades que había que afrontar para sobrevivir en Polonia.

Se puede decir que, en el fondo, su comprensión de las dificultades del prójimo formaba parte de su profunda espiritualidad, de su profunda libertad y, finalmente, de su misma vida de fe. Su reacción frente a los hechos que veía era un ejemplo de su forma de ser y de su rica experiencia vital, muy comprensiva hacia los demás. "Hay que aprender a perdonar", me dijo una vez refiriéndose a estos hechos. Y lo decía él, que no necesitaba ningún perdón por las "culpas" de tantos en aquellos años. Y esta actitud para justificar algunas elecciones de esos años permaneció en él también cuando, años después, tuvo que ejercer el perdón en nombre de toda la Iglesia.

Pero él, ciertamente, había elegido otro camino. Wojtyla había vivido en el ecosistema de la mentira institucionalizada, desde el día de su ordenación como sacerdote hasta el de su elección como Papa. Todos los años de su formación y desarrollo de su personalidad habían tenido como humus este ambiente social y cultural. Creo que sólo las características de su persona han sido el verdadero motivo por el que Wojtyla eligió un camino distinto del de tantos otros.

Desde luego, tuvo que recurrir a pseudónimos para publicar sus poesías, sus obras de teatro y sus ensayos de antropología personalista, incluso para realizar su estrategia de enfrentamiento al régimen. Pero no recurrió al anonimato para esconderse o para aceptar subterfugios, sino para poner en práctica con mayor libertad su lucha, centrada en el sentido de la cultura, por la educación y los valores en los que creía, sin tener que exponer pública y oficialmente a la Iglesia a riesgos inútiles.

Ante todo lealtad a la Iglesia

Su elección "diplomática" fue en el fondo muy poco diplomática, aunque al final se vio coronada por el éxito, por ser portadora de una visión más rica en humanidad. En efecto, el profundo respeto que todos tuvieron a Juan Pablo II, también con ocasión de su muerte, estaba muy ligado a su carisma y a su peculiar forma de ser tan comprensivo hacia los demás, pero tan intransigente en las elecciones fundamentales. Esta actitud la entendían perfectamente también quienes no le amaban: infundía respeto y, al final, admiración. En aquellos años, el cardenal Wyszynski pedía sistemáticamente a los jóvenes sacerdotes que suscribieran un compromiso formal de lealtad hacia la Iglesia en Polonia. A Wojtyla no se lo pidió nunca y Wojtyla nunca formalizó compromisos de este tipo. No era necesario. Wyszynski lo sabía y lo sabían también todos los demás sacerdotes. Y lo sabía él mismo. Una vez le oí hablar, con un velo de ironía, sobre las veces en que le había convocado la policía y sobre los inevitables y frecuentes interrogatorios. Le preguntaban sobre su posición en política, en la sociedad, en la estructura del poder. Él no tenía prisa en sus respuestas. Y hablaba del hombre con una concepción personalista, citando a algunos de los pensadores contemporáneos, pero también la ética de Aristóteles, e incluso la política de Platón. Luego distinguía entre la ética de los valores en Max Scheler y los peligros de un solipsismo que se concretaba en el "reflexionar sobre la reflexión". Naturalmente, los funcionarios no entendían nada de esos largos monólogos. Al final le dejaban irse: "No es peligroso", anotaban en sus apuntes. "Y pensaban –me decía años después riendo– que algún día yo habría podido colaborar".

Porque vivía en la verdad

No es casualidad, por ejemplo, que Karol Wojtyla haya sido el único obispo polaco que obtuvo el pasaporte con el visado para participar en todas las sesiones del Concilio Vaticano II. Al principio, las autoridades polacas pensaban erróneamente que habría cedido y aceptado alguna forma de encuentro con el régimen, y se pasaría, si no a su bando, al menos a una parte gris e intermedia; es decir, a ese ámbito borroso que normalmente llamamos "tierra de nadie". Probablemente el aparato político había tenido en cuenta la habilidad diplomática y la grandeza de pensamiento del interlocutor, pero desde luego se le escapaba su visión del hombre y sobre todo su libertad espiritual.

