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domingo, 26 de marzo de 2017

Vocación

 25.03.2017 |Por Higinio Marín, "La Opinión", de Murcia.

Higinio Marín
Los únicos en el mundo que son realmente afortunados, decía Churchill, son los que disfrutan con su trabajo». Se trata, en efecto, de una exageración, pero que no distorsiona sino que acierta a señalar la importancia decisiva de la relación que tenemos con nuestro trabajo. De hecho, los sociólogos coinciden en señalar que se trata, junto con las relaciones familiares, del aspecto en el que más comúnmente ciframos nuestra identidad.
Sin embargo, encontrar el propio camino en la vida no es fácil. A veces porque no resulta interiormente clara la dirección a tomar, a veces porque los impedimentos que se enfrentan a nuestras preferencias son inamovibles, y a veces porque implican un esfuerzo que no se puede afrontar. Además no siempre lo que se desea con preferencia está al alcance de nuestra elección, y con frecuencia aunque haya diversas opciones, no sentimos por ninguna de ellas la suficiente predilección.
Y no obstante, buena parte de la vida nos va en acertar a preferir lo que realmente somos y a persistir en esa dirección, aunque también sea del todo preciso saber abandonar los espejismos de un yo preferido pero irreal. Distinguir entre lo uno y lo otro es más bien algo que nos pasa cuando ya se ha superado la dificultad, es decir, cuando la vida discurrida nos ha dado pruebas al respecto. Por eso la juventud es el periodo donde se concentran todas esas incertidumbres y desorientaciones.
Pero también es el tiempo de lo prometedor por excelencia. Y en ese atolladero de perplejidades puede sobrevenirnos un auxilio externo: la admiración que nos causa la perfección con la que alguien realiza su labor, o bien la fascinación sentida ante la encarnación que hace de una misión u oficio. Es el atractivo interior que nos suscita el desenvuelto dominio de alguien en su tarea, lo que acierta a descubrir nuestros gustos y nos pone sobre la pista de lo que quisiéramos ser. Si ese deslumbramiento se traduce en una sentida invitación a su emulación, el sujeto puede considerarse afortunado porque ha encontrado un maestro con el que hacerse aprendiz de un oficio.
Es cierto que todavía quedará por afrontar la incertidumbre principal, a saber, el alcance de la propia capacidad. Pero ese descubrimiento estará pendiente de que se ponga el suficiente empeño y abnegación para averiguar si esa emoción apunta a un quehacer cuya perfección se nos puede convertir en una pasión duradera. Una pasión cuya certificación la da el gusto y la inclinación a procurar incansablemente la perfección posible en lo que se hace.
Tener una vocación es poder decir aquello que la cocinera del cuento de Karen Blixen, El festín de Babette, le dijo a quienes preferían no dejarle preparar una cena por todo lo alto: «¡Dejadme que lo haga tan bien como soy capaz!». Aspirar y ser capaz de dicha perfección, al menos en cierta medida, es la confirmación de que entre esa tarea y nuestra persona hay una relación esencial, decisiva para nosotros y lo que somos.
Además, experimentar que el propio destino está asociado a la perfección en lo que se hace, suele inducir a poner un empeño que probablemente terminará por producir el reconocimiento ajeno. Y no me refiero solo ni principalmente al prestigio profesional que suele acompañar a quienes se dedican a algo con pasión, sino a un reconocimiento más elemental pero decisivo: los demás te llaman para que hagas lo que has aprendido a hacer llevado de una pasión por la perfección que seguramente desconocen. Y en realidad da igual que la desconozcan, porque cuando te llaman llevados de su necesidad te dejan volver a intentar hacerlo tan bien como sea posible.
De hecho, que otros nos llamen porque necesitan algo debería ser tomado como un indicio estimable del camino a tomar. Por algo ´vocación´ procede del latín vocare que significa ´llamar´, así que la vocación está tanto en aquello para lo que te llaman como en lo que te llama atrayendo tu interés. Y no siempre uno de esos aspectos tiene que preceder al otro, porque hay muchas personas que no tienen una vocación definida en la forma de una tarea específica, pero sienten la inevitable necesidad de tener algo que ofrecer a los demás, de ser útiles y estimables para ellos.
La verdadera tragedia del paro en nuestras sociedades no está en la imposibilidad de obtener un determinado nivel de renta, sino en la experiencia que se hace sentir al desocupado de que nadie espera que tenga nada que ofrecer de valor para los demás. Poder ofrecer algo valioso en donde los demás nos reconozcan es una necesidad esencial sin cuya experiencia nuestra dignidad queda desasistida. Incluso en el trabajo más oneroso y realizado por la más estricta necesidad, la búsqueda afanosa de la perfección por parte de quien lo hace, introduce un elemento de gratuidad, de ofrecimiento generoso, libérrimo y benigno para los demás, sin el que cualquier labor se vuelve un suplicio, por bien pagada y reputada que esté.
De ahí que el reconocimiento de la obra bien hecha y su alabanza formen parte esencial de un orden social justo, en el que a cada uno se le da lo que merece y con holgura. En España deberíamos ejercitar con peculiar constancia el hábito de alabar a quien lo merece para contrarrestar nuestra oscura afición a celebrar lo vergonzoso de los demás escarneciéndolo, por no hablar de los sinuosos pliegues de la envidia que niega lo valioso en el otro por el dolor de no tenerlo.
De hecho, lo que Caín envidió en Abel no fueron sus posesiones sino sus ofrendas, es decir, lo que tenía para ofrecer según una perfección interior que le hacía reconocible. Sin esa pasión por la perfección como un exceso libérrimamente procurado en lo que se hace por un decisivo interés interior, las sociedades y las civilizaciones languidecen entre chapuzas y una mediocre y triste melancolía de lo valioso. Me temo que las crisis económicas y sociales tienen mucho más que ver con la miseria cainita de quienes no tienen nada perfecto que ofrecer de lo que las teorías económicas son capaces de advertir.
Tener vocación es, pues, presentir el cumplimiento del propio destino mediante la perfección posible de lo que se hace convertida en ofrecimiento, en la gratuidad del exceso apasionado tras la perfección. Un rasgo lo delata: quien tiene la perfección como pasión de su oficio se cansa pero no se fatiga, pues ésta es la pena de los que recorren la vida sin descubrir qué ni quiénes les llaman.

