La ideología de género se propone deconstruir la especificidad del hombre y de la mujer, suprimir las diferencias antropológicas. Pone todo su empeño en fabricar una nueva cultura mundial unisex, sin masculinidad, sin feminidad, que permita el advenimiento de una nueva era humana. Pero en un mundo en el que todo lo produce el hombre ya no queda nada humano. Nuestro planeta amenaza con parecerse a esas zonas industriales en las que no queda espacio para la naturaleza y se vuelven inhumanas.
¡El absurdo y la perversión de nuestros propios inventos deberían hacernos sentir vértigo!
En África ciertas organizaciones internacionales como la Fundación Bill y Melinda Gates, la International Parenthood Federation (IPPF) y sus asociaciones afiliadas invierten ingentes sumas de dinero en la difusión de esta ideología. No tienen reparo alguno en presionar a los gobiernos y a la población. Respaldados por su poder financiero y sus convicciones sectarias, exhiben una forma nueva de colonialismo ideológico. Con una energía descontrolada, sus militantes actúan sin respeto alguno hacia los pueblos. La conducta que muestran a veces es la de cruzados dominadores y desdeñosos con aquellos a quienes consideran atrasados.
No me da miedo afirmar que los pobres de África, de Asia o de Suramérica son mucho más civilizados que esos occidentales que sueñan con fabricar un hombre nuevo a su medida. ¿Serán los más pobres los últimos defensores de la naturaleza humana? Desde aquí quiero rendirles un homenaje.
Todos vosotros, los que a ojos de los hombres carecéis de poder y de influencia; todos los que, en lo más íntimo de vosotros, sabéis lo que es ser humano, ¡no temáis a los que quieren intimidaros!
Pasaje de: Cardenal Robert Sarah. “Se hace tarde y anochece”. Apple Books. Sarah. “Se hace tarde y anochece”. Apple Books.
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miércoles, 30 de octubre de 2019
viernes, 25 de octubre de 2019
Miedo en el clero.
“Creo que el verdadero origen de la crisis de la teología moral es el miedo que se ha apoderado del corazón del clero. Nos da miedo que nos tomen por crueles inquisidores. No queremos ser impopulares a los ojos del mundo. No obstante, como nos recordaba Pablo VI, que vivió esta experiencia con motivo de la contracepción, «no menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente hacia las almas» (Humanae vitae, 29).
Queridos hermanos míos sacerdotes: ¡anunciar la Buena Nueva del Evangelio es nuestro deber de padres, de guías y de pastores! Los silencios, las incertidumbres o las ambigüedades por nuestra parte traen como consecuencia el eclipse de la verdad humana y cristiana, la privación de esa verdad a los fieles más sencillos. Por amor pastoral hacia ellos, por celo misionero, por generosidad en la evangelización, no tengáis miedo de predicar y anunciar esta Buena Nueva. Pablo VI nos dejó un buen ejemplo de caridad pastoral: ¡no temamos imitarle! Nuestro silencio sería cómplice y culpable.”
Pasaje de
Se hace tarde y anochece
Cardenal Robert Sarah
Queridos hermanos míos sacerdotes: ¡anunciar la Buena Nueva del Evangelio es nuestro deber de padres, de guías y de pastores! Los silencios, las incertidumbres o las ambigüedades por nuestra parte traen como consecuencia el eclipse de la verdad humana y cristiana, la privación de esa verdad a los fieles más sencillos. Por amor pastoral hacia ellos, por celo misionero, por generosidad en la evangelización, no tengáis miedo de predicar y anunciar esta Buena Nueva. Pablo VI nos dejó un buen ejemplo de caridad pastoral: ¡no temamos imitarle! Nuestro silencio sería cómplice y culpable.”
Pasaje de
Se hace tarde y anochece
Cardenal Robert Sarah
domingo, 20 de octubre de 2019
viernes, 18 de octubre de 2019
La influencia de John Henry Newman
- Escrito por Juan Luis Lorda

John Henry Newman, ese gran cristiano inglés, ha sido un claro fermento de renovación de la teología católica en el siglo XX, especialmente en los temas de Teología Fundamental
¿Qué es lo más importante de Newman?, me preguntó un alumno después de haberme oído alabarle con entusiasmo y confesarme que no sabía nada de él. Y me salió contestarle: “Que es un converso”. Y me parece una buena definición, aunque necesita matices.
