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domingo, 27 de enero de 2013

...Y cómo podemos resolver el problema de la corrupción


Antonio Argandoña, Catedrático de Economía, Barcelona, Ordinario del IESE

En una entrada anterior (aquí) daba mi opinión sobre por qué tenemos un problema tan grande de corrupción política en España (aquí). La simple lectura de aquellos párrafos ya nos lleva a pensar que no hay soluciones fáciles. Lo primero que se nos ocurre, claro, es la política del palo y de la zanahoria y como la corrupción es un mal, más palo que zanahoria. O sea, intensificar los controles, los informes, la denuncia… y las investigaciones, la fiscalización, las penas… Bien, no diré que esto sea superfluo, pero difícilmente será una solución no ya definitiva, sino suficiente.
Tomemos un ejemplo particular (inventado, pero, probablemente, posible). En un pueblo aparecieron en los años de la burbuja inmobiliaria unos promotores, interesados en lanzar un proyecto turístico de envergadura. Los terrenos se revalorizaron fuertemente, con altos beneficios para una parte de la población, gracias a una oportuna recalificación. Detrás de esa recalificación hubo unos pagos al ayuntamiento, que permitieron aumentar el gasto, edificar una nueva escuela, una cancha polideportiva, la contratación de nuevos empleados municipales… además, claro, de beneficios personales para los concejales y el alcalde, que luego se tradujeron en nuevos negocios… Al final de este supuesto cuento, gran parte del pueblo se identificó con la excelente (y corrupta) gestión del ayuntamiento, que continuó después de las siguientes elecciones con los miembros del otro partido… Bien: ahora nosotros vamos a luchar contra la corrupción en ese entorno. ¿Van a ayudarnos los vecinos?
Si, como decía en la otra entrada, la corrupción enlaza con otros ámbitos, desde la estructura de las administraciones públicas o el sistema de partidos, hasta la concepción de la función pública o los intereses de empresas privadas, luchar contra la corrupción será siempre una tarea difícil, que exigirá que algunos líderes, públicos o privados, se comprometan a fondo en ese tema, y que recaben la cooperación de otros, que quizás no estén muy dispuestos a luchar contra la corrupción, pero que sí podrán echar una mano en la revisión de los incentivos de los funcionarios o en el diseño de políticas para el fomento de la competencia en determinados sectores.
Bien, pero, ¿qué hacemos con el palo y la zanahoria? Porque lo que estamos haciendo, al menos ahora, es el fomento de la denuncia pública, que, como decía en otro lugar, a menudo acaba en un linchamiento mediático de los presuntos culpables.
Permítame el lector que traiga aquí a colación una idea de una mujer excepcional: Edith Stein, una filósofa alemana de gran prestigio, con dotes intelectuales y valores humanos excepcionales, judía, que se convirtió al catolicismo, se hizo carmelita y murió en un campo de concentración nazi. Edith, que había sido siempre muy crítica a la hora de denunciar los fallos morales de sus allegados, confesó al cabo de los años, antes de su conversión, que muy rara vez se consigue mejorar a los demás “diciendo la verdad”:esto se logra, decía, “cuando ellos mismos sienten la exigencia auténtica de ser mejoresy conceden a cualquier otro el derecho de crítica“.
Bueno, no sé si el comentario de Edith Stein, ahora Santa Teresa Benedicta de la Cruz, canonizada por Juan Pablo II hace unos años, puede sernos de gran ayuda. Pero, al menos, me permite sacar dos o tres conclusiones. Una: lo que ella intentaba era, ante todo, comprender a los demás. Sí, ya sé que lo que nosotros queremos ahora es fustigar a los corruptos, pero quizás no lo conseguiremos si primero no les entendemos (no absolverlos), porque, si queremos resolver “su” problema, primero hay que entenderlo desde “su” punto de vista.
Otra: para corregirles, ellos tienen que dejarse corregir y concedernos a nosotros el derecho de crítica, como decía Edith Stein. Y esto se consigue, según ella, cuando ellos sienten la exigencia de ser mejores. Lo que me parece que exige una terapia, digamos, de “proximidad”. Alguien tiene que acercarse a ellos para provocar en ellos esa disposición a ser mejores.
Sí, ya sé que lo que nos preocupa ahora es poner fin a la lacra de la corrupción, no convertir a los corruptos, de uno en uno. Pero, como dije antes, el problema de la corrupción de los corruptos no está desconectado del problema de “nuestra” propia corrupción. O sea que no basta echarles la caballería encima, si nosotros no asumimos nuestra parte de culpa en el problema (culpa nuestra que, por supuesto, no puede servirles a ellos de excusa, como, lamentablemente, vemos ahora con tanta frecuencia en los medios de comunicación).

