Páginas vistas

domingo, 28 de junio de 2015

¿Crees que lo sabes todo sobre el sida?


A pesar de las campañas de prevención y tambien debido a ellas, el VIH es aún un gran desconocido

PRUEBA VIH EN 30 MIN.
A pesar de las campañas informativas, y también por los engaños que suelen contener, los datos revelan que el sida es aún un gran desconocido para la mayoría de los ciudadanos. Las autoridades sanitarias y colectivos que trabajan para su prevención y detección precoz alertan de que el verano es la época del año en la que más contagios de VIH se producen.
Ferias, festivales y la combinación de alcohol y ocio provocan que poblaciones más vulnerables, como los jóvenes, bajen la bragueta y disminuya su percepción de riesgo. Por eso, explicar qué es y cómo se contagia es vital en estos meses estivales.

1.No tiene cura pero no tiene por qué ser mortal
El Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH) destruye progresivamente las defensas, debilitando el sistema inmunitario. Hoy en día no existe cura, los tratamientos se centran en detener su avance. Con el paso del tiempo y si la persona no toma medicación apropiada, puede desembocar en sida.

2.VIH y sida, dos realidades de la misma moneda
Se trata de lo mismo, pero en diferentes estadios. Cuando una persona se contagia con el Virus de Inmunodeficiencia humana (VIH) pasa a ser portador o seropositivo y, por tanto, puede transmitirlo. Cuando la enfermedad avanza, ya hablamos de sida. (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida). Las defensas de la persona están tan bajas que es fácil que pueda contraer cualquier otra enfermedad.

3.¿Por qué es importante el diagnóstico precoz?
Porque cuanto antes se detecte, menor probabilidad habrá de que se desarrolle el sida y más efecto harán los tratamientos.

4.¿Se siguen dando nuevos casos actualmente?
Solo entre enero de 2013 y octubre de 2014 se constataron en Andalucía 509 nuevos casos de infección. En España, se calcula que hay entre 130.000 y 150.000 infectados, aunque el 30% ni siquiera lo sabe.

5.¿Cómo se contagia?
El 82% de los contagios se producen por relaciones sexuales. Muchos jóvenes andan engañados creyendo que el condon les preserva de riesgos, cuando solo protege un 80% según afirman los expertos. Por eso es tan importante alentar al autodominio, lejos de lujurias. Las vías de contagio son el semen, fluido vaginal, sangre y leche materna.

6.¿Se contagia con la saliva?
No, el VIH no se transmite por saliva, estornidos, picaduras de mosquitos o por compartir aseos, cubiertos y vasos, toallas o bañarte en la piscina. No es contagioso, sino un virus infecto-transmisible.

7.¿Cómo puedo saber si soy seropositivo?
Con un analisis de sangre específico. Hay que pedir al médico de cabecera que solicite los marcadores especiales porque en una analítica común no aparece. A muchas personas les cuesta hablar sobre sus sospechas de que puedan haberse contagiado con su médico de toda la vida, que a menudo trata a toda su familia. Por eso, otra opción es a través de asociaciones que cuentan con pruebas rápidas de detección (gratuitas y confidenciales), en las que se pueden saber los resultados en media hora a través de la saliva o la sangre.

8.¿Puedo saber inmediatamente si soy seropositivo con la prueba rápida?
Los resultados se conocen en media hora, aunque para que sean más fiables, deben haber pasado más de tres meses desde la última práctica sexual de riesgo, con dondón o sin él.

Viajando a los tiempos del nacimiento de la Iglesia



"Primeros Cristianos", cinco años en Internet.
        Hace cinco años surgió el portal www.primeroscristianos.com, una página web que busca informar de manera sencilla sobre el mundo de los primeros seguidores de Cristo. Se trata de una iniciativa promovida por algunos estudiantes de la Universidad de Navarra.
        "Buscamos dar a conocer la vida de los primeros cristianos a las mujeres y a los hombres del siglo XXI: hacer presente el espíritu que ellos vivieron, tal como ellos mismos lo han contado. Son personas como nosotros, con sus dificultades, con sus luchas… y que saben confiar por encima de todo en la fuerza de su fe", señalan los organizadores de la página.
        La web pretende que los primeros cristianos hablen directamente al usuario, y que este diálogo directo sea enriquecedor para quien lo mantenga con ánimo abierto y oído atento. También trata de poner al alcance de todos, algunos de los tesoros que se encuentran en sus escritos, y que no son fácilmente conocidos por quienes no son especialistas. 
        Los cristianos de hoy tenemos mucho que aprender de la fe de los primeros cristianos, y hemos de saber -como ellos- descubrir y dar a conocer el verdadero sentido de la novedad cristiana a nuestros contemporáneos. 
        "Tenemos una gran deuda de gratitud con aquellos primeros, que merecen toda nuestra veneración y agradecimiento: su vida era una apuesta en la que se jugaba el destino de la Iglesia y de los hombres. Si somos cristianos hoy, se lo debemos a ellos", sugieren estos universitarios.
        A través de la web viajamos a los tiempos del nacimiento de la Iglesia. Nos permite acercarnos a aquellos que constituyen los primeros eslabones de esta fabulosa cadena que a lo largo de la historia va transformando el mundo: eslabones fuertes y sólidos, que continúan sosteniéndonos a los cristianos de hoy.
        En www.primeroscristianos.com actualmente se puede encontrar información sobre la vida de las primeras comunidades cristianas, las persecuciones, la expansión del cristianismo, el testimonio de los mártires, los Padres de la Iglesia, las catacumbas, etc. 
        La página alberga algunos documentos, vídeos y archivos sonoros que se pueden descargar. También ofrece listados de libros y películas relacionados con el mundo del cristianismo primitivo, así como de las actas de los mártires o la situación del cristianismo en los cuatro primeros siglos.
También procura informar de todo lo referente a la situación en Tierra Santa y de los cristianos perseguidos en tantos lugares del planeta. A través de la página es posible suscribirse a un boletín de novedades con las últimas actualizaciones.