Newman es un converso en dos sentidos.
Primero, porque su vida fue una vida de constante conversión, a la búsqueda de la verdad que es Dios: esa verdad, esa luz, como le gustaría definirla, le va conduciendo desde niño y le decide a rezar, a servir al Señor, a ser célibe, a ser ministro anglicano, a intentar renovar la formación de los estudiantes en los colleges de Oxford y también a revitalizar la Iglesia de Inglaterra, ahondando en sus raíces: los Padres de la Iglesia y los primeros concilios.
También es converso porque esa búsqueda le llevó a incorporarse a la Iglesia católica (1845). Hoy, por sensibilidad ecuménica, pero también por precisión teológica, no se suelen llamar conversiones a estos pasos. Se habla de alcanzar la plena comunión u otra expresión equivalente. Y está bien.
El mismo Newman estaba muy reconocido a la verdad cristiana que había aprendido y vivido en la Iglesia anglicana, aunque también estaba completamente seguro del paso que había dado. Lo había hecho tras un largo proceso de reflexión, con una clara obediencia a su conciencia y con toda pureza de intención, teniendo en cuenta los claros inconvenientes que esa conversión supondría para su situación personal y para su futuro. Tendría que abandonar su estilo de vida universitario, que amaba mucho, todos sus logros y aspiraciones académicas, y muchas de sus amistades en Oxford. Y lo hizo sin ninguna garantía sobre su futuro. Además de converso, fue un valiente.
Teología y vida
Que su reflexión esté tan marcadamente unida a su vida le da un valor teológico singular. Por eso, los grandes temas teológicos de Newman tienen tanta fuerza: su idea de lo que es la fe y en qué tipo de razones se basa, de la relación entre fe y razón, del papel de la conciencia, de la legitimidad histórica y vital de la Iglesia, del valor de la doctrina de la Iglesia y de sus desarrollos, de la formación cristiana y del papel de la teología entre los saberes universitarios. Lo que quizá en otros autores está sacado solo de libros, en él ha pasado por su vida. Aunque, ciertamente, por una vida donde el estudio ─la búsqueda de la verdad─ ha ocupado un lugar muy relevante.
Por eso, el libro más importante de Newman, es un libro en cierto modo circunstancial: la Apología pro vita sua, surgido de la necesidad de demostrar que había sido cristiana e intelectualmente honesto cuando había decidido incorporarse a la Iglesia católica. Su itinerario espiritual, magníficamente narrado, tiene un valor extraordinario para todos los temas que tienen que ver con la fe, la conciencia y la credibilidad a la Iglesia. Cabe situarlo, sin ninguna exageración, en la estela de las Confesiones de san Agustín.
A pesar de la relativa dificultad de seguir con precisión el hilo, o la madeja, de sus influencias, no cabe duda que ha repercutido en muchos temas de Teología Fundamental, de Eclesiología y de Apologética, en un sentido amplio, al situar la fe cristiana ante las necesidades más íntimas de las personas, pero también en el conjunto de los saberes y ante las exigencias de credibilidad del mundo moderno.
Le movía un gran amor a la verdad y la gran pena de ver cómo sus contemporáneos se alejaban de la fe y perdían sus raíces cristianas. Además, desarrolló un intenso apostolado personal, al mismo tiempo respetuoso y auténtico. Estaba convencido de ese camino ─cor ad cor loquitur (el corazón habla al corazón)─ y lo testimonian sus más de setenta mil cartas. Un tesoro en gran parte por descubrir, porque necesita mucha labor de traducción, presentación y contexto.