miércoles, 23 de enero de 2013

Un homosexual encabeza el movimiento en Francia contra el matrimonio gay






ABC
En plena batalla abierta en Francia tras el proyecto de legalización del matrimonio para los homosexuales propuesto por el presidenteHollande, un joven gay se ha convertido en uno de los principales adalides del movimiento en contra, que recientemente congregó a centenares de miles de franceses en París.
Xavier Bongibault, de 21 años, fundador de la asociación "Más gay sin matrimonio", aparece con frecuencia al lado de la dirigente del movimiento "Manifa para todos" (la réplica del "matrimonio para todos" que propone el gobierno socialista), Frigide Barjot. En sus declaraciones al diario Le Figaro, Bongibault afirma: "Cuando oí decir que todos los homosexuales estaban a favor del proyecto de ley, tomé la decisión de protestar".
A sus 21 años, estudiante de Derecho en la Universidad de París 13, Barjot subraya: "Los niños deben ser criados por un padre y una madre. Los estudios demuestran que los que son educados por padres del mismo sexo acaban teniendo problemas psicológicos".
En cualquier caso, Xavier Barjot concluye que él es "demasiado altruista" para tener un día un niño con su pareja homosexual. "El hijo no puede ser el objeto de nuestros delirios personales".

domingo, 20 de enero de 2013

Francia. Grandes manifestaciones contra el "matrimonio gay"


Aunque los canales del tiempo vaticinaban frío, lluvia, incluso nieve, la climatología se alió esta tarde con ese medio millón largo de personas (800.000 según los convocantes) que se ha echado valientemente a la calle para mostrar su desacuerdo con un proyecto de ley que fue una de las promesas electorales del hoy presidente socialista François Hollande para 'cambiar la República en clave de justicia social'.

Para Frigide Barjot, la extravagante humorista católica que se declara pro-gay y anarco-de derechas, esta concentración ciudadana 'no tiene nada que ver con la religión ni con las ideologías, ni mucho es homófoba, como quieren hacer creer sus enemigos'. La cofundadora de 'Manif pour Tous', que desfiló vestida de rosa –su color favorito– insistió en que se trata, ante todo, de 'defender los derechos de los niños y garantizar mediante la ley que tengan un padre y una madre'.

Por ahí iban la mayoría de los eslóganes y pancartas que se vieron este tarde en los tres cortejos que el colectivo había programado en la orilla izquierda del Sena. Tres mareas humanas procedentes de Denfert Rochereau, la Plaza de Italia y la Porte Maillot, que fueron a juntarse en la explanada del Champs de Mars, frente a la icónica Torre Eiffel, donde un espectáculo de música, ballet y circo entretuvo a las miles de familias que aguantaron estoicamente las temperaturas descendentes.

A dichas procesiones habría que sumar una cuarta montada en clave indie por la asociación ultra Civitas, que comparte causa con 'Manif pour Tous', pero no métodos, y efectuó un trayecto paralelo desde la Plaza Pinel hasta la Plaza Fauvin.

De fuera de la ciudad llegaron cinco trenes de alta velocidad y 900 autobuses que transportaron a los manifestantes desde las provincias, precisamente el primer días en que el Plan Vigirate ha extremado sus precauciones por temor a un atentado terrorista tras las operaciones militares de Francia en Malí y Somalia contra terroristas islamistas.