¿Tú también tienes sueño?

Más del 80% de la población española padece algún tipo de trastorno del sueño en algún momento de su vida y hasta un 4% lo sufre de forma crónica. En concreto, el insomnio es el problema más frecuente que, en grados variables, afecta a más del 25% de la población española.
El especialista en Neurología de la Clínica Universidad de Navarra en Madrid, Javier Cabanyes Truffino, aborda este trastorno en su nuevo libro “Dormir y Soñar”, una obra que explica desde el concepto del sueño hasta sus fases, más trastornos y relación con la personalidad de cada individuo.
“Decidí escribir este libro porque el sueño ocupa más de 1/3 de nuestro día y de nuestras vidas, además de que las repercusiones en la salud y en la enfermedad son enormes. Además se trata de uno de los temas que más cuestiones plantea a la mayoría de mis pacientes”, asegura el neurólogo de la Clínica Universidad de Navarra.
Publicado por la editorial EUNSA, en sus páginas destaca la teoría de la siesta como beneficio o como perjuicio para la salud y una interpretación de las ensoñaciones o actividad onírica. Entre sus capítulos más extendidos, el autor hace referencia a los cuidados del sueño y los factores que influyen en este, como piscobiológicos, socioambientales, de temperatura, luminosidad o consumo de tabaco, entre otros. “Es de enorme importancia evitar el acúmulo de estrés y no solo eso, sino que debemos manejar métodos para liberar tensiones”, asegura el especialista.
Licenciado en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid, Javier Cabanyes Truffino se especializó en Neurología e imparte clases de Psicopatología. Tiene un doctorado por la Universidad Autónoma de Madrid y trabaja en la sede madrileña de la Clínica Universidad de Navarra.

Quién es ultra, quién es ultracatólico: ¿o todas las ideas no son libres en tiempos democráticos?

Por Javier Aranguren

Últimamente, y para mi sorpresa, aprendo nuevas palabras que al parecer todo el mundo usa con naturalidad. Una de ellas es tránsfobo: una fobia de la que nunca había oído hablar, palabra que mi ordenador subraya en rojo diciendo que no existe, y que resulta que es uno de los mayores males que hay aunque, según parece, se trate de un trastorno muy minoritario –no el de los trans, que es dogma que no se debe calificar de trastorno, sino el de los transfóbicos, que es dogma que sí–.