El embate de los totalitarismos.

Alfonso Aguiló

No debe por ello sorprendernos que el siglo XX, coincidiendo con el declinar de la influencia de la fe cristiana en la vida social, haya sido el siglo que ha contemplado un número mayor de encarcelamientos, maltratos y ejecuciones por encima de cualquier otro período de la historia. 
        Es probable que las generaciones venideras tengan dificultad para creer que hubo un tiempo en que la mayor parte del mundo estuvo controlada por una doctrina llamada comunismo que causó tanta desgracia y que, en su expansión, fue reduciendo a la esclavitud y a la muerte a centenares de millones de seres humanos. Actualmente, esos sistemas comunistas han fracasado por su falso dogmatismo económico. Pero a veces se pasa por alto el hecho de que se derrumbaron, de forma más profunda, por su desprecio del ser humano, por su subordinación de la moral a las necesidades del sistema y sus promesas de futuro. 
        No fue, además, el único peligro totalitario que aquejó a la humanidad en el siglo XX ni el único que consideró al cristianismo como un objetivo; el otro fue el neopaganismo nihilista del que nacerían el fascismo y el nazismo. Si Marx constituye un ejemplo paradigmático de las tesis que luego seguirían al pie de la letra Lenin, Stalin o Mao, no resulta menos cierto que Nietzsche avanzó una cosmovisión nihilista y anticristiana que luego cristalizaría, entre otros fenómenos, en el fascismo y el nazismo. 
         —¿Hay realmente una relación tan directa entre lo uno y lo otro?
        Nietzsche identificaba el concepto de "bueno" con la clase superior. Lo malo corresponde a la plebe, al vulgo, a la clase inferior. A esa moral aristocrática, de los poderosos, de los fuertes, se contrapone la moral de los débiles, de la plebe. Afirmaba que la moral había sufrido un proceso de corrupción al dejar de estar pergeñada por los señores y pasar a responder a los anhelos de la plebe, y esto se debía fundamentalmente a los judíos y al cristianismo. Frente a esa situación, Nietzsche propuso el alzamiento de las razas nórdicas para implantar socialmente la superioridad de una élite que dominara sin el freno del sentido de culpa, negando la existencia de la verdad objetiva y ejerciendo la crueldad sobre los inferiores. Para lograrlo, judíos y cristianos debían ser aniquilados por las razas germánicas. Tales medidas permitirían implantar una sociedad elitista, basada en la desigualdad y la jerarquía, al estilo del sistema ario de castas existente desde hace milenios en la India. En ella, los más, los mediocres, serían engañados y mantenidos en una ignorancia feliz de la que no debía sacarlos el cristianismo. 
        Las enseñanzas del filósofo alemán tuvieron repercusiones políticas, en especial desde inicios del siglo XX. El fascismo de Mussolini -que retaba a Dios a fulminarle con un rayo en el plazo de cinco minutos- y, sobre todo, el nazismo de Hitler se sustentaron en buena medida sobre una nueva moral de la minoría fuerte, violenta y audaz, que se imponía sobre una masa engañada. En ese sentido, las afirmaciones ideológicas de Nietzsche y las cámaras de gas de Auschwitz se hallan unidas por una línea recta.
        El cristianismo ha sobrevivido en el siglo XX a dos terribles amenazas que pusieron en peligro a todo el género humano. Ambas coincidían en negar la existencia de principios morales superiores que limitaran el poder y la persecución de sus objetivos; ambas ansiaban desesperadamente alcanzar esos objetivos; ambas creían en la legitimidad de exterminar social, económica y físicamente a los que consideraran sus enemigos, fueran burgueses, judíos o enfermos; ambas eran conscientes de que el cristianismo se les oponía ideológicamente como un valladar frente a sus aspiraciones; y ambas intentaron aniquilarlo como a un peligroso adversario. 
        Tanto la dictadura de Hitler como la de Stalin se basaban precisamente en el rechazo de la herencia cristiana de la sociedad, en un enorme orgullo que no quería someterse a Dios, sino que pretendía crear él mismo un hombre mejor, un hombre nuevo, y transformar el mundo malo de Dios en el mundo bueno que surgiría del dogmatismo de su propia ideología.

viernes, 26 de junio de 2015

«Laudato si'»