Hubo algunas salidas de tiesto como aquellas voces que compararon a Hollande con Hitler, por 'estar actuando sin escuchar a la calle'. Pero, en general, no se registraron altercados con grupos de oponentes –como sucedió el pasado 17 de noviembre, cuando las activistas feministas desnudas de Femen provocaron a la comitiva y la cosa degeneró en tortazos–, ni en las propias movilizaciones se permitió la presencia de exaltados. Los cuales habían preferido sumarse a los ultra-catos de Civitas y ¡hay que ver qué miedo daban los jóvenes del Grupo Unión Defensa con sus pasamontañas negros y sus cruces célticas!

'Un cambio en la civilización francesa'
La heterogénea comitiva se quejaba de que la nueva ley supondrá un 'un cambio en la civilización francesa' y cada uno de los manifestantes tenía ideas diversas sobre cómo encauzar el debate. ¿Un referéndum? ¿Aprobar bodas entre personas del mismo sexo que ya son legales en 11 países –incluido España- pero no la adopción? ¿Quedarse con el modelo de unión legal de parejas de hecho (PACS ) que tan bien ha funcionado en el hexágono hasta ahora?

Aunque oficialmente los distintos portavoces religiosos del país prefirieron abstenerse de participar ('para no hacer un frente común de todas las confesiones contra el gobierno del PS'), en la 'Manif por Tous' no faltaron judíos, musulmanes, protestantes, cristianos ortodoxos ni católicos e incluso había miembros de la comunidad gay contrarios a la ley Taubira. Desde el arzobispo de París André Vingt-Trois hasta el presidente de la conservadora UMP Jean-François Copé, pasando por Marion Marechal-Le Pen y hasta algún socialista con criterio propio, muchas caras conocidas se unieron a esta kermesse de vocación tradicionalista y familiar.

Sólo dos días antes, la ministra de Justicia Christiane Taubira había asegurado que el gobierno mantendrá el proyecto de ley independientemente del tamaño de la manifestación del domingo. '¡Jospin vuelve!', gritaban algunos presentes recordando que en los tiempos del ex jefe de gobierno socialista se aprobó el PACS (1998) pero no se fue mas allá. Ahora la nueva camada de dirigentes del PS quiere pasar a una velocidad superior. Pero Francia se halla dividida.

Restaurando las Termas de Caracalla

Camilo Ruini: El dictamen sobre Metjugorje, está cercano

«La única forma de negar a Dios es instaurando el mal"



Juan Manuel de Prada, que vuelve a paladear el éxito de crítica y de ventas con una novela tras la publicación de Me hallará la muerte (Destino), concedió este domingo a Alfonso Armada para ABC una de las entrevistas más extensas y profundas de su carrera literaria.

Un católico nada "buenrollista"