Cada vez que se ponían en duda los valores fundamentales, ya no era el momento de discutir sino de afirmar la verdad. Cuando no existe libertad en el aire que se respira, pensaba, la única forma de sobrevivir consiste en no traicionar la verdad que se lleva dentro, porque en la defensa y la protección de la verdad interior está la única forma de libertad que es realmente esencial al ser humano. Wojtyla no sólo decía la verdad, sino que más bien vivía en la verdad: la verdad que el ecosistema totalitario de esos años ahogaba de forma sistemática con la mentira estructurada. Y al ser tan libre interiormente, nunca fue sometido a ninguna esclavitud, ni siquiera a esas formas de pequeña esclavitud que tan comunes eran a su alrededor para, como decían, poder seguir adelante. Escuchando sus narraciones de aquellos años, se tenía la evidencia de la extraordinaria elegancia con la que había llevado el peso que de una u otra forma todos soportamos: el peso de ser hombres. El valor y la coherencia hasta el heroísmo, como todos sabemos, son virtudes, y no todos disponen fácilmente de ellas.

Por esto, y sobre todo por ese "hay que aprender a perdonar" que más de una vez escuché a Juan Pablo II al referirse a aquellos años, creo que la mayor dificultad consiste no en juzgar –empresa siempre arriesgada– sino en comprender. O al menos en intentar comprender. Lo que no excluye la admiración y quizá también la gratitud hacia quienes, en la ambivalencia entre la comprensión y el heroísmo, han elegido el camino de la verdad.

Joaquín Navarro-Valls fue director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede desde 1984 a 2006, 21 años de ellos bajo el Papado de Karol Wojtyla.

miércoles, 17 de enero de 2007

Gran Bretaña lanza un programa para formar mejor a los alumnos más brillantes



El Gobierno británico ha dado un nuevo paso que parece alejar el sistema educativo del país del principio igualitarista que lo ha inspirado durante las últimas décadas. La primera semana de enero ha comenzado en Gran Bretaña un plan para que los alumnos de primaria y secundaria más dotados reciban formación extraescolar adicional. Se trata de un sistema de cheques con el cual el 10% con mejores notas del alumnado de cada colegio tendrá la posibilidad de participar en cursos adicionales que mejoren la formación recibida en su centro.



Hasta ahora, sólo el 5% de los alumnos que lograban las mejores calificaciones en el examen nacional que se realiza a los 11 años recibían fondos de los programas para los mejor dotados. El hecho de que a partir de ahora se conceda al 10% de todos los colegios busca que este apoyo para los alumnos más brillantes sea igual con independencia de la escuela a la que cada uno acuda.

Con el plan actual, los alumnos de un 30% de escuelas británicas se quedaban fuera de estos programas de búsqueda de talentos. Y las investigaciones demuestran que la mayor parte de ese 5% procede de familias con buenos recursos, que se pueden permitir una formación adicional como la que el nuevo programa quiere ofrecer. Incluso el 20% de escuelas se verían excluidas de esos beneficios si se aumentase al 10% el número de alumnos beneficiados por el actual sistema.

"Nadie puede pretender que el 10% de los alumnos con mejores notas en la Grammar School para chicas de Kendrick es el mismo que el de la "comprehensive school" Lilian Baylis en Lambeth", dijo Tim Emmett, en palabras que recoge "The Daily Telegraph". "Pero habrá alumnos en Lambeth que tienen algo que necesita ser cultivado y alentado y es algo que en este momento no se está haciendo en muchas escuelas".