Se me ocurría, todo inocente, que si se trata de una fobia(esto es, de un miedo irracional e injustificado) no hay razón para lapidar públicamente a esos pobres tránsfobos, pues a fin de cuentas –dicen los ideólogos de género– nadie elige sus miedos, ni sus tendencias, ni sus inclinaciones (sexuales ni, supongo, morales): las siente y lo auténtico es aceptarlas. Me pregunto si ser tránsfobo-fobo no será tan grave –o tan inocuo– como ser solamente tránsfobo: puestos a temer, temer a los que temen a los trans debería ser tan malo (o bueno, o inocuo) como simplemente sentir un único nivel de fobia. Y si traducimos “fobia” no por “miedo” sino por “odio”, ¿no son entonces igualmente odiadores?, ¿no son entonces igualmente culpables de hacer algo inaceptable –odiar la inclinación de otros, aunque sea una inclinación presuntamente contraria a otra inclinación–?
Otro de los términos novedosos con los que me topo es el de ultracatólico. Digo novedoso porque al parecer representa a unos pocos católicos que se han vuelto majaretas y se han convertido en unos fanáticos peligrosísimos. La expresión ultra, no podemos negarlo, tiene siempre connotaciones ultranegativas, bien sea en forma de hinchadas violentas en los estadios de fútbol o de jóvenes nazis (¿o comunistas?) persiguiendo al disidente. Aunque a lo mejor ocurre que ultracatólico acaba siendo cualquier tipo/tipa que acepta el mensaje de la Iglesia (desde el Papa Francisco hasta la feligresa anciana del banco de delante que insiste en ir a Misa cada mañana).
Como siempre pasa con el lenguaje, lo necesario será definir la palabra antes de usarla. ¿Quién es un ultracatólico? ¿Alguien que se ha salido del tiesto de la Iglesia, o alguien que porque sigue la doctrina de la Iglesia no lo podemos soportar en nuestra sociedad abierta? (¿o deberíamos decir “cerrada” –a los que no son o piensan como “nosotros”–?).
Veamos un ejemplo para ver cómo se aplica esta etiqueta: en la maternidad subrogada, se trata de vender como normal el pago a mujeres para realizar la gestación de alguien del que tienen que renegar como hijo, y luego se pretende que sea normal afirmar que ese niño tiene dos papás, o un solo papá. Uno se niega a aceptar la normalidad de ambas conductas (la primera le recuerda radicalmente al comercio con seres humanos, la segunda es biológicamente insostenible). ¿Es eso ser ultracatólico? ¿La objetividad biológica es ideológica? ¡Caramba!
O se defiende que la adopción de niños debería ser prioritaria (y, por números de posibles adoptantes, exclusiva) de parejas heterosexuales, que además deberían ser estables –públicamente comprometidas a ser estables– porque lo que se defiende es el bien del niño. ¿Seré ultracatólico también en esto? Yo pensaba que tenía una cosa llamada sentido común, porque con ambas cuestiones también sería judío (¿ultra?), musulmán (¿ultra?, ¿yihadista?), budista (¿ultra?) o ateo (¿ultraateosuperateo?). La biología no depende de las creencias, sino de los hechos. Y el bien de los niños es el que es.
Resulta impresionante la agenda: se lanza una palabra que no se entiende, y se declara que apoyarla (a la palabra, y a todas las pretensiones de los que la usan) es lo mismo que militar en el “partido de la Verdad”. Se impone como pensamiento único (un nuevo dogma, una nueva inquisición, una nueva intolerancia) esa doctrina. Y quien se sale de la ortodoxia se convierte en el “mentiroso”, en el “odiador”, en el “fóbico”, en el “Otro”, en el “enemigo”. Y si los católicos no se adaptan a la nueva fe, deberán perder su cátedra, su profesión como educador, su palabra en los medios, su trabajo de médico o enfermera, o ir con los drag queens de Canarias, que al parecer no son fóbicos porque contra lo ultracatólico (¿o era lo simplemente católico?) no se pueden cometer falta o pecado, sino que se vive la casta virtud de la libertad de expresión.
El juego con las palabras, la “neolengua” mencionada por George Orwell en su novela 1984, es una constante de las sociedades en las que la ideología ha acallado a la razón. Ya nada significa nada, se han perdido las referencias objetivas (todo son definiciones decididas democráticamente), de modo que nada se puede defender de modo absoluto (ni la dignidad, ni la biología, ni el sentido común). Tampoco se puede analizar desde la crítica racional lo que la mayoría (la corrección política) impone: no se piensa, se acepta, se sonríe, se asiente a las lecciones de adoctrinamiento escolar y televisivo. Si alguien no piensa como está previsto se le reduce a una etiqueta (tránsfobofascistaultracatólico…), y en nombre del relativismo total se defiende de modo fanático dogmas construidos desde la agenda de los ideólogos del mercado de las ideas. Quienes no comulgan con “la Verdad” son considerados indignos de participar en el juego social, y son reducidos a la condición de odiadores, de ultras, aunque ellos ni lo sientan así ni lo sepan.
El totalitarismo no viste solo con los bigotes de Stalin.