        Definido por su entrevistador como "un artesano de la literatura que lleva a gala su condición de católico empeñado en dar testimonio contra viento y marea", Prada abordó multitud de perspectivas de su percepción del mundo en todos los ámbitos: literario sobre todo, pero también filosófico, religioso, político, económico...
        "Yo soy un escritor bastante a la contra de los tiempos. Primero porque tengo una cosmovisión cristiana, lo cual ya te convierte en un escritor a la contra. Pero además es una cosmovisión cristiana, pero desgarrada o tortuosa, no una cosmovisión cristiana luminosa, o buenrollista, que es lo que hoy en día se lleva más", afirmó a modo de síntesis. En ese sentido se siente "muy identificado" con Miguel de Unamuno, aunque sin mitificar al pensador vasco: "Aunque llegamos a conclusiones distintas mi relación con la sobrenatural es muy unamuniana, de una tensión fuerte".
        Hay en Prada "una rebelión constante, y una tensión muy fuerte y un deseo de creer para sentirme inmortal. Porque yo creo que esa es la vocación natural de todo ser humano. Si no, desde el momento en que dejamos de sentirnos inmortales esta vida se carga de angustia, porque entonces te preguntas por qué tengo necesidad de escribir, por qué tengo la necesidad de conmoverte con la belleza. Si no lo contemplas como una reverberación o como un eco de una belleza suprema que vas a contemplar en la otra vida de repente todo deja de tener sentido, parece como una broma macabra", explicó para dar el sentido último a su pulsión de escritor.
Que Dios intervenga en nuestra vida
        Se le reprocha que "haga ostentación de sus sentimientos religiosos, que es algo que además le distingue", le plantea Armada. "Cuando uno se va tomando en serio ciertas cosas, como en mi caso puede ser la fe", responde, "es que aunque no quieras hay algo que te arrastra, algo superior a ti. Hay mucha gente que tiene posiciones ideológicas mucho más fuertes que la mía y no tienen estos problemas. Esto es odio religioso. Y yo por prudencia o por interés procuraría disimular más esto. Pero no puedes... Esto es también muy cristiano. Dejar que Dios intervenga en nuestra vida y no oponer resistencia, entre otras cosas porque he tratado de oponerla y ha habido otros momentos en mi vida, por miedo, por temor, por la hostilidad que descubres, en que me he dicho: vamos a tratar de ser más contemporizador o más camaleónico. Pero tampoco lo consigues".
        "La realidad es que yo creo en las cosas", continúa: "Uno de los grandes problemas que tengo es precisamente por definirme como una persona católica. Muchos católicos, ante mi literatura, se retraen un poco. Sospecho que esperan encontrar en mi literatura... una cosa beata, almibarada, merengosa. Y se tropiezan con lo contrario. Es que yo soy un escritor profano. Reivindico el ser católico, pero el tener unas inquietudes profanas y por lo tanto en mis novelas tiene que estar presente el mal, realidades del mundo. Mi literatura es problemática".
De derechas, más que católicos 
        Y evocando la profecía del anciano Simeón a la Virgen María, de que Jesucristo sería "signo de contradicción", Prada añade: "Y yo creo que de alguna manera, hoy en día, en nuestro mundo, ser cristiano es esto: ser signo de contradicción. Ahí no hay representación, más allá, repito, de que inevitablemente al asumir una responsabilidad uno muchas veces se convierte sin pretenderlo en la fachada de unas posiciones".
        Pero ¡atención!, porque esas posiciones pueden no ser las que parecen: "En España, no nos engañemos, del mismo modo que en los años sesenta y setenta lo católico fue utilizado por la izquierda, hoy en día lo católico también es utilizado por la derecha y esto hace que mucha gente que es más de derechas que católica se sienta defraudada contigo, o viceversa".
Del mal al teocentrismo
        Como han subrayado todas las interpretaciones sobre Me hallará la muerte, en esta novela el mal está muy presente: el mal mediante el cual se puede lograr un bien, un dilema moral tan viejo como la Humanidad: "El mal puede llegar a ser algo rutinario y no algo necesariamente aflictivo ni comprometedor para quien lo comete. Pero el problema del mal es que te va curtiendo, vas criando callo, vas perdiendo sensibilidad y el mal se va apoderando de ti sin que te des cuenta. El mal siempre te pasa factura".
        Un poco más adelante en la conversación, Prada vuelve a mostrar su planteamiento teocéntrico de la existencia: "No creo que el hombre sea el centro de todas las cosas, creo que Dios es el centro de todas las cosas, y el hombre, como criatura, está puesta aquí para ejercer un dominio responsable del mundo de forma delegada, digámoslo así".
        Dinero, según como; el mercado, sí, el capitalismo es otra cosa