«Laudato si'», la encíclica del Papa Francisco sobre el cuidado de la casa común

Presentada en Roma la segunda encíclica del Papa Francisco, fechada el 24 de mayo, solemnidad de Pentecostés. El texto que reproducimos a continuación ofrece una visión de conjunto y permite detectar las líneas de fondo. La encíclica se puede descargar en pdf, mobi y epub.
Opus Dei - «Laudato si'», la encíclica del Papa Francisco sobre el cuidado de la casa común
El Papa Francisco reza ante la tumba de san Francisco de Asís, el 4 de octubre de 2013 | Foto: assisiofm.it
Se presenta, en primer lugar, una visión general de la encíclica «Laudato siSe presenta, en primer lugar, una visión general de la encíclica «Laudato si’» y, a continuación, el objetivo de cada uno de los seis capítulos y algunos de sus párrafos clave. Los números entre paréntesis remiten a los párrafos de la encíclica.
Una visión general
«¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?» (n. 160). Esta pregunta está en el centro de Laudato si’, la esperada encíclica del Papa Francisco sobre el cuidado de la casa común. Y continúa: «Esta pregunta no afecta sólo al ambiente de manera aislada, porque no se puede plantear la cuestión de modo fragmentario», y nos conduce a interrogarnos sobre el sentido de la existencia y el valor de la vida social: «¿Para qué pasamos por este mundo? ¿para qué vinimos a esta vida? ¿para qué trabajamos y luchamos? ¿para qué nos necesita esta tierra?»: «Si no nos planteamos estas preguntas de fondo —dice el Pontífice— «no creo que nuestras preocupaciones ecológicas puedan obtener resultados importantes».
La encíclica toma su nombre de la invocación de san Francisco, «Laudato si’, mi’ Signore», que en el Cántico de las creaturas que recuerda que la tierra, nuestra casa común, «es también como una hermana con la que compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos» (1). Nosotros mismos «somos tierra (cfr Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está formado por elementos del planeta, su aire nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura» (2).
Pero ahora esta tierra maltratada y saqueada clama (2) y sus gemidos se unen a los de todos los abandonados del mundo. El Papa Francisco nos invita a escucharlos, llamando a todos y cada uno —individuos, familias, colectivos locales, nacionales y comunidad internacional— a una «conversión ecológica», según expresión de san Juan Pablo II, es decir, a «cambiar de ruta», asumiendo la urgencia y la hermosura del desafío que se nos presenta ante el «cuidado de la casa común». Al mismo tiempo, el Papa Francisco reconoce que «se advierte una creciente sensibilidad con respecto al ambiente y al cuidado de la naturaleza, y crece una sincera y dolorosa preocupación por lo que está ocurriendo con nuestro planeta» (19), permitiendo una mirada de esperanza que atraviesa toda la encíclica y envía a todos un mensaje claro y esperanzado: «La humanidad tiene aún la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común» (13); «el ser humano es todavía capaz de intervenir positivamente» (58); «no todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, pueden también superarse, volver a elegir el bien y regenerarse» (205).
El Papa Francisco se dirige, claro está, a los fieles católicos, retomando las palabras de san Juan Pablo II: «Los cristianos, en particular, descubren que su cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Creador, forman parte de su fe» (64), pero se propone «especialmente entrar en diálogo con todos sobre nuestra casa común» (3): el diálogo aparece en todo el texto, y en el capítulo 5 se vuelve instrumento para afrontar y resolver los problemas. Desde el principio el Papa Francisco recuerda que también «otras Iglesias y Comunidades cristianas —como también otras religiones— han desarrollado una profunda preocupación y una valiosa reflexión» sobre el tema de la ecología (7). Más aún, asume explícitamente su contribución a partir de la del «querido Patriarca Ecuménico Bartolomé» (7), ampliamente citado en los nn. 8—9. En varios momentos, además, el Pontífice agradece a los protagonistas de este esfuerzo —tanto individuos como asociaciones o instituciones—, reconociendo que «la reflexión de innumerables científicos, filósofos, teólogos y organizaciones sociales [ha] enriquecido el pensamiento de la Iglesia sobre estas cuestiones» (7) e invita a todos a reconocer «la riqueza que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral y para el desarrollo pleno del género humano» (62).
El recorrido de la encíclica está trazado en el n. 15 y se desarrolla en seis capítulos. A partir de la escucha de la situación a partir de los mejores conocimientos científicos disponibles hoy (cap. 1), recurre a la luz de la Biblia y la tradición judeo-cristiana (cap. 2), detectando las raíces del problema (cap. 3) en la tecnocracia y el excesivo repliegue autorreferencial del ser humano. La propuesta de la encíclica (cap. 4) es la de una «ecología integral, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales» (137), inseparablemente vinculadas con la situación ambiental.
En esta perspectiva, el Papa Francisco propone (cap. 5) emprender un diálogo honesto a todos los niveles de la vida social, que facilite procesos de decisión transparentes. Y recuerda (cap. 6) que ningún proyecto puede ser eficaz si no está animado por una conciencia formada y responsable, sugiriendo principios para crecer en esta dirección a nivel educativo, espiritual, eclesial, político y teológico. El texto termina con dos oraciones, una que se ofrece para ser compartida con todos los que creen en «un Dios creador omnipotente» (246), y la otra propuesta a quienes profesan la fe en Jesucristo, rimada con el estribillo «Laudato si’», que abre y cierra la encíclica.
El texto está atravesado por algunos ejes temáticos, vistos desde variadas perspectivas, que le dan una fuerte coherencia interna: «La íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta, la convicción de que en el mundo todo está conectado, la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida» (16).
Capítulo 1 — «Lo que está pasando a nuestra casa»
El capítulo asume los descubrimientos científicos más recientes en materia ambienta como manera de escuchar el clamor de la creación, para «convertir en sufrimiento personal lo que le pasa al mundo, y así reconocer cuál es la contribución que cada uno puede aportar» (19). Se acometen así «varios aspectos de la actual crisis ecológica» (15).
El cambio climático: «El calentamiento es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la humanidad» (22). Si «el clima es un bien común, de todos y para todos» (21), el impacto más grave de su alteración recae en los más pobres, pero muchos de los que «tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos del calentamiento»(23): «La falta de reacciones ante estos dramas de nuestros hermanos es un signo de la pérdida de aquel sentido de responsabilidad por nuestros semejantes sobre el cual se funda toda sociedad civil» (25).
La cuestión del agua: El Papa afirma sin ambages que «el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos». Privar a los pobres del acceso al agua significa negarles «el derecho a la vida, enraizado en su inalienable dignidad» (30).
La pérdida de la biodiversidad: «Cada año desaparecen miles de especies vegetales y animales que ya no podremos conocer, que nuestros hijos ya no podrán ver, perdidas para siempre» (33). No son sólo eventuales «recursos» explotables, sino que tienen un valor en sí mismas. En esta perspectiva «son loables y a veces admirables los esfuerzos de científicos y técnicos que tratan de aportar soluciones a los problemas creados por el ser humano», pero esa intervención humana, cuando se pone al servicio de las finanzas y el consumismo, «hace que la tierra en que vivimos se vuelva menos rica y bella, cada vez más limitada y gris» (34).