La trama más buscada o la elevación de Putin al gobierno mundial.



Por Ignacio Arechaga, Aceprensa, 21.III

Comités parlamentarios que llaman a declarar a personajes públicos para que demuestren que no tienen lazos con Rusia. Políticos que son descalificados por haber tenido conversaciones con el embajador ruso. Medios de comunicación que crean un clima de sospecha de actividades antiamericanas por parte de quienes no se declaran adversarios de Moscú. Exigencias de que el FBI investigue y busque pruebas de la influencia rusa en la política y en la administración de EE.UU. Este flashback del clima de sospecha de la Guerra Fría recuerda demasiado el episodio del macarthismo en los años cincuenta, solo que esta vez es atizado por la izquierda liberal en nombre de la “defensa de la democracia” en la época de Trump.
La narrativa de la “trama rusa” (un nombre que lleva en sí mismo la condena) es muy sencilla: Putin quería que ganase Trump; los servicios secretos rusos se dedicaron a “hackear” los e-mails del Comité Nacional Demócrata y del jefe de campaña de Hillary Clinton, John Podesta; los filtraron a Wikileaks, y su publicación dañó tanto a Hillary Clinton que le hizo perder las elecciones. Así, Rusia manipuló a los electores norteamericanos.
Putin debe de sentirse muy orgulloso de que se le reconozca tanto poder. Pero, aunque esto fuera cierto (cosa que hasta ahora nadie ha demostrado), solo revelaría la ingenuidad del partido demócrata, incapaz de defenderse ante los piratas informáticos, y las propias maniobras ocultas del Comité Nacional para favorecer a Clinton frente a Sanders. También resultaría bastante humillante que la primera potencia mundial fuera tan fácilmente manipulable por un poder extranjero.
Pero, en realidad, el efecto de estas revelaciones en el resultado electoral fue mínimo frente a otros factores. Es muy discutible que la gente votase en función de lo que escribiera o dejara de escribir en sus e-mails John Podesta, que sigue siendo un perfecto desconocido para la gran mayoría. Desde luego, nada comparable al efecto de las recetas simplistas de Trump, su apelación al orgullo nacional con el “America first” y su desinhibido estilo populista.
Que Putin prefería la victoria de Trump es claro, y que haya hecho lo que estuviera a su alcance para favorecerlo, también. Pero de ahí a demostrar que Trump se puso de acuerdo con Putin para sabotear a su rival y que esto bastó para  cambiar el signo de las elecciones hay un trecho que por el momento solo lo ha recorrido la imaginación.
No hace falta ser ningún fan de Trump para advertir que desde el primer momento sus adversarios no se han limitado a criticar sus políticas, sino que buscan deslegitimarlo, atribuyendo su triunfo a maniobras fraudulentas. Y esto da origen también a un doble rasero en la calificación de hechos.
Si una filtración de informaciones proviene de Wikileaks y beneficia a Trump, es una maniobra orquestada por los rusos para subvertir la democracia americana. Pero si se filtran documentos del FBI que pueden perjudicar a Trump es una útil y legítima fuente de información.
La falta de pruebas no descalifica del mismo modo según quien la esgrima. Aunque no haya pruebas, los demócratas y la prensa afín pueden dictaminar que la hipótesis de la colusión entre Trump y Putin es “seria” y merece ser investigada. Como también fue seria en otro momento la tesis –por el momento aparcada– de que Moscú tenía material comprometedor que podía utilizar contra Trump. Pero si Trump responde a este juego con otra denuncia sin pruebas, como que Obama le espió, entonces no es más que una cortina de humo sin base.
Si Trump denuncia a parte de la prensa como “enemigos del pueblo” es una prueba de su retórica extremista; pero basta calificar a Trump de “fascista” para tener carné de defensor de la democracia.
Haber tenido algún contacto con el embajador ruso en EE.UU., el dinámico Serguéi Kisliak, admite también diversas lecturas. Si se trataba de un candidato al gobierno de Trump, haber hablado con el embajador equivale a una reunión de compinches para sabotear la democracia, lo que le descalifica para el puesto; pero si luego resulta, como ha resultado, que también se entrevistó con destacados políticos demócratas, esto no es más que un ejemplo de relaciones habituales. Por otro lado, ¿no es normal que un embajador procure hablar con políticos de todos los lados para recabar información y saber qué opinan?
La pista de la supuesta “trama rusa” debería llevar a decisiones de Trump que favorezcan los intereses de Putin. Sin embargo, su primer presupuesto prevé un aumento del 10% en un ya abultado capítulo de Defensa, lo que no debe de haber hecho muy feliz al presidente ruso. En vez de la paloma de la paz ruso-americana, nos encontramos con un halcón que quiere que “EE.UU. vuelva a ganar guerras”.
Hasta ahora, los halcones americanos buscaban la confrontación con Rusia, mientras que la izquierda liberal subrayaba las virtudes del diálogo y la influencia del soft power. En cambio, ahora parece que para los críticos de Trump, la Guerra Fría no ha terminado y cualquier entendimiento con la Rusia de Putin es anatema.
Si algo enseña el episodio del macarthismo es a no confundir los hechos con las sospechas, a no perseguir a los adversarios políticos en nombre de la seguridad nacional, y a evitar los linchamientos mediáticos que crean un clima de histeria.
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jueves, 23 de marzo de 2017