Emmett es el director de desarrollo del Centre for British Teachers (CfBT), la organización sin ánimo de lucro que ha ganado el concurso para gestionar el proyecto. El programa tendrá un presupuesto de 65 millones de libras (97 millones de euros) y se beneficiarán de él en torno a 800.000 alumnos. El Gobierno tiene previsto invertir más dinero, que saldrá de los 930 millones de libras (1.385 millones de euros) presupuestados para "aprendizaje personalizado".

El sistema consiste en cheques sin valor monetario que constan de 151 créditos con los cuales los alumnos podrán participar en cursos y planes de formación. Éstos serán ofrecidos por las instituciones con las que el CfBT llegue a acuerdos. Los alumnos, por ejemplo, podrán gastar 50 de los créditos en un curso vespertino "on line", 80 en un curso de mandarín las mañanas de los sábados o 100 en la plaza para una escuela de verano. La NASA misma proveerá cursos y programas educativos sobre ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas.

El proyecto ha sido criticado por una de los principales sindicatos de profesores, la National Association of Schoolmasters Union of Women Teachers (NASUWT), por considerarlo elitista. Duda que la medida eleve los niveles educativos.

La medida puede provocar también controversias entre los laboristas que se oponen a la idea de que los alumnos sean como consumidores de un mercado educativo. Los medios británicos han relacionado el lanzamiento de esta medida con el plan propuesto recientemente por la oposición conservadora de dar a los padres un cheque escolar universal de 5.000 libras anuales (7.500 euros) para destinarlo a la matrícula de la escuela que deseen, sea pública o privada.

La medida llega en un momento en el que los debates sobre el nivel del sistema educativo son constantes. Se han levantado voces de alarma desde las universidades por las claras sospechas de que se está rebajando la exigencia en la enseñanza secundaria, puesto que el número de alumnos con la máxima calificación para acceder a la enseñanza universitaria es mayor que hace unos años (aproximadamente del 12% al 19% en diez años, según datos publicados por "The Times" en junio de 2006), y sin embargo existe la difundida convicción de que el nivel educativo no es mejor, ya que el sistema "comprensivo" perjudica a los mejor dotados.

miércoles, 10 de enero de 2007

¿Por qué Hollywood promueve la causa gay?


Hollywood, presión tras las cámaras.

Primero, insensibilizar. Segundo, insistir en que los gays son víctimas. Y tercero, satanizar a los defensores de la familia.

Michael Medved

Es fácil notar que en los medios de comunicación, en especial cine y televisión, últimamente abundan los personajes y tramas homosexuales. No es necesario suponer una especie de conspiración. Tan sólo, el movimiento gay está librando con energía una batalla de opinión pública.

Quisiera abordar tres cuestiones fundamentales con respecto a los medios de comunicación, en especial el cine y la televisión, y su modo de tratar el tema de los homosexuales y la homosexualidad.


La primera cuestión es si los mensajes negativos contra la familia que muchos observadores detectan en los medios se deben, sobre todo o en gran medida, a la desproporcionada presencia de homosexuales en puestos de influencia en los mismos medios.

Tras la publicación de recientes biografías, resulta bastante claro que el gran actor, cómico y cantante Danny Kaye era bisexual. Tuvo diversas relaciones y murió de SIDA, enfermedad que contrajo, al parecer, a causa de una transfusión sanguínea. El hecho de que Danny Kaye fuese bisexual no constituye para mí, de ninguna manera, un motivo para privar a mis hijos de que disfruten con sus estupendas películas. Lo mismo ocurre en el caso de Howard Ashman, que también murió de SIDA y era un homosexual declarado: fue uno de los creadores más destacados de La Bella y la Bestia (Beauty and the Beast), en mi opinión una de las mejores películas infantiles de los últimos tiempos.

Sería injusto, impropio y engañoso culpar a los gays de las películas repugnantes que produce Hollywood. Los que las hacen son, en su gran mayoría, heterosexuales acérrimos.