Y no fue solo un pensador. En primer lugar, fue el alma del movimiento de Oxford, que quería revitalizar la Iglesia anglicana; después, fundó el Oratorio en Inglaterra y sacó adelante las casas de Londres y Birmingham, donde también fundó y dirigió un colegio, con gran empeño. Y atendió, siendo católico, los diversos requerimientos del episcopado inglés, como una nueva traducción de la Biblia (que, al final se suspendió), o del irlandés, como la fundación de una Universidad católica; proyecto que daría lugar a su famoso ensayo sobre La idea de la Universidad, promovido por la Santa Sede, pero que tropezó con la reticencia (católica) local, hasta paralizar el proyecto. No todo fueron satisfacciones. Entrando en la ancianidad, y antes de ser nombrado cardenal (1879), se sentía más bien un fracasado.
Estilo intelectual
Hay otra razón que también conviene tener en cuenta al pensar en su influencia. Newman viene de un mundo mental muy distinto del catolicismo romano de su época, que está marcado por la tradición manualística (aunque más en Roma que en otros lugares). Por eso también renueva, porque ve las cosas con otra perspectiva y las dice de otra manera.
En las formas del trato, pero también en los usos intelectuales, Newman era un gentleman de Oxford. Aunque, por supuesto, no conectaba con los aspectos más pedantes o esnob que podía adquirir entonces esta figura. En ese sentido son interesantísimas las consideraciones que hace al final de La idea de la universidad, sobre las diferencias y las diversas exigencias entre un gentleman, con exquisita educación liberal, y un cristiano.
Pero claramente tiene una manera de pensar cultivada al estilo inglés. Está convencido de que todo lo que uno dice tiene que poderlo demostrar, y de que, por eso mismo, es de mal gusto hacer afirmaciones demasiado grandes. Es muy sensible a las exigencias intelectuales de la tradición inglesa, como la distinción de Hume entre matter of fact (cuestión de hecho, evidencia inmediata)y relations of ideas (deducciones necesarias), como las dos maneras fundamentales de probar algo. Su Gramática del asentimiento quiere defender la legitimidad de la fe en este contexto. En parte “ampliando la razón”, por decirlo con una frase que haría famosa Benedicto XVI.
Cuando en su Apología describe los muchos dones de su amigo Hurrel Froude, dice: “Poseía una aguda penetración de la verdad abstracta, pero era un inglés hasta la médula en su estricta adhesión a lo real y concreto”. Exactamente lo mismo que Newman. Estilo un tanto desconcertante para el gusto “continental”, que identifica pensar con manejar brillantes abstracciones.
Newman tiene delante el sector crítico liberal inglés, que conoce muy bien. Todo lo que dice, también sobre el cristianismo, tiene que poderse justificar también en esos foros. Eso le hace ser muy moderado y matizado, pero también muy preciso. Por eso, a veces pueden ser desafortunados los resúmenes demasiado rápidos sobre su doctrina. Hay que entenderle muy bien para resumirle bien.
Newman en el Catecismo y en el Concilio
En el Catecismo de la Iglesia Católica, se le cita en 4 ocasiones, lo que es significativo tratándose un autor no canonizado entonces. Y son citas emblemáticas: sobre la certeza de la fe (n. 157), sobre la conciencia y sus juicios (n. 1778, tomado de la famosa Carta al Duque de Norfolk), sobre la experiencia de lo sagrado (n. 2144) y sobre poner a Dios por encima de los bienes de este mundo (n. 1723), cita tomada de sus sermones pastorales.
Con ocasión del primer centenario de su muerte (1990), Pedro Langa hizo un pormenorizado estudio para la Revista Agustiniana, donde buscó en la documentación del Concilio Vaticano II todas las referencias que podía haber. Salen algunas, más bien dispersas. Con todo ya para entonces algunos de los temas de Newman eran doctrina común por lo menos entre los más entendidos. Su biógrafo Ian Ker, que antes hizo un trabajo sobre el papel de Newman en el Concilio Vaticano II (Newman on Vatican II), señala una influencia importante en Dignitatis humanae, que luego comentaremos, y en Lumen Gentium, la gran encíclica sobre la Iglesia. Se fija en particular en el papel de los laicos, y asegura que Newman habría visto con mucha alegría la renovación de la teología y las instituciones para laicos y movimientos laicales que se desarrollaron en la Iglesia del siglo XX.