Las cuentas, sin Dios, no cuadran.

“Creemos en Dios. Esta es nuestra opción fundamental. Pero, nos preguntamos de nuevo: ¿es posible esto aún hoy? ¿Es algo razonable? Desde la Ilustración, al menos una parte de la ciencia se dedica con empeño a buscar una explicación del mundo en la que Dios sería superfluo. Y si eso fuera así, Dios sería inútil también para nuestra vida. Pero cada vez que parecía que este intento había tenido éxito, inevitablemente resultaba evidente que las cuentas no cuadran. Las cuentas sobre el hombre, sin Dios, no cuadran; y las cuentas sobre el mundo, sobre todo el universo, sin él no cuadran. En resumidas cuentas, quedan dos alternativas: ¿Qué hay en el origen? La Razón creadora, el Espíritu creador que obra todo y suscita el desarrollo, o la Irracionalidad que, carente de toda razón, produce extrañamente un cosmos ordenado de modo matemático, así como el hombre y su razón. Esta, sin embargo, no sería más que un resultado casual de la evolución y, por tanto, en el fondo, también algo irracional.

Los cristianos decimos: «Creo en Dios Padre, Creador del cielo y de la tierra», creo en el Espíritu Creador. Creemos que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad. Con esta fe no tenemos necesidad de escondernos, no debemos tener miedo de encontrarnos con ella en un callejón sin salida. Nos alegra poder conocer a Dios. Y tratamos de hacer ver también a los demás la racionalidad de la fe, como san Pedro exhortaba explícitamente, en su primera carta (cf. 1 P 3, 15), a los cristianos de su tiempo, y también a nosotros.”