La deuda ecológica: en el marco de una ética de las relaciones internacionales, la encíclica indica que existe «una auténtica deuda ecológica» (51), sobre todo del Norte en relación con el Sur del mundo. Frente al cambio climático hay «distintas responsabilidades» (52), y son mayores las de los países desarrollados.
Conociendo las profundas divergencias que existen respecto a estas problemáticas, el Papa Francisco se muestra profundamente impresionado por la «debilidad de las reacciones» frente a los dramas de tantas personas y poblaciones. Aunque no faltan ejemplos positivos (58), señala «un cierto adormecimiento y una alegre irresponsabilidad» (59). Faltan una cultura adecuada (53) y la disposición a cambiar de estilo de vida, producción y consumo (59), a la vez que urge «crear un sistema normativo que [...] asegure la protección de los ecosistemas» (53).
Capítulo segundo — El Evangelio de la creación
Para afrontar la problemática ilustrada en el capítulo anterior, el Papa Francisco relee los relatos de la Biblia, ofrece una visión general que proviene de la tradición judeo—cristiana y articula la «tremenda responsabilidad» (90) del ser humano respecto a la creación, el lazo íntimo que existe entre todas las creaturas, y el hecho de que «el ambiente es un bien colectivo, patrimonio de toda la humanidad y responsabilidad de todos» (95). En la Biblia, «el Dios que libera y salva es el mismo que ha creado el universo», y «en él se conjugan amor y poder» (73). El relato de la creación es central para reflexionar sobre la relación entre el ser humano y las demás creaturas, y sobre cómo el pecado rompe el equilibrio de toda la creación en su conjunto. «Estas narraciones sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Según la Biblia, las tres relaciones vitales se han roto, no sólo externamente, sino también dentro de nosotros. Esta ruptura es el pecado» (66).
Por ello, aunque «si es verdad que algunas veces los cristianos hemos interpretado incorrectamente las Escrituras, hoy debemos rechazar con fuerza que, del hecho de ser creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, se deduzca un dominio absoluto sobre las demás criaturas». Al ser humano le corresponde «cultivar y custodiar» el jardín del mundo (cfr Gn 2,15) (67), sabiendo que «el fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Pero todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios» (83). Que el ser humano no sea patrón del universo «no significa equiparar a todos los seres vivos y quitarle aquel valor peculiar que lo caracteriza; y «Tampoco supone una divinización de la tierra que nos privaría del llamado a colaborar con ella y a proteger su fragilidad» (90). En esta perspectiva «todo ensañamiento con cualquier criatura «es contrario a la dignidad humana» (92), pero «no puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos» (91). Es necesaria la conciencia de una comunión universal: «creados por el mismo Padre, todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, [...] que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde» (89). Concluye el capítulo con el corazón del a revelación cristiana: el «Jesús terreno» con su «relación tan concreta y amable con las cosas» está «resucitado y glorioso, presente en toda la creación con su señorío universal» (100).
Capítulo tercero — La raíz humana de la crisis ecológica
Este capítulo presenta un análisis del a situación actual «para comprender no sólo los síntomas sino también las causas más profundas» (15), en un diálogo con la filosofía y las ciencias humanas.
Un primer fundamento del capítulo son las reflexiones sobre la tecnología: se le reconoce con gratitud su contribución al mejoramiento de las condiciones de vida (103—103), aunque también «dan a quienes tienen el conocimiento, y sobre todo el poder económico para utilizarlo, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero» (104). Son justamente las lógicas de dominio tecnocrático las que llevan a destruir la naturaleza y a explotar a las personas y las poblaciones más débiles. «El paradigma tecnológico también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política» (109), impidiendo reconocer que «el mercado por sí mismo no garantiza el desarrollo humano integral y la inclusión social» (109).
En la raíz de todo ello puede diagnosticarse en la época moderna un exceso de antropocentrismo (116): el ser humano ya no reconoce su posición justa respecto al mundo, y asume una postura autorreferencial, centrada exclusivamente en sí mismo y su poder. De ello deriva una lógica «usa y tira» que justifica todo tipo de descarte, sea éste humano o ambiental, que trata al otro y a la naturaleza como un simple objeto y conduce a una infinidad de formas de dominio. Es la lógica que conduce a la explotación infantil, el abandono de los ancianos, a reducir a otros a la esclavitud, a sobrevalorar las capacidades del mercado para autorregularse, a practicar la trata de seres humanos, el comercio de pieles de animales en vías de extinción, y de «diamantes ensangrentados». Es la misma lógica de muchas mafias, de los traficantes de órganos, del narcotráfico y del descarte de los niños que no se adaptan a los proyectos de los padres (123).
A esta luz, la encíclica afronta dos problemas cruciales para el mundo de hoy. Primero que nada el trabajo: «En cualquier planteamiento sobre una ecología integral, que no excluya al ser humano, es indispensable incorporar el valor del trabajo» (124), pues «Dejar de invertir en las personas para obtener un mayor rédito inmediato es muy mal negocio para la sociedad» (128). La segunda se refiere a los límites del progreso científico, con clara referencia a los OGM (132—136), que son «una cuestión ambiental de carácter complejo» (135). Si bien «en algunas regiones su utilización ha provocado un crecimiento económico que ayudó a resolver problemas, hay dificultades importantes que no deben ser relativizadas» (134), por ejemplo «una concentración de tierras productivas en manos de pocos» (134). El Papa Francisco piensa en particular en los pequeños productores y en los trabajadores del campo, en la biodiversidad, en la red de ecosistemas.
Es por ello es necesaria «una discusión científica y social que sea responsable y amplia, capaz de considerar toda la información disponible y de llamar a las cosas por su nombre», a partir de «líneas de investigación libre e interdisciplinaria» (135).
Capítulo cuarto — Una ecología integral 
El núcleo de la propuesta de la encíclica es una ecología integral como nuevo paradigma de justicia, una ecología que «incorpore el lugar peculiar del ser humano en este mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea» (15). De hecho no podemos «entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida» (139). Esto vale para todo lo que vivimos en distintos campos: en la economía y en la política, en las distintas culturas, en especial las más amenazadas, e incluso en todo momento de nuestra vida cotidiana.
La perspectiva integral incorpora también una ecología de las instituciones. «Si todo está relacionado, también la salud de las instituciones de una sociedad tiene consecuencias en el ambiente y en la calidad de vida humana: “Cualquier menoscabo de la solidaridad y del civismo produce daños ambientales”» (142).