En su análisis de nuestro mundo, reitera su crítica a la idolatría del dinero: "Siempre se dice que Cristo estaba en contra del dinero. Eso no es completamente cierto. De hecho, Cristo tenía un montón de amigos ricos, desde Nicodemo a José de Arimatea, gracias al cual pudo ser enterrado decorosamente. Él tiene amigos ricos, recurre a ellos... Contra lo que él se alza es contra el dinero convertido en religión, de ahí la frase «no podéis servir a dos señores, no podéis servir a Dios y al dinero».... Y eso es lo que hemos hecho con el dinero: el dinero ha dejado de ser un signo que significa el valor de las cosas, y que se remitía en sí mismo al valor que las cosas tienen, y lo hemos convertido en algo espiritual, en algo que está desprendido de la riqueza natural, que ha dejado de representar el valor de las cosas y que representa un valor fantasmagórico, y así nos pusimos a crear dinero fantasmagórico".
        En cuanto al capitalismo, hace una distinción: "Que agentes libres puedan cambiar sus productos, o que puedan vender sus productos mientras otros agentes libres también los compran, es estupendo. Y podemos estar todos de acuerdo. Yo escribo un libro, se lo vendo a una editorial, la editorial lo vende a los señores que lo quieran comprar. Las relaciones humanas siempre se han tejido así. Pero es que el capitalismo es también una antropología, no es una manera de organizar las relaciones humanas... Estamos bajo un régimen capitalista que es exactamente igual de materialista que el comunismo, y que mediante la deificación del dinero, y de un dinero desencarnado de la riqueza natural de las naciones, se ha convertido en ídolo. Para alcanzar ese ídolo ha destruido nuestros vínculos sociales, ha introducido la inmoralidad como regla de conducta establecida, consentida, admitida"...
Falla el diagnóstico
        Por eso se irrita cuando ese elemento es eliminado de la relación de males contemporáneos: "Nunca se ha analizado cómo este orden económico ha contribuido a la destrucción de la familia, siempre se habla del relativismo, del hedonismo, ¡qué cojones, el capitalismo, señores! El capitalismo que nos ha obligado a jornadas laborales enloquecidas, que por avaricia hemos antepuesto sobre el cuidado de nuestras familias otras cuestiones. El capitalismo ha destruido los cimientos de nuestra vida y no nos hemos dado cuenta".
El bien y el mal: la ley natural
        En otro momento de la entrevista, Prada recuerda la doctrina clásica de la ley natural: "Creo en la ley natural. Precisamente porque creo en Dios creo que Dios ha querido, puesto que la fe no puede ser obligatoria, es un don que uno recibe, otros no, pero el Dios en el que creo cuenta con ello, porque nos ha dado libertad. Creo que el hombre tiene una noción natural del bien y del mal. En realidad esta es la definición aristotélica de hombre: el hombre es el único animal con capacidad para hacer un juicio ético objetivo, con capacidad para discernir entre el bien y el mal. Eso es lo ha distinguido al hombre durante toda la historia. Yo creo que sí, el hombre está iluminado por este conocimiento natural ético. Absolutamente, sí. Un hombre que no crea puede ser bueno. Sí lo creo".
        ¿Cuál es entonces el problema de nuestra época? Que "la negación de Dios ya nada tiene que ver con la incapacidad para encontrar a Dios o con la falta de fe. La negación de Dios hoy es ya una guerra. La única forma que el hombre tiene de negar a Dios en realidad es, de la misma manera que tiene de borrar la noción de Dios, es instaurando el mal. Ese es el paso que ha dado nuestro mundo yo me atrevería a decir en los dos últimos siglos. Yo creo que hombres buenos, con capacidad de discernimiento ético a lo largo de la historia ha habido siempre, y no creían. Lo que hay hoy es esa rebelión contra Dios que nos lleva a entronizar una antiley divina. No solamente es que nosotros no lleguemos a los Diez Mandamientos a través de la fe, siempre ha existido la certeza moral, lo que los mandamientos te imponían, más allá de la adoración a Dios. Si no creías, lo demás lo podía compartir cualquier persona. Pero hoy en día no. Hoy en día la negación de Dios va acompañada de la negación de esta capacidad de discernimiento sobre el bien y el mal".
        Y no es maniqueísmo: "Al contrario... En cualquier persona honesta hay una búsqueda de Dios inevitable, porque la búsqueda de Dios es la búsqueda de un sentido a la vida... Creo que la búsqueda de Dios en cualquier persona se da. No puedo imaginar que una persona, salvo que esté absolutamente fanatizada, que no se plantee esta pregunta. Lo que pasa es la presencia de este fenómeno nuevo de estar contra Dios".
La muerte, esa puerta...
        Por último, Juan Manuel de Prada afirma que no teme morir: "No, no me da miedo. Evidentemente deseo aprovechar esta andadura terrenal, pero le confesaré que de todos los dogmas de la fe que profeso el que me parece más arrebatador y maravilloso es la resurrección de la carne. Tengo una inmensa curiosidad por saber como será esa vida en la que creo con la fe de un caballo".