Pasaje de: Benedicto XVI - Joseph Ratzinger. “Fe y razón según Benedicto XVI.”

miércoles, 22 de marzo de 2017

El Congreso rechaza la PL de Unidos Podemos sobre la eutanasia


La Cámara Baja ha rechazado que se debata la Proposición de Ley sobre la eutanasia presentada por Unidos Podemos. La mayoría de los grupos consideran que la propuesta tiene lagunas jurídicas y serios interrogantes éticos y deontológicos para el médico.
Diego Carrasco. Madrid   |  21/03/2017 19:40

El Congreso de los Diputados ha rechazado este martes por 132 votos en contra, 86 a favor y 122 abstenciones la Proposición de Ley orgánica sobre la eutanasia presentada por el grupo Unidos Podemos. El grupo parlamentario que han votado en contra ha sido el PP y la mayoría de las abstenciones han salido del Grupo Socialista y de Ciudadanos. La mayoría de los grupos han coincidido en que se necesita un debate sosegado y un amplio consenso. Ninguno de ellos rehúye el debate social que plantea las decisiones en el final de la vida. De ahí que todos apelan a la elaboración de una ley básica de muerte digna dotada de amplios recursos para los cuidados paliativos. En consecuencia, rechazan la proposición de ley para despenalizar la eutanasia.
Unidos Podemos ya registró en el mes de enero la proposición de ley, hoy debatida, para legalizarla la eutanasia y garantizar su práctica en toda España. De tal manera que quede despenalizado el suicidio asistido del Código Penal. Tanto Marta Sibina como Alberto Garzón y Pablo Iglesias, diputados del GCUP-EC-EM, han señalado las encuestas realizadas apoyan que se regule una ley de eutanasia para evitar que haya pacientes que "fallecen con padecimientos insoportables". Estos diputados consideran que los cuidados paliativos aplicados estrictamente no son suficientes para dar respuesta a los dolores de los enfermos. Los tres políticos coincidieron en criticar duramente al PSOE por no apoyar su proposición de ley donde se garantiza el valor de la autonomía personal, la solidaridad y la compasión.

Pilar Cortes Bureta, del Grupo Popular, ha explicado que una cosa es "dejarse morir y otra muy distinta es pedir a un tercero, médico, que cause la muerte". Por tanto, estaríamos obligando al médico a que ejecute una muerte cuasioficial. Para Cortés, la PL presentada plantea numerosos interrogantes éticos y jurídicos. En este momento no es oportuna una ley de eutanasia en España porque "la vida siempre es digna desde el principio hasta el final". Lo que se necesita es potenciar más los cuidados paliativos para evitar en la medida de lo posible que los enfermos mueran con dolor.
Gregorio Cámara Villar, del Grupo Socialista, ha explicado que todavía son muy escasos los ordenamientos jurídicos que permiten la eutanasia y el suicidio asistido. Se trata de un debate complejo político, ético, jurisprudencial y deontológico. Desde el GS defendemos la regulación de una ley básica de muerte digan con recursos en cuidados paliativos "en condiciones de igualdad y sin discriminación, ya que todavía existen grandes divergencias en las distintas autonomías". Cámara Villar ha considerado prioritario "escuchar a los médicos y a los juristas".
Francisco Igea, del Grupo Ciudadanos, ha explicado que es "urgente" que se regulen los derechos y deberes en la atención al final de la vida porque en España se muere mal y con dolor. Ha criticado que la PL sobre la eutanasia garantice la objeción de conciencia del médico, pero obliga a éste a buscar a otro facultativo para que le sustituya y "esto no tiene ni pies ni cabeza". En su opinión, "la dignidad no está en cómo morimos sino en cómo vivimos".
Las posiciones de los partidos que integran el Grupo Mixto han sido muy dispares entre sí. Desde Compromís, que apoya la PL, hasta Foro Asturias que la rechazaba.
Es muy probable que la próxima semana se debata en el Congreso de los Diputados la proposición de ley de muerte digna presentada hace unas semanas por el Grupo Socialista.