Con muchos ejemplos concretos el Papa Francisco ilustra su pensamiento: que hay un vínculo entre los asuntos ambientales y cuestiones sociales humanas, y que ese vínculo no puede romperse. Así pues, el análisis de los problemas ambientales es inseparable del análisis de los contextos humanos, familiares, laborales, urbanos, y de la relación de cada persona consigo misma (141), porque «no hay dos crisis separadas, una ambiental y la otra social, sino una única y compleja crisis socioambiental» (139).
Esta ecología ambiental «es inseparable de la noción del bien común» (156), que debe comprenderse de manera concreta: en el contexto de hoy en el que «donde hay tantas inequidades y cada vez son más las personas descartables, privadas de derechos humanos básicos», esforzarse por el bien común significa hacer opciones solidarias sobre la base de una «opción preferencial por los más pobres» (158). Este es el mejor modo de dejar un mundo sostenible a las próximas generaciones, no con las palabras, sino por medio de un compromiso de atención hacia los pobres de hoy como había subrayado Benedicto XVI: «además de la leal solidaridad intergeneracional, se ha de reiterar la urgente necesidad moral de una renovada solidaridad intrageneracional» (162).
La ecología integral implica también la vida cotidiana, a la cual la encíclica dedica una especial atención, en particular en el ambiente urbano. El ser humano tiene una enorme capacidad de adaptación y «es admirable la creatividad y la generosidad de personas y grupos que son capaces de revertir los límites del ambiente, [...] aprendiendo a orientar su vida en medio del desorden y la precariedad» (148). Sin embargo, un desarrollo auténtico presupone un mejoramiento integral en la calidad de la vida humana: espacios públicos, vivienda, transportes, etc. (150-154).
También «nuestro cuerpo nos pone en relación directa con el ambiente y con los demás seres humanos. La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como don del Padre y casa común; en cambio una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio» (155).
Capítulo quinto — Algunas líneas orientativas y de acción
Este capítulo afronta la pregunta sobre qué podemos y debemos hacer. Los análisis no bastan: se requieren propuestas «de diálogo y de acción que involucren a cada uno de nosotros y a la política internacional» (15, y «que nos ayuden a salir de la espiral de autodestrucción en la que nos estamos sumergiendo» (163). Para el Papa Francisco es imprescindible que la construcción de caminos concretos no se afronte de manera ideológica, superficial o reduccionista. Para ello es indispensable el diálogo, término presente en el título de cada sección de este capítulo: «Hay discusiones sobre cuestiones relacionadas con el ambiente, donde es difícil alcanzar consensos. [...] la Iglesia no pretende definir las cuestiones científicas ni sustituir a la política, pero invito a un debate honesto y transparente, para que las necesidades particulares o las ideologías no afecten al bien común» (188). Sobre esta base el Papa Francisco no teme formular un juicio severo sobre las dinámicas internacionales recientes: «Las Cumbres mundiales sobre el ambiente de los últimos años no respondieron a las expectativas porque, por falta de decisión política, no alcanzaron acuerdos ambientales globales realmente significativos y eficaces» (166). Y se pregunta «¿por qué se quiere mantener hoy un poder que será recordado por su incapacidad de intervenir cuando era urgente y necesario hacerlo?» (57). Son necesarias, como los Pontífices han repetido muchas veces a partir de la Pacem in terris, formas e instrumentos eficaces de gobernanza global (175): «Necesitamos un acuerdo sobre los regímenes de gobernanza global para toda la gama de los llamados “bienes comunes globales”» (174), dado que «la protección ambiental no puede asegurarse sólo en base al cálculo financiero de costos y beneficios. El ambiente es uno de esos bienes que los mecanismos del mercado no son capaces de defender o de promover adecuadamente» (190, que toma las palabras del Compendio de la doctrina social de la Iglesia).
Aún en este capítulo, el Papa Francisco insiste sobre el desarrollo de procesos decisionales honestos y transparentes, para poder «discernir» las políticas e iniciativas empresariales que conducen a un «auténtico desarrollo integral» (185). En particular, el estudio del impacto ambiental de un nuevo proyecto «requiere procesos políticos transparentes y sujetos al diálogo, mientras la corrupción que esconde el verdadero impacto ambiental de un proyecto a cambio de favores suele llevar a acuerdos espurios que evitan informar y debatir ampliamente» (182)
La llamada a los que detentan encargos políticos es particularmente incisiva, para que eviten «la lógica eficientista e inmediatista» (181) que hoy predomina. Pero «si se atreve a hacerlo, volverá a reconocer la dignidad que Dios le ha dado como humano y dejará tras su paso por esta historia un testimonio de generosa responsabilidad» (181)
Capítulo sexto — Educación y espiritualidad ecológica
El capítulo final va al núcleo de la conversión ecológica a la que nos invita la encíclica. La raíz de la crisis cultural es profunda y no es fácil rediseñar hábitos y comportamientos. La educación y la formación siguen siendo desafíos básicos: «Todo cambio requiere motivación y un camino educativo» (15). Deben involucrarse los ambientes educativos, el primero «la escuela, la familia, los medios de comunicación, la catequesis» (213).
El punto de partida es «apostar por otro estilo de vida» (203-208), que abra la posibilidad de «ejercer una sana presión sobre quienes detentan el poder político, económico y social» (206). Es lo que sucede cuando las opciones de los consumidores logran «modificar el comportamiento de las empresas, forzándolas a considerar el impacto ambiental y los modelos de producción» (206).
No se puede minusvalorar la importancia de cursos de educación ambiental capaces de cambiar los gestos y hábitos cotidianos, desde la reducción en el consumo de agua a la separación de residuos o el «apagar las luces innecesarias» (211). «Una ecología integral también está hecha de simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo» (230). Todo ello será más sencillo si parte de una mirada contemplativa que viene de la fe. «Para el creyente, el mundo no se contempla desde afuera sino desde adentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres. Además, haciendo crecer las capacidades peculiares que Dios le ha dado, la conversión ecológica lleva al creyente a desarrollar su creatividad y su entusiasmo» (220).
Vuelve la línea propuesta en la Evangelii Gaudium: «La sobriedad, que se vive con libertad y conciencia, es liberadora» (223), así como «la felicidad requiere saber limitar algunas necesidades que nos atontan, quedando así disponibles para las múltiples posibilidades que ofrece la vida» (223). De este modo se hace posible «sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos» (229).
Los santos nos acompañan en este camino. San Francisco, mencionado muchas veces, es el «ejemplo por excelencia del cuidado por lo que es débil y de una ecología integral, vivida con alegría» (10). Pero la encíclica recuerda también a san Benito, santa Teresa de Lisieux y al beato Charles de Foucauld.
Después de la Laudato si’, el examen de conciencia —instrumento que la Iglesia ha aconsejado para orientar la propia vida a la luz de la relación con el Señor— deberá incluir una nueva dimensión, considerando no sólo cómo se vive la comunión con Dios, con los otros y con uno mismo, sino también con todas las creaturas y la naturaleza.