Newman en la teología
Desde hace muchos años, y ya lo comentamos, está bien estudiada (por Nédoncelle y por otros) la influencia directa de Newman en la renovación de las ideas de revelación y de fe. Su Gramática del asentimiento ha quedado en este sentido como un referente. También está estudiada su influencia en Blondel y en De Lubac, en el cambio del planteamiento apologético y en algunos aspectos de eclesiología. Su ensayo sobre la justificación, cuando todavía era anglicano, y los posteriores matices, son también una aportación relevante, que ha sido estudiada, por ejemplo, por José Morales, uno de los mayores entendidos de habla castellana, biógrafo y editor de Newman.
Al haber reflexionado en un momento en que los gobiernos liberales ingleses quieren transformar la tradicional Iglesia anglicana, Newman tiene una concepción muy clara sobre la participación de los laicos en la vida pública. Y ha pensado mucho en la relación entre Iglesia y Estado.
Por su defensa de la conciencia, se le considera precursor del Decreto Dignitatis humanae, del Concilio Vaticano II, que, por una parte, defiende la obligación de la conciencia de buscar la verdad y, por otra, la necesidad de que en la vida pública exista el espacio necesario para que cada uno pueda hacerlo.
Esto, como es sabido, acabó con el viejo ideal cristiano de las naciones confesionales y provocó el cisma de Lefebvre, que creía ver un cambio ilegítimo en la doctrina de la Iglesia. En una famosa intervención ante la curia romana (22-XII-2005), el Papa Benedicto XVI, recién elegido, abordó este punto con enorme clarividencia. Distinguió entre lo que es reforma y ruptura en la interpretación del Concilio, y mostró cómo este cambio no era una ruptura, sino una evolución legítima y coherente de la doctrina.
Este concepto tan bien matizado de evolución en la doctrina debe mucho al pionero libro de Newman Ensayo sobre la evolución de las doctrinas cristianas, que compuso cuando quiso explicarse los cambios que separaban la Iglesia anglicana de la católica, para responder a las reclamaciones de los reformadores protestantes. Abrió un panorama en la cuestión y suscitó un amplio debate.
Recomendaciones de lectura
Sin duda, el mayor libro de Newman es su Apología pro vita sua. Es preferible leerlo en edición anotada (Encuentro) y mejor después de haber leído alguna biografía. En castellano, destacan la ya clásica de José Morales (Rialp) y la más reciente y amplia de Ian Ker (Palabra). La otra obra universal de Newman es la Idea de la universidad (o Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria), obra genial y siempre inspiradora para las tareas intelectuales y el papel del cristianismo entre los saberes. Se están editando sistemáticamente los sermones anglicanos y católicos, y también recopilaciones de cartas y diarios, además de la importante Carta al duque de Norfolk, que hemos mencionado. Son interesantes, aunque menos conocidas sus novelas Perder y ganar, autobiográfica, y Calixta, sobre los primeros cristianos y las persecuciones.
Las otras grandes obras son de carácter más especializado: Gramática del asentimiento, Via Media de la Iglesia anglicana, Los arrianos en el siglo IV¸ Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana… Con todo, hay que saber que la obra “menor” de Newman es inmensa y se puede consultar online en inglés en las páginas de Newman reader.
El trabajo de Víctor García Ruiz, gran traductor y estudioso de Newman, John Henry Newman. El viaje al mediterráneo de 1833 (Encuentro, 2018), recompone a base de cartas y diarios el viaje a Sicilia y su enfermedad allí. Y aparece aquella escena que se graba en cualquiera que haya leído su Apología. Creyéndose morir y con una fiebre que le hacía delirar, repetía: “No he pecado contra la luz”. Él asegura que no sabía por qué lo decía, pero el lector que ha llegado hasta allí, ya lo sabe: el joven Newman era fiel a la luz de Dios que le guiaba. Aprender a seguir personalmente la luz de la conciencia, y descubrir después el papel de la Iglesia para mantener viva esa luz en el mundo, son las mayores lecciones de este teólogo santo. n
Juan Luis Lorda
Fuente: revistapalabra.es
domingo, 13 de octubre de 2019
Fragmento del Discurso de Benedicto XVI al Parlamento alemán (2011)
En el primer Libro de los Reyes, se dice que Dios concedió al joven rey Salomón, con ocasión de su entronización, formular una petición. ¿Qué pedirá el joven soberano en este momento tan importante? ¿Éxito, riqueza, una larga vida, la eliminación de los enemigos? No pide nada de todo eso. En cambio, suplica: “Concede a tu siervo un corazón dócil, para que sepa juzgar a tu pueblo y distinguir entre el bien y mal” (1 R 3,9).