lunes, 20 de marzo de 2017

La Bella y la Bestia 2017

Beauty and the Beast
  • Público apropiado: Jóvenes
  • Valoración moral: Con inconvenientes
  • Año: 2017
Contenidos: Ideas (en todas las secuencias protagonizadas por Gastón domina en ellas un humor tosco y enrarecido con una boba subtrama homosexual F-)
Reseña: 
La factura general es buena, pero que a la vez no regala apenas momentos memorables y algunos de los que a priori deberían serlo –el baile entre los protagonistas, la batalla contra la turba que asalta el castillo– saben a poco.
Los mejores momentos del film son los que tienen lugar en el castillo y sus alrededores, pues el tono misterioso y romántico atrapa, y casa a la perfección con la fotografía oscura y nevada.
Capítulo aparte merece la música, porque La bella y la bestia es también un musical y la presencia de las canciones es constante, sobre todo en los dos primeros tercios del film. La inolvidable partitura original de Alan Menken brilla aquí en todo su esplendor, con una magnífica y a veces apabullante orquestación.
Sin embargo, el conjunto se alarga en exceso –el prólogo y el epílogo son insustanciales– y baja muchos enteros en todas las secuencias protagonizadas por Gastón, pues domina en ellas un humor tosco y enrarecido con una boba subtrama homosexual, que también enturbia el mágico clasicismo del baile final.
En fin, esta nueva revisión del cuento clásico, aunque vistosa, solo entretiene y fascina a ratos, y se queda muy lejos tanto de la magistral versión íntegramente animada de 1991 como de la excelente versión en imagen real de El libro de la selva, que Disney nos regaló el año pasado. 

El balcón de las mujeres


The Women's Balcony
Contenidos: ---
Reseña: 
Un accidente durante una celebración religiosa provoca una disputa en una comunidad ortodoxa en Jerusalén. Cuando el balcón de las mujeres de la sinagoga se derrumba, dejando a la esposa del rabino en un estado de coma y al rabino en shock, la comunidad entra en crisis. Un joven y carismático rabino aparece para ser el salvador de la comunidad tras el accidente, pero pronto descubrirán su realidad conservadora y misógina. Esto pone a prueba la amistad de las mujeres y provoca una ruptura entre las mujeres y los hombres de la comunidad.
El relato se centra en el poder de la gente sencilla, con ayuda de sus convicciones religiosas, para hacer frente al fanatismo, y a las discriminaciones. En este sentido, se contraponen dos visiones distintas del judaísmo, la de quienes lo vinculan a los valores familiares, a la compasión y al amor, y la de los que se obsesionan con cumplir preceptos extremos, aunque puedan hacer mella en la convivencia. Sus denuncias de las desigualdades de género están tratadas con un tono amable y enorme inteligencia, lo que refuerza su contundencia.
Emil Ben-Shimon debuta en la gran pantalla con una deliciosa “dramedia” que, sin dejar nunca un tono amable y ligero, aborda temas interesantes. Que nadie espere sesudas reflexiones o alambicados dilemas de conciencia. Al final, como pasa en las mejores familias, y especialmente cuando la base de un debate obedece a un tema formal, la sangre no llega al río y las peleas se arreglan con un apretón de manos.

domingo, 19 de marzo de 2017

¡Muchas gracias papá!

Hoy es el día del Padre y desde el Colegio Arenales Carabanchel hemos preparado un pequeño regalo para daros las gracias a todos los papás… Sabemos que todo lo que se haga es poco para agradecer la gran e importante labor de todos los padres de familia del mundo y en especial a todos los papás que forman parte de la comunidad educativa del colegio: padres de alumnos, abuelos de alumnos, padres de profesores, profesores, personal no docente, padres del personal no docente, etc.

¡Muchas felicidades a todos!

sábado, 18 de marzo de 2017

Derechos de las personas con discapacidad

Fernando Pascual, L.C.