La grandeza del matrimonio

Vídeo. "Bendigo el matrimonio con mis dos manos de sacerdote", decía san Josemaría. A los cónyuges recomendaba reñir poco y terminar siempre con el perdón y un abrazo.

martes, 23 de junio de 2015

El cardenal Caffarra, sobre las ideologías antifamilia



«Hemos vuelto al paganismo, donde el niño no tenía ningún derecho. Era un objeto ´a disposición´»
El cardenal Carlo Caffarra, arzobispo de Bolonia y miembro del Pontificio Consejo para la Familia y la Pontificia Academia para la Vida, explica en una conversación con Tempi.it por qué la ideología de género y las políticas anti-familia parecen tan fuertes. He llegado a la siguiente respuesta: todo esto es una obra diabólica, literalmente", admite. Reproducimos sus argumentos.

El ocaso de una civilización
»Me han surgido distintos pensamientos a raíz de la moción votada en el Parlamento europeo [se refiere al reconocimiento de las uniones y de los matrimonios entre personas del mismo sexo votada en Estrasburgo esta primavera de 2015, ndt]. El primer pensamiento ha sido este: es el fin. Europa se está muriendo. Y tal vez ni siquiera tiene ganas de vivir, pues no ha habido civilización que haya sobrevivido al ensalzamiento de la homosexualidad.

»No digo al ejercicio de la homosexualidad. Digo al ensalzamiento de la homosexualidad. Hago un inciso: alguien podría observar que ninguna civilización ha ido tan allá como para afirmar el matrimonio entre personas del mismo sexo. En cambio, hay que recordar que el ensalzamiento es algo más que el matrimonio.

»En distintos pueblos la homosexualidad era un acto sagrado. De hecho, el adjetivo usado en el Levítico para juzgar el ensalzamiento de la homosexualidad a través del rito sagrado es "abominable". Tenía carácter sagrado en los templos y ritos paganos.

»Tanto es así que las dos únicas realidades civiles, llamémoslas así, los dos únicos pueblos que han resistido muchos milenios - en este momento pienso sobre todo en el pueblo judío - han sido esos dos pueblos que han sido los únicos en contestar la homosexualidad: el pueblo judío y el cristianismo.¿Dónde están los asirios? ¿Dónde los babilonios? Y el pueblo judío era una tribu, parecía una nulidad frente a otras realidades político-religiosas. Pero la reglamentación del ejercicio de la sexualidad como encontramos, por ejemplo, en el libro del Levítico, se convirtió en un factor importantísimo de civilización. Ese ha sido mi primer pensamiento. Es el fin.

Satanás contra las evidencias
»Segundo pensamiento, puramente de fe. Ante hechos de este tipo siempre me pregunto: pero ¿cómo es posible que en la mente del hombre se oscurezcan evidencias tan originarias, cómo es posible? Y he llegado a la siguiente respuesta: todo esto es una obra diabólica. Literalmente.

»Es el último desafío que el diablo lanza a Dios creador, diciéndole: “Yo te enseño cómo construyo una creación alternativa a la tuya y verás que los hombres dirán: se está mejor así. Tú les prometes libertad, yo les propongo el arbitrio. Tú les das amor, yo les ofrezco emociones. Tu quieres la justicia, yo la igualdad perfecta que anula toda diferencia”.

»Abro un paréntesis. ¿Por qué digo “creación alternativa”? Porque si nosotros volvemos, como Jesús nos pide, al Principio, al diseño originario, a cómo Dios ha pensado la creación, vemos que este gran edificio que es la creación se rige sobre dos columnas: la relación hombre-mujer (la pareja) y el trabajo humano. Nosotros estamos hablando ahora de la primera columna, pero también la segunda se está destruyendo.

»Vemos, por ejemplo, con cuánta dificultad se puede hablar hoy del primado del trabajo en los sistemas económicos. Pero me detengo aquí porque no es el tema de nuestra conversación. Estamos, por consiguiente, frente a la intención diabólica de edificar una creación alternativa, desafiando a Dios con la intención de que el hombre acabe pensando que se está mejor en esta creación alternativa. ¿Se acuerda de la Leyenda del Gran Inquisidor ? [Esta leyenda forma parte de la última novela de Dostoievski, Los hermanos Karamazov, ndt].