Con este relato, la Biblia quiere indicarnos lo que en definitiva debe ser importante para un político. Su criterio último, y la motivación para su trabajo como político, no debe ser el éxito y mucho menos el beneficio material. La política debe ser un compromiso por la justicia y crear así las condiciones básicas para la paz.
Naturalmente, un político buscará el éxito, sin el cual nunca tendría la posibilidad de una acción política efectiva. Pero el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho y a la comprensión del derecho. El éxito puede ser también una seducción y, de esta forma, abre la puerta a la desvirtuación del derecho, a la destrucción de la justicia. “Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue el Estado de una gran banda de bandidos?”, dijo en cierta ocasión San Agustín. Nosotros, los alemanes, sabemos por experiencia que estas palabras no son una mera quimera. Hemos experimentado cómo el poder se separó del derecho, se enfrentó contra él; cómo se pisoteó el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho; se transformó en una cuadrilla de bandidos muy bien organizada, que podía amenazar el mundo entero y llevarlo hasta el borde del abismo. Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político. (Benedicto XVI, 09-2011, Parlamento alemán)
martes, 8 de octubre de 2019
«La Iglesia es la única institución del mundo que defiende el amor para siempre»
Expertos en pastoral con novios se reúnen en Pamplona para reflexionar sobre cómo realizar una mejor preparación al matrimonio
Cada vez son menos los novios que deciden casarse por la Iglesia. Solo en los últimos diez años el número de matrimonios canónicos se ha reducido a menos de la mitad, pero «no es una crisis sociológica, es una crisis de esperanza. A los jóvenes les sigue atrayendo un amor para siempre, un amor respetuoso, hermoso y fiel. Pero nos encontramos con chavales que han caído en una especie de cinismo y lo dan por imposible. Sin embargo, la Iglesia es la única institución del mundo que defiende que sí es posible, porque el plan de Dios es ese. Entonces, la pastoral de la Iglesia tiene que ir encaminada a que la gente descubra que ese amor con el que sueñan se puede hacer realidad», explica Lucas Buch, coorganizador de las jornadas Acompañar a los jóvenes en el noviazgo, celebrado la semana pasada en la facultad de Teología de la Universidad de Navarra.
Durante las jornadas, en las que participaron agentes de pastoral familiar, párrocos, delegados de Familia y expertos en educación afectiva, se identificó el emotivismo actual como uno de los principales desafíos del acompañamiento a los novios: «es muy importante entender bien el papel de los afectos, porque hoy el joven es más bien emotivo y se deja llevar por la emoción, a lo que siente, sin pararse a reflexionar en otros elementos de la relación», explica Buch, para quien hoy existe «un analfabetismo afectivo», por el que «la gente no sabe decir qué le pasa, no sabe exactamente qué siente, o bien se identifica exclusivamente con la emoción. Eso lleva entonces a confundir el amor con la emoción y la atracción, y no se va más allá para conocer de verdad al otro».
Todo esto se desarrolla en una cultura ambiente «que bebe de mayo del 68» y que hoy se manifiesta en fenómenos como la pornografía, la disforia de género o el chem sex(uso de drogas para exprimir el placer sexual), pero una vez que se pasa esa barrera «los jóvenes agradecen mucho que se les explique cómo es el amor de verdad», dice el organizador de las jornadas.
Para Buch, es necesario «que se hable claramente del pecado y de la gracia que hace posible este amor que los jóvenes desean», porque no se trata de «un proyecto humano más», sino de algo «que nos supera y que se hace posible porque hemos descubierto el amor de Dios».