      El 3 de mayo de 2008, después de haber sido firmada por más de 100 países y ratificada por 20 gobiernos o parlamentos, entró en vigor la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad. La Convención había sido aprobada por la Asamblea general de las Naciones Unidas en diciembre de 2006.
        Estamos ante un esfuerzo notable para ayudar a millones de personas discapacitadas. Pero surge una pregunta inquietante: ¿qué sentido tiene aprobar esta Convención sin garantizar, al mismo tiempo, la integridad física y la misma existencia de los embriones y fetos humanos con alguna discapacidad?
        La vida de cualquier ser humano antes de su nacimiento merece un cuidado especial. Si esa vida ha iniciado con heridas o daños, genéticos o de otro tipo, necesita mayores atenciones durante el embarazo e inmediatamente después del parto.
        Resulta un contrasentido promover los derechos de los discapacitados ya nacidos mientras se guarda un silencio cómplice ante la masacre continua y discriminatoria de miles de hijos antes de nacer, abortados simplemente porque tenían alguna discapacidad.
        El espíritu que ha llevado a aprobar la Convención sobre los derechos de las personas con discapacidad podría cambiar la situación, si nos llevase a promover un esfuerzo conjunto para evitar las discriminaciones prenatales.
        Si leemos el artículo 1 de la Convención se hace evidente cuál sea el objetivo que se busca con ella:
        “El propósito de la presente Convención es promover, proteger y asegurar el goce pleno y en condiciones de igualdad de todos los derechos humanos y libertades fundamentales por [para] todas las personas con discapacidad, y promover el respeto de su dignidad inherente”.
        En el mismo artículo 1 se explica qué se entiende por “persona con discapacidad”:
        “Las personas con discapacidad incluyen a aquellas que tengan deficiencias físicas, mentales, intelectuales o sensoriales a largo plazo que, al interactuar con diversas barreras, puedan impedir su participación plena y efectiva en la sociedad, en igualdad de condiciones con las demás”.
        En el artículo 2, dedicado a las “Definiciones”, se explica el sentido de la expresión “discriminación por motivos de discapacidad”:
        “Por ‘discriminación por motivos de discapacidad’ se entenderá cualquier distinción, exclusión o restricción por motivos de discapacidad que tenga el propósito o el efecto de obstaculizar o dejar sin efecto el reconocimiento, goce o ejercicio, en igualdad de condiciones, de todos los derechos humanos y libertades fundamentales en los ámbitos político, económico, social, cultural, civil o de otro tipo”.
        Dejamos de lado otros aspectos de la Convención que necesitarían un análisis más detallado. Sólo resulta oportuno notar aquí un punto preocupante: la inclusión en el artículo 25 del confuso concepto de “salud sexual y reproductiva” que para no pocos países es sinónimo, entre otras cosas, del así llamado (abusivamente) “derecho al aborto”.
        Dejando de lado lo anterior, sea bienvenido el esfuerzo mundial por ayudar a los cientos de millones de discapacitados en el ejercicio de sus derechos fundamentales. Sea bienvenido el trabajo de los gobiernos y de la sociedad para que nadie sufra daños en su integridad física ni sea marginado en los diversos ámbitos en los que pueda desarrollar sanamente sus proyectos existenciales.
        Sea bienvenido, sobre todo, en el espíritu de la Convención, y por encima del silencio que en el texto actual reina sobre el tema, el esfuerzo de todos por erradicar cualquier aborto sobre seres humanos con discapacidades. Ellos, como cualquier otro hijo, tienen derecho a nacer, sin discriminaciones. Tienen, especialmente, necesidad de amor, que es lo más hermoso que los adultos podemos ofrecer a cada uno de los miembros de la familia humana.

jueves, 16 de marzo de 2017

El viajante

Forushande
Contenidos: Imágenes (varias V)
Reseña: 
Irán. Un joven matrimonio de clase media se ve obligado a dejar su piso porque el edificio amenaza ruina. Son personas cultas, delicadas, ambos trabajan de actores en una compañía de teatro y él además da clases de literatura en un colegio, donde es muy querido por los alumnos. Se trasladan entonces a vivir a un nuevo piso ofrecido por un compañero Por un descuido la mujer sufrirá una agresión mientras está duchándose y su marido está ausente. El pesar y la frustración se apoderarán del matrimonio.
Trama aparentemente sencilla para hablar de las diferentes reacciones suscitadas tras una agresión: el dolor profundo puede convertirse en un callejón sin salida y dar lugar a imprevistas consecuencias, donde salen a relucir la humillación, el miedo, la culpa, la venganza o el perdón.
Llama la atención cómo Farhadi objetiva el conflicto sobre el tapete en la secuencia clave del film, un primor de intensidad, dramatismo y planificación que te deja completamente pegado a la butaca.
Una película intensa a la vez que sobria, que se dirige a partes iguales a la razón y al corazón. Un Oscar merecido, a pesar de las probables razones políticas de su concesión. Las interpretaciones son muy buenas. 

Un entretenido diálogo sobre la ideología de género

Por Daniel Prieto Aunque la película de la que procede es una irreverente mofa del cristianismo, en esta breve escena encontramos una c...