PRESIÓN MÁS QUE PRESENCIA

El problema en Hollywood no es la presencia gay, sino la presión gay. Y esa presión es ejercida, en buena medida, por gente ajena a la industria cinematográfica.

Yo mismo experimenté esa presión social en abril de 1992, cuando cubrí la entrega de los premios Oscar. Era el año de mayor saturación del omnipresente lazo rojo del SIDA, que todo el mundo estaba obligado a llevar.

Un productor me puso el lazo del SIDA en la solapa. Le dije: «no voy a llevar el lazo del SIDA». Él contestó: «¿es que eres un intolerante que odias a los gays y quieres que se mueran todos?». Le repliqué: «de ninguna manera. Sin embargo, recientemente mi abuela ha fallecido de Alzheimer, y tengo muy presente que las víctimas del Alzheimer son muchas más. Si existiese un lazo del Alzheimer, yo lo llevaría; pero me opongo a que me obliguen a llevar éste».

Después, fue una satisfacción para mí ver que hubo otra persona, Clint Eastwood, que esa noche subió al estrado sin el lazo del SIDA. De todos modos, al final tuve que oír la histérica reprimenda de «usted no volverá a trabajar en esta ciudad». Y ese fue, de hecho, el último año que cubrí la entrega del Oscar en directo; pero, pese a las amenazas e imprecaciones, aparecí ante las cámaras sin llevar el lazo del SIDA.

Aquella misma noche, mientras llegaban los invitados a la ceremonia, a las puertas se manifestaba un grupo muy numeroso de indignados gays. Uno de los blancos de su protesta era Jonathan Demme, que ganó la estatuilla al mejor director por El silencio de los inocentes (The Silence of the Lambs). Portaban pancartas y coreaban lemas contra Demme por su falta de sensibilidad y su odio hacia los gays. La consecuencia de esa repulsa fue una película llamada Philadelphia. Este film sirvió para congraciar por completo a Jonathan Demme con la comunidad gay.

Ahora bien, ¿por qué hizo esa película? ¿Creyó acaso que la comunidad gay del país, verdaderamente minúscula, podía acabar con su carrera? No: acababa de ganar un Oscar. Pero se convenció de que tenía que ofrecer un sincero gesto de arrepentimiento, una sincera demostración de que no era un intolerante. Por eso hizo Philadelphia.

Toda esa compleja combinación de expectativas, críticas y manifestaciones provocó que un cineasta heterosexual hiciera Philadelphia, e hizo que unos productores heterosexuales se avinieran a promover algunas de las demandas y objetivos fundamentales del programa gay. No fue por la orientación sexual, sino por la presión social.

¿POR MOTIVOS COMERCIALES?

Esto nos lleva a la segunda cuestión que quiero examinar. ¿Se puede explicar la actual plétora de mensajes gays en los medios como una simple respuesta a la demanda del mercado? Una buena manera de comenzar la reflexión es considerar el caso de Philadelphia, pues, para muchos, se trataba de un proyecto muy difícil de vender, pero resultó ser un notable éxito de taquilla.

Creo que, en parte, el éxito se debió a que muchos americanos pensaron que ir a ver Philadelphia era algo así como una buena acción. Como si al verla y pagar la entrada, uno hiciera algo para afrontar la crisis del SIDA, que todos consideramos como un lamentable y doloroso problema.

Pero Philadelphia no es la única película reciente de tema gay que ha obtenido gran éxito de taquilla. Al menos, su éxito se puede explicar porque es un film bastante bueno. Sin embargo, hay una película totalmente penosa titulada A Wong Foo, ¡gracias por todo!, Julie Newmar, que es de verdad una de las peores películas que he visto en los últimos años, y he visto muchas.

Para mayor sorpresa, el film titulado La jaula de las locas (The Birdcage), protagonizado por Robin Williams y basado en el viejo musical francés La cage aux folles, llegó a convertirse en un gran éxito de taquilla.