«¿Hasta cuándo Señor?»
»El tercer pensamiento tiene forma de pregunta: “¿Hasta cuándo Señor?”. Y entonces resuena siempre en mi corazón la respuesta que da el Señor en el Apocalipsis. En este libro se narra que a los pies del altar celeste están los asesinados por la justicia, los mártires, que dicen continuamente “¿Hasta cuándo vas a estar (…) sin tomar venganza por nuestra sangre (…)?” (cfr. Ap 6, 9-10). Y me sale espontáneo decir: ¿hasta cuándo Señor no defenderás tu creación? Y de nuevo la respuesta del Apocalipsis resuena dentro de mí: “se les dijo que esperasen todavía un poco, hasta que se completara el número de sus consiervos y hermanos que iban a ser muertos como ellos”.

»¡Qué gran misterio es la paciencia de Dios! Pienso en la herida de Su corazón, convertida en visibile, histórica, cuando un soldado abrió el costado de Cristo. Porque de cada cosa y criatura creada la Biblia dice "y vio Dios que estaba bien”. Por último, en el culmen de la creación, después de la creación del hombre y de la mujer, dice “y vio Dios que todo estaba muy bien”. ¡La alegría del gran artista! Ahora esta gran obra de arte está totalmente desfigurada. Y Él es paciente y misericordioso. Y dice, a quien le pregunta “¿hasta cuándo?”, que espere. “Hasta que el número de los elegidos no esté cumplido”».

La fuerza del Redentor
»Y he aquí mi último pensamiento. Un día, cuando era arzobispo de Ferrara, estaba en uno de los pueblos más alejados de la diócesis, en el delta del Po. Un lugar que parecía el fin de la Tierra, en medio de uno de esos tortuosos meandros que hace el gran río, que antes de llegar al mar va por donde quiere. Allí me reuní para una catequesis con un grupo de pescadores, gente que literalmente se pasa la mayor parte de su vida en el mar. Uno de ellos me planteó esta pregunta: “Imagínese el mundo como uno de esos contenedores cilíndricos en los que metemos los peces que acabamos de pescar; pues bien, el mundo es esta especie de barril y nosotros somos como peces que acaban de ser pescados. La pregunta es: el fondo de este barril, ¿cómo se llama? ¿Qué nombre tiene?”.

»Imagínese, un pescador que plantea la pregunta que está en el principio de cualquier filosofia: ¿cómo se llama el fondo de todas las cosas? Y entonces yo, asombrado por esta pregunta, le respondí: “El fondo no se llama azar; se llama gratuidad y ternura de Uno que nos abraza a todos”.

»En estos días he vuelto a pensar en esa pregunta y en la respuesta que le di a ese anciano pescador y me pregunto: ¿toda esta intención de desfigurar y destruir la creación tiene tanta fuerza que al final vencerá? No. Yo pienso que hay una fuerza más poderosa que es el acto redentor de Cristo, Redemptor Hominis Christus, Cristo redentor de los hombres.

La tarea de los pastores y de los esposos
»Pero hago otra reflexión, suscitada precisamente por los pensamientos de estos días. Pero yo, como pastor ¿cómo puedo ayudar a mi gente, a mi pueblo, a custodiar en la mente y en la conciencia moral la visión originaria? ¿Cómo puedo impedir el oscurecimiento de los corazones? Pienso en los jóvenes, en quién aún tiene el valor de casarse, en los niños.



El cardenal Caffarra visita un hospital pediátrico

»Y entonces pienso en lo que normalmente se hace en el mundo cuando hay que enfrentarse a una pandemia. Los organismos públicos responsables de la salud de los ciudadanos, ¿qué hacen? Actúan siempre según dos directrices. La primera es curar, en principio, a quién está enfermo e intentar salvarlo. La segunda, no menos importante e incluso decisiva, es intentar entender el porqué y cuáles son las causas de la pandemia para poder así elaborar una estrategia de victoria.

»Ahora la pandemia está aquí. Y como pastor tengo la responsabilidad de sanar y de impedir que las personas enfermen. Pero al mismo tiempo tengo el importante deber de empezar un proceso, es decir, una acción de intervención que exigirá paciencia, compromiso, tiempo. Y la lucha será cada vez más ardua y esto es tan cierto que a veces les digo a mis sacerdotes: yo estoy seguro de que moriré en mi cama, pero no lo estoy de mi sucesor. Probablemente morirá en la Dozza (cárcel de Bolonia, ndr).

»Por consiguiente, estamos hablando de un proceso largo y que nos verá comprometidos en un combate duro. En resumen, estamos llamados a hacer ambas cosas: intervención de urgencia y lucha de larga duración, estrategia de urgencia y largo proceso educativo.

«Pero, ¿quiénes serán los actores de una empresa para la que se necesitará tiempo y capacidad de sacrificio? En mi opinión son fundamentalmente dos: los pastores de la Iglesia y, más concretamente, los obispos. Y los esposos cristianos.Para mí, estos serán los que volverán a construir las evidencias originarias en el corazón de los hombres.

»Los pastores de la Iglesia porque existen para esto. Han recibido una consagración cuyo fin es este, la potencia de Cristo está en ellos. “Desde hace dos mil años el obispo constituye, en Europa, uno de los ganglios vitales, no sólo de la vida eterna, sino de la civilización” (G. De Luca). Y una civilización es también la humilde, magnífica vida cotidiana del pueblo generado por el Evangelio que el obispo predica. Y después los esposos. Porque el discurso racional viene después de la percepción de una belleza, de un bien que tú ves ante tus ojos, el matrimonio cristiano.