Santos en internet

martes, 8 de enero de 2013

Las instituciones son importantes

 Por Antonio Argandoña, IESE, Barcelona, España
Los economistas hemos “descubierto” las instituciones en los últimos años. Empezando por el mercado, que es una institución, y siguiendo con las instituciones que posibilitan y fundamentan una economía de mercado, como el estado de derecho, los contratos, el beneficio, la contabilidad y otras muchas. He pasado unos días en Roma, en la sede de la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (ver foto), en un Seminario dedicado a estudiar los fundamentos antropológicos y éticos de las organizaciones (traducción: cómo nuestra manera de entender lo que es la persona y la sociedad condiciona el funcionamiento de nuestras organizaciones, desde las empresas y las ONGs hasta los partidos políticos o los sindicatos). Si al lector le parece que es una pérdida de tiempo, que se pare a pensar en cómo han sido las conductas de los ciudadanos, los políticos, los banqueros, los empresarios, los reguladores, los controladores y mil más los que han provocado la crisis actual.
De entre las muchas ideas que afloraron allí me quedaré solo con un comentario marginal del Profesor Martin Schlag. Algunos partidos políticos alemanes apoyaron en su día la subida de Hitler al poder, porque sus objetivos (parar los pies a los comunistas, por ejemplo) les parecieron muy buenos, aunque ya se veía venir que no iba a respetar las instituciones políticas: el estado de derecho, la libre iniciativa, la libertad de pensamiento, de cátedra y de religión, la independencia del poder judicial… Al cabo de los años tuvieron que reconocer su error. Las instituciones son importantes.
Digo esto porque esa ceguera ante las instituciones y los procedimientos continúa en nuestra sociedad. Cuando un juez suelta a un posible criminal (no ha sido condenado, pero nosotros ya lo hemos linchado en nuestra corazón y en nuestros medios de comunicación, con manifestaciones populares incluidas) porque no se han cumplido los trámites de una detención o los plazos de un encarcelamiento, alzamos la voz, sin darnos cuenta quizás de que las instituciones del estado de derecho son importantes: para el acusado, que a menudo resulta ser inocente; para nosotros, que algún día podemos encontrarnos en su situación, y para el buen funcionamiento de la sociedad.
Y, sobre todo, los políticos se saltan alegremente muchas instituciones que tienen por objeto, precisamente, proteger al ciudadano de los abusos de los que detentan el poder, desde la independencia del poder judicial o de los medios de comunicación hasta la gestión apolítica de las oficinas públicas, las universidades o los centros de investigación, o la garantía de un Tribunal Constitucional ajeno por completo a la política de partidos. Uno de los conferenciantes en el Seminario al que he aludido más arriba afirmó que un sistema judicial que permite que un juicio civil dure diez años, un sistema político que lo mantiene y una sociedad que no se rebela contra eso son injustos. Estoy de acuerdo.

martes, 1 de enero de 2013



Miles de fieles, cerca de cuarenta obispos y centenares de sacerdotes se han dado cita en la madrileña Plaza de Colón para celebrar la Misa de las Familias que ya se ha convertido en una tradición. En la homilía, el arzobispo de Madrid, cardenal Anotonio María Rouco Varela, mostró su esperanza, presente y futura en el papel de la familia para vencer los obstáculos económicos, jurídicos y políticos a los que se enfrenta.