En el terreno concreto, durante el encuentro se compartieron experiencias concretas, como las Vacaciones en familia que organiza la diócesis de Getafe, en las que los jóvenes que participaron hace años demandaron más tarde un acompañamiento de novios, lo que luego dio lugar al acompañamiento de recién casados. «Se genera una comunidad que da vida a los jóvenes y les prepara para el amor para siempre, y además se les pide invitar a algún amigo más alejado, porque se trata de cuidar a los de cerca y atraer a los que están lejos«, dice Lucas Buch.
También salió a la luz la experiencia de las Conversaciones con novios, de la parroquia de Santa Eulalia, en Badajoz, un serie de siete conversaciones personales con cada pareja de novios, en una preparación al matrimonio personalizada que hace cercano el anuncio del Evangelio de la familia. O la Autoescuela para novios de las parroquias San Manuel González y Nuestra Señora de Fuente del Fresno, en Madrid, dos sesiones al año en las que los novios profundizan en aspectos de su relación.
«Tenemos que cuidar los grupos de familias y las actividades de familias cristianas», asegura Buch, así como una preparación al matrimonio similar al catecumenado en la que «los que están más alejados puedan recibir un anuncio casi kerigmático, casi desde cero», y desde ahí profundizar en asuntos como el respeto, la comunicación y el perdón, para sanar heridas y echar las raíces de su matrimonio», concluye Buch.
lunes, 7 de octubre de 2019
Dejar obrar a Dios
Artículo del cardenal Ratzinger, publicado en el diario L'Osservatore Romano el 6-X-2002, con ocasión de la canonización de Josemaría Escrivá.
Siempre me ha llamado la atención el sentido que Josemaría Escrivá daba al nombre Opus Dei; una interpretación que podríamos llamar biográfica y que permite entender al fundador en su fisonomía espiritual. Escrivá sabía que debía fundar algo, y a la vez estaba convencido de que ese algo no era obra suya: él no había inventado nada: sencillamente el Señor se había servido de él y, en consecuencia, aquello no era su obra, sino la Obra de Dios. Él era solamente un instrumento a través del cual Dios había actuado.
Al considerar esta actitud me vienen a la mente las palabras del Señor recogidas en el evangelio de San Juan 5,17: “Mi Padre obra siempre”. Son palabras pronunciadas por Jesús en el curso de una discusión con algunos especialistas de la religión que no querían reconocer que Dios puede trabajar en el día del sábado. Un debate todavía abierto y actual, en cierto modo, entre los hombres –también cristianos- de nuestro tiempo. Algunos piensan que Dios, después de la creación, se ha “retirado” y ya no muestra interés alguno por nuestros asuntos de cada día. Según este modo de pensar, Dios no podría intervenir en el tejido de nuestra vida cotidiana; sin embargo, las palabras de Jesucristo nos indican mas bien lo contrario. Un hombre abierto a la presencia de Dios se da cuenta de que Dios obra siempre y de que también actúa hoy; por eso debemos dejarle entrar y facilitarle que obre en nosotros. Es así como nacen las cosas que abren el futuro y renuevan la humanidad.
Todo esto nos ayuda a comprender por qué Josemaría Escrivá no se consideraba “fundador” de nada, y por qué se veía solamente como un hombre que quiere cumplir una voluntad de Dios, secundar esa acción, la obra –en efecto- de Dios. En este sentido, constituye para mí un mensaje de gran importancia el teocentrismo de Escrivá de Balaguer: está en coherencia con las palabras de Jesús esa confianza en que Dios no se ha retirado del mundo, porque está actuando constantemente; y en que a nosotros nos corresponde solamente ponernos a su disposición, estar disponibles, siendo capaces de responder a su llamada. Es un mensaje que ayuda también a superar lo que puede considerarse como la gran tentación de nuestro tiempo: la pretensión de pensar que después del big bang, Dios se ha retirado de la historia. La acción de Dios no “se ha parado” en el momento del big bang, sino que continúa en el curso del tiempo, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de los hombres.