Así que la gente de Hollywood podría alegar: «un momento; lo que estamos haciendo no es de ningún modo plegarnos a un determinado grupo o a unos intereses concretos. Simplemente es una respuesta inteligente a lo que pide el mercado. Existe un público para este material, de modo que lo producimos: ¿no es así?».

No, no es así. Porque las películas que he citado son excepciones bastante raras entre las producciones de tema gay. La mayor parte de ellas reciben un contundente rechazo por parte del público, que parece no tener el menor interés por tales películas.

DESCALABROS EN TAQUILLA

Las películas que he mencionado pueden abonar la tesis de que «lo gay es rentable». Pero están otras como ¡Con plumas y a lo loco!, que trata de ocho gays que un verano pasan juntos tres fines de semana en un bosque, junto a un lago. Comparan sus dolencias y, sobre todo, hablan en tono mordaz pero bastante deprimente de sus problemas y dificultades, y de su medicación contra el SIDA.
Cuando se estrenó la película, obtuvo magníficas críticas en toda la prensa, excepto en el New York Post, donde la reseñé. Me pareció realmente aburrida, pretenciosa y casi insoportable. Es la adaptación de una obra de teatro galardonada con el premio Tony. En cualquier caso: la película se estrenó y hubo poco menos que obligar a la gente para que fuera a verla. No tuvo apenas ingresos de taquilla.

Lo mismo se puede decir de Priest, película sobre un sacerdote católico británico, derechista, que lleva una doble vida. Los viernes por la noche se viste de cuero negro y va a bares gays y alterna con jovencitos, lo que da pie a escenas de sexo muy explícitas.

La película se estrenó con mucho bombo, porque es profundamente anticatólica: no sólo por mostrar a un sacerdote gay, sino también por el modo de presentar la Iglesia y sus enseñanzas en general.

Pude hablar con propietarios de cines, que tenían que exhibir la película porque así lo exigían sus contratos con la distribuidora, y puedo asegurar que en varios lugares del país hubo sesiones sin otro espectador que el proyeccionista, y eso porque él estaba contratado y tenía que pasar la película aunque no hubiese un alma en la sala. Ese film no fue un gran éxito de taquilla.

Quien diga que tales producciones responden a la realidad social o a un fenómeno de taquilla, simplemente no sabe de lo que habla. Porque, con franqueza, si uno quiere ante todo ganar dinero, hay mejores maneras que tratar temas gays. Para los anunciantes, es un asunto delicado.

La serie Ellen, en que la protagonista revela que es homosexual, perdió cientos de miles de dólares en publicidad de Chrysler, J.C. Penney, Wrigley y de otras empresas patrocinadoras, que prefirieron no mezclarse con el programa. La propia ABC, cadena emisora, reconoció que con Treinta y tantos (Thirty-something) —tal vez recuerden que tenía una breve escena de cama con dos gays— había perdido más de un millón de dólares en publicidad sólo en esa noche.
Sería muy equivocado decir que la abundancia de personajes y temas gays en los medios norteamericanos responde a la demanda del público.

INSENSIBILIZAR AL PÚBLICO

Llegamos así a la última pregunta. Si no se debe a la orientación homosexual de la gente de Hollywood ni al simple deseo de ganar dinero, ¿por qué este repentino y tremendo auge de temas y personajes gays, casi siempre, por cierto, presentados de modo muy positivo? ¿Existen, de hecho, algunos mensajes y valores sistemáticamente transmitidos por los medios de comunicación en Estados Unidos, y que están influyendo en el público en general?

A propósito de esto, me parece muy significativo un artículo que apareció en una revista gay, llamada Christopher Street, en diciembre de 1984. Refleja con gran exactitud lo que ha ocurrido en los medios norteamericanos. El artículo se titula «Waging Peace: a Gay Battle Plan to Persuade Straight America». Los autores son dos dirigentes del movimiento gay, Marshall K. Kirk y Erastes Pill.