   Ni la densa niebla ni el intenso frío con los que había amanecido Madrid impidieron que miles de familias, cientos de sacerdotes y cerca de cuarenta obispos se dieran cita en la madrileña Plaza de Colón para celebrar la Eucaristía de la Fiesta de la Sagrada Familia, que ya se ha convertido en una verdadera tradición. En la homilía que pronunció monseñor Antonio María Rouco Varela, cardenal arzobispo de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal, mostró la esperanza que la Iglesia deposita en la familia para garantizar la buena marcha de la sociedad.

   "Solo la familia concebida y vivida en la plenitud de su verdad, como la enseña el lenguaje inequívoco e indestructible de la naturaleza humana, despeja el horizonbe de la esperanza para e hombre y la sociedad de nuestro tiempo", explicó Rouco Varela.

El cardenal se refierió a la familia como núcleo capaz de vencer todos los obstáculos, "económicos, jurídicos y políticos" a los que se enfrenta. En este sentido, recordó algunos de los males que afronta la sociedad: relativismo, aborto y cultura de la muerte, divorcio... Por eso animó a los presentes: "Sois la esperanza para hoy. Sed fuertes, sed valirentes en la esperanza de la fidelidad" a través del amor.

"Amor que una a los hombres como hijos de Dios en la familia, en la sociedad y, por supuesto, en la Iglesia. El amor que hará posible terminar con esas dramáticas situaciones que se derivan de la extrema facilidad con que se llega al divorcio, se rompen las familias y se somete a sus miembros más débiles, a los niños, a una dolorosísima tensión interior que tantas veces los destruye por dentro y por fuera. El amor dispuesto al socorro y a la ayuda sacrificada y generosa de las familias entre si y entre sus miembros en las circunstancias tan frecuentes y dolorosas del paro, de las dificultades económicas, morales y espirituales. Un amor, que, perseverantemente vivido al calor y con la fuerza de la fe cristiana, hará posible terminar con la estremecedora tragedia del aborto practicado masivamente desde los años setenta del pasado siglo en la práctica totalidad de los países europeos, incluida España, al amparo de una legislación, primero despenalizadora del mismo y, luego, legitimadora".

Acabó invocando a esa necesidad de seguir viviendo en "la familia cristiana que persevera en la oración del hogar" y que no se amilana ante el rechazo con el que los acoge la sociedad, rechazo que procede de "no quererle conocer a Él".

La Vida de Pi


Después de que lo intentaran sin éxito diversos directores, finalmente el taiwanés Ang Lee (“Comer, beber, amar”, “Sentido y sensibilidad”, “La tormenta de hielo”) ha llevado al cine “La vida de Pi”, original novela del canadiense nacido en Salamanca Yann Martel, ganadora del Booker Prize de 2002 y de la que se han vendido más de siete millones de ejemplares en todo el mundo. Aunque Lee reduce y simplifica el rico fondo religioso y filosófico del libro —sobre todo en el desconcertante desenlace—, logra una película fascinante, con momentos de arrebatadora belleza, en los que da un paso adelante en el uso del 3D estereoscópico que han realizado recientemente directores de la talla de James Cameron, Martin Scorsese, Steven Spielberg, Wim Wenders o Werner Herzog.

   Canadá, en la actualidad. Por sugerencia de un amigo común, un joven escritor en crisis creativa (Rafe Spall) escucha la alucinante historia, supuestamente real, que le relata un hombre indio, Piscine Militor Patel (Irrfan Khan), emigrado allí hace años. Sur de la India, hacia 1970. Pi Patel (Suraj Sharma) es un adolescente vitalista, que vive en Pondincherry, donde su familia regenta un zoo. El padre de Pi (Adil Hussain) es agnóstico, la madre (Tabu) es hindú y el chaval, fascinado por Dios y las religiones, acaba practicando el catolicismo, el hinduismo y el islamismo. 


   Un día, la familia emigra a Canadá, llevándose consigo sus animales más exóticos en un inmenso barco mercante japonés. Pero el navío naufraga durante una tempestad, y solo sobreviven en un bote salvavidas