»¿Y sobre la intervención de urgencia? Tengo que admitir que yo mismo tengo dificultades. Y esto porque no es raro que me falle el aliado, que es el corazón humano. Pienso en la situación entre los jóvenes. Vienen y me preguntan: “¿Por qué tenemos que comprometernos definitivamente, cuando ni siquiera estamos seguros de que nos seguiremos queriendo cuando llegue la noche?”. Ahora bien, frente a esta pregunta yo sólo tengo una respuesta: recógete en ti mismo y piensa cuál ha sido tu experiencia cuando has dicho a una chica o, en el caso de una chica, a un chico “te amo, te amo realmente”. Acaso dentro de ti, en tu corazón, has pensado: “¿Doy todo mí mismo a otra, pero sólo durante un cuarto de hora o como máximo hasta la noche”? Esto no está en la experiencia de un amor, que es don. Esto está en la experiencia de un préstamo, que es cálculo.

»Pero si consigues guiar a la persona hasta esta escucha interior (Agustín), la has salvado. Porque el corazón no engaña. La Iglesia ha enseñado siempre su gran tesis dogmática: el pecado no ha corrompido radicalmente al hombre. El hombre ha hecho desastres enormes, pero la imagen de Dios ha permanecido. Yo veo, hoy, que los jóvenes son cada vez menos capaces de este retorno a sí mismos. El mismo drama de Agustín cuando tenía su edad.

»En el fondo, al final, ¿qué es lo que conmovió a Agustín? Ver a un obispo, Ambrosio, y ver a una comunidad que cantaba con el corazón más que con los labios la belleza de la creación, Deus creator omnium, el bellísimo himno de Ambrosio.

»Hoy esto es muy difícil con los jóvenes, pero en mi opinión es una intervención de urgencia. No hay otra. Si perdemos este aliado, que es el corazón humano – el corazón humano es aliado del Evangelio, porque el corazón humano ha sido creado en Cristo en correspondencia con Cristo –, decía que si perdemos este aliado no veo más caminos.



El cardenal Caffarra en una zona afectada por un terremoto

»Quisiera añadir una cosa para terminar. A medida que mi vida avanzaba, más descubría la importancia que tienen en la vida del hombre, para tener una buena vida, las leyes civiles. He entendido lo que dice Heráclito: “Es necesario que el pueblo combata por la ley como por los muros de la ciudad”. Más envejecía y más me daba cuenta de la importancia de la ley en la vida de un pueblo. Hoy parece que el Estado haya abdicado de su tarea legislativa, haya abdicado de su dignidad, reduciéndose a ser una cinta grabadora de los deseos de los individuos, cuyo resultado es la creación de una sociedad de egoísmos opuestos, o de frágiles convergencias de intereses contrarios.

»Tácito dice: “Corruptissima re publica, plurimae leges”. Muchísimas son las leyes cuando el Estado es corrupto. Cuando el Estado es corrupto, las leyes se multiplican. Es la situación actual.

»Es un círculo vicioso porque por una parte las leyes parecen reducirse, precisamente, a una cinta grabadora de deseos. Esto hace que lo social sea inevitabilmente conflictivo, una lucha por la supremacía del más prepotente sobre el más débil, es decir, la corrupción de la idea misma del bien común, de la res publica ("la cosa pública", ndt). 

»Entonces se intenta resolverlo con leyes olvidando que no habrá nunca leyes tan perfectas que hagan que el ejercicio de las virtudes sea inútil. No las habrá nunca. En esto, en mi opinión, nosotros los pastores tenemos una gran responsabilidad por haber permitido la irrelevancia cultural de los católicos en la sociedad. La hemos permitido, a veces incluso la hemos justificado. ¿Cuándo jamás la Iglesia ha hecho esto? ¿Cuándo jamás los grandes pastores de la Iglesia han hecho esto?

[Después el cardenal es preguntado por la enorme manifestación pro-familia del 20 de junio en Roma, antes de que tenga lugar].

»No tengo ninguna duda en decir que es una manifestación positiva porque, como le decía, no podemos callarnos. Ay de nosotros si el Señor nos reprendiera con las palabras del profeta: perros que no habéis ladrado. Lo sabemos, en los sistemas democráticos la deliberación política se basa en el sistema de la mayoría. Y me parece bien, porque las cabezas es mejor contarlas que cortarlas. Pero frente a estos hechos no hay mayoría que pueda hacerme callar. En caso contrario sería un perro que no ladra.

»Me urge sobre todo, y he apreciado mucho, que esta jornada se haya planteado en defensa de los niños. El Papa Francisco ha dicho que los niños no pueden ser tratados como cobayas. Se hacen experimentos pseudo-pedagógicos con los niños. Pero, ¿qué derecho tenemos de hacer esto? La cosa más tremenda, el logos más severo dicho por Jesús tenía que ver con la defensa de los niños.

»Por consiguiente, en mi opinión, la iniciativa romana es algo que había que hacer obligatoriamente. El día después tal vez el Parlamento saque una ley que reconozca las uniones entre personas del mismo sexo. Que lo haga, pero debe saber que es algo profundamente injusto. Y esto tenemos que decírselo esa tarde en Roma. Cuando el Señor le dice al profeta Ezequiel: “Tú vuelve a llamar”, parece que el profeta diga: “Sí, pero no me escuchan”. Tú vuelve a llamar y será quien es por ti llamado de nuevo responsable, no tú, porque tú lo has vuelto a llamar. Pero si tú no lo volvieras a llamar, serías tú el responsable.

»Si nosotros calláramos frente a algo así, nosotros seríamos corresponsables de esta grave injusticia hacia los niños, que han sido transformados de sujetos de derecho como cada persona humana, en objetos de deseo de las personas adultas. Hemos vuelto al paganismo, donde el niño no tenía ningún derecho. Era sólo un objeto "a disposición de". Por lo tanto, repito, en mi opinión es una iniciativa que hay que sostener, no se puede callar.

(Traducción de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)

Cinco bautizos

¡Qué alegría haber podido bautizar esta mañana a cinco pequeños alumnos de mi colegio! Para que les conozcáis..