En una parte del artículo, los autores dan seis principios para persuadir a los heterosexuales. Podemos reducirlos a tres objetivos básicos. Primero, insensibilizar y normalizar. Segundo, insistir en que los gays son víctimas. Y tercero, satanizar a los defensores de la familia.

He aquí, en concreto, lo que proponen: «creemos que lo primero es insensibilizar al público con respecto a los gays y sus derechos. Insensibilizar al público es ayudarle a ver la homosexualidad con indiferencia, y no ya con apasionamiento.
»Casi cualquier comportamiento empieza a parecer normal si se satura al público. El modo de entumecer la sensibilidad espontánea hacia la homosexualidad es que haya mucha gente que hable mucho sobre el tema en términos neutrales o favorables. Que se hable del tema continuamente da la impresión de que la opinión pública, al menos, está dividida, y de que un sector considerable admite o aun practica la homosexualidad. Incluso los enconados debates entre detractores y defensores sirven para insensibilizar, siempre que salgan a la palestra gays "respetables" que hablen a favor. Lo principal es hablar de lo gay hasta que el tema llegue a resultar tremendamente aburrido».

LOS GAYS COMO VÍCTIMAS

Respecto a este primer punto, yo diría: «misión cumplida». La premonición y exactitud de esta descripción del programa gay es absolutamente extraordinaria. Los autores prosiguen:

«Dónde hablamos tiene su importancia. Los medios audiovisuales, el cine y la televisión, son claramente los más poderosos creadores de imagen en la civilización occidental. El hogar medio norteamericano consume siete horas diarias de televisión. Esto abre un portillo en el mundo privado de los heterosexuales, por el que se puede introducir un caballo de Troya.

»En lo que toca a quitar sensibilidad, el medio es el mensaje de la normalidad. Hasta ahora, el Hollywood gay ha resultado ser nuestra mejor arma secreta en la batalla por insensibilizar a la mayoría. Poco a poco, en los diez últimos años, se han ido introduciendo personajes y temas gays en los programas de televisión y en las películas. Ha sido, en conjunto, un proceso alentador».

Recordemos que esto se escribió en 1984. A continuación, los autores hablan sobre sus oponentes: «podemos minar la autoridad moral de las iglesias homofóbicas presentándolas como retrógradas y anticuadas, desfasadas con los tiempos y los últimos descubrimientos de la psicología. Frente al enorme empuje de la religión institucional, hay que oponer el poder de atracción, aun mayor, de la ciencia y la opinión pública. Semejante no-santa alianza ha demostrado ser una buena arma contra las Iglesias en temas como el divorcio o el aborto. Si se habla abiertamente y en dosis suficientes de la prevalencia y respetabilidad de la homosexualidad, esa alianza puede volver a funcionar».

Después, los autores nos llevan al segundo punto: «hay que presentar a los gays como víctimas y no como revolucionarios agresivos. En toda campaña para ganarse al público, los gays deben aparecer como víctimas necesitadas de amparo, para que los heterosexuales se sientan espontáneamente inclinados a adoptar el papel de protectores.

»Si, por el contrario, se presenta a los gays como un grupo fuerte y orgulloso que promueve un estilo de vida rígidamente inconformista y desviado, entonces será más fácil que sean vistos como una amenaza pública, a la que estaría justificado resistir y reprimir. Por eso debemos vencer la tentación de hacer alarde público de nuestro "orgullo gay" cuando esto entre en conflicto con la imagen del gay como víctima».

SATANIZAR AL OPONENTE

Entonces los autores abordan el último punto. Han hablado de entumecer la sensibilidad y de normalizar; luego, de presentar a los gays como víctimas; finalmente, hablan de cómo satanizar a sus oponentes.

«En una fase posterior de la campaña por los derechos de los gays, habrá que arremeter contra los que todavía se opongan. Hablando claro: hay que vilipendiarlos. Aquí nuestro objetivo es doble.

»Primero, hemos de procurar cambiar su arrogancia en sentimiento de vergüenza y de culpa por ser homófobos. Segundo, hay que mostrar al público imágenes de homófobos acérrimos que tengan otros rasgos y creencias desagradables para el americano medio. Entre tales imágenes podrían estar: el Klu Klux Klan pidiendo que se queme vivos a los gays o se los castre; pastores fanáticos del sur que babean de odio histérico hasta el punto de que parezcan cómicos y trastornados; punkies, matones y criminales que hablen en tono amenazador y descarado de los «maricas» que han matado o les gustaría matar; un recorrido por los campos nazis donde se torturaba y gaseaba a homosexuales».

Yo diría que los efectos han sido devastadores. Al ver el plan de batalla tan brillantemente trazado en este artículo, ¿quién pondría en duda que parte del problema, en ésta que algunos han llamado guerra cultural, consiste en que un bando está preparado, organizado y firmemente decidido, mientras que el otro bando no está más que empezando a despabilarse poco a poco?

A FAVOR DE LA FAMILIA

¿Qué hemos de hacer? Hemos de responder con el mismo esfuerzo coordinado y deliberado que han empleado los radicales del movimiento gay. Ellos han insistido en insensibilizar y normalizar, en presentar a los gays como víctimas y en satanizar a los oponentes.

Lo que debemos hacer es renormalizar la vida familiar. La lección más importante —de una importancia crucial— es que no llegaremos a ninguna parte si este conflicto se plantea entre defensores y detractores de la homosexualidad. Porque, en ese caso, resulta muy difícil convencer de que no somos simplemente gente hostil, intolerante y antipática.

Nosotros no debemos definirnos como anti-gays, sino como pro-matrimonio, y ésta es una diferencia esencial. Porque yo soy una de esas personas que creen que la homosexualidad es una amenaza contra la familia, el matrimonio y nuestro concepto de la eminente santidad de la unión monógama, perpetua y sagrada entre hombre y mujer. Éste es un criterio primordial que hemos de sostener.
Pero seamos claros: la mayor amenaza contra la familia no viene de la comunidad gay. Viene de la infidelidad, del divorcio, de todas las tentaciones que temen y padecen los heterosexuales en una cultura hedonista. Nuestra respuesta no debería ir específicamente dirigida a los homosexuales o a las cuestiones homosexuales, sino a la necesidad de dignificar, santificar y defender la familia y la institución del matrimonio.

En el segundo aspecto, el de la victimización, tenemos que mostrar cómo se victimiza a la familia. Tenemos que hacer ver cómo se ataca a los padres que intentan defender la inocencia de sus hijos: no sólo en los medios de comunicación, sino también en los colegios, por parte de un Estado cada vez más hostil, y por grupos que promueven todo tipo de libertad de expresión, excepto la de afirmar que el matrimonio heterosexual y monógamo es, sin comparación, algo valioso e importante, por lo que merece la pena luchar.

DESTACAR LO POSITIVO

La tercera parte de la estrategia gay, la de satanizar, es la única que no debemos adoptar. No necesitamos satanizar a nadie. Nuestra táctica no debe basarse en la satanización, sino en el amor y la compasión, y ha de destacar lo positivo, en vez de arremeter contra lo negativo de aquellos con quienes estamos en desacuerdo o caricaturizarlos grotescamente. Es una tentación que especialmente las personas de conciencia y de fe deben rechazar de plano.

¿Podemos ganar en esta controversia? Podemos; más aún: debemos. Por el bien de nuestra fe, por el bien de nuestras familias y por el bien de nuestra civilización. Y, sobre todo, por nuestros hijos y nietos, y por su futuro.

Nadie puede llamar bien al mal.

La Iglesia recuerda, con la luz de Dios, que el hombre puede reconocer verdaderamente el bien y el mal. Nunca puede llamar bien al mal, si n...