El fundador de la Obra decía: yo no he inventado nada; es Otro quien lo ha hecho todo; yo he procurado estar disponible y servirle como instrumento. La palabra y toda la realidad que llamamos Opus Dei está profundamente ensamblada con la vida interior del Fundador, que aun procurando ser muy discreto en este punto, da a entender que permanecía en diálogo constante, en contacto real con Aquél que nos ha creado y obra por nosotros y con nosotros. De Moisés se dice en el libro del Éxodo (33,11) que Dios hablaba con él “cara a cara, como un amigo habla con un amigo”. Me parece que, si bien el velo de la discreción esconde algunas pequeñas señales, hay fundamento suficiente para poder aplicar muy bien a Josemaría Escrivá eso de “hablar como un amigo habla con un amigo”, que abre las puertas del mundo para que Dios pueda hacerse presente, obrar y transformar todo.
En esta perspectiva se comprende mejor qué significa santidad y vocación universal a la santidad. Conociendo un poco la historia de los santos, sabiendo que en los procesos de canonización se busca la virtud “heroica” podemos tener, casi inevitablemente, un concepto equivocado de la santidad porque tendemos a pensar: “esto no es para mí”; “yo no me siento capaz de practicar virtudes heroicas”; “es un ideal demasiado alto para mí”. En ese caso la santidad estaría reservada para algunos “grandes” de quienes vemos sus imágenes en los altares y que son muy diferentes a nosotros, normales pecadores. Esa sería una idea totalmente equivocada de la santidad, una concepción errónea que ha sido corregida – y esto me parece un punto central- precisamente por Josemaría Escrivá.
Virtud heroica no quiere decir que el santo sea una especie de “gimnasta” de la santidad, que realiza unos ejercicios inasequibles para las personas normales. Quiere decir, por el contrario, que en la vida de un hombre se revela la presencia de Dios, y queda más patente todo lo que el hombre no es capaz de hacer por sí mismo. Quizá, en el fondo, se trate de una cuestión terminológica, porque el adjetivo “heroico” ha sido con frecuencia mal interpretado. Virtud heroica no significa exactamente que uno hace cosas grandes por sí mismo, sino que en su vida aparecen realidades que no ha hecho él, porque él sólo ha estado disponible para dejar que Dios actuara. Con otras palabras, ser santo no es otra cosa que hablar con Dios como un amigo habla con el amigo. Esto es la santidad.
Ser santo no comporta ser superior a los demás; por el contrario, el santo puede ser muy débil, y contar con numerosos errores en su vida. La santidad es el contacto profundo con Dios: es hacerse amigo de Dios, dejar obrar al Otro, el Único que puede hacer realmente que este mundo sea bueno y feliz. Cuando Josemaría Escrivá habla de que todos los hombres estamos llamados a ser santos, me parece que en el fondo está refiriéndose a su personal experiencia, porque nunca hizo por sí mismo cosas increíbles, sino que se limitó a dejar obrar a Dios. Y por eso ha nacido una gran renovación, una fuerza de bien en el mundo, aunque permanezcan presentes todas las debilidades humanas.
Verdaderamente todos somos capaces, todos estamos llamados a abrirnos a esa amistad con Dios, a no soltarnos de sus manos, a no cansarnos de volver y retornar al Señor hablando con Él como se habla con un amigo sabiendo, con certeza, que el Señor es el verdadero amigo de todos, también de todos los que no son capaces de hacer por sí mismos cosas grandes.
Por todo esto he comprendido mejor la fisonomía del Opus Dei: la fuerte trabazón que existe entre una absoluta fidelidad a la gran tradición de la Iglesia, a su fe, con desarmante simplicidad, y la apertura incondicionada a todos los desafíos de este mundo, sea en el ámbito académico, en el del trabajo ordinario, en la economía, etc. Quien tiene esta vinculación con Dios, quien mantiene un coloquio ininterrumpido con Él, puede atreverse a responder a nuevos desafíos, y no tiene miedo; porque quien está en las manos de Dios, cae siempre en las manos de Dios. Es así como desaparece el miedo y nace la valentía de responder a los retos del mundo de hoy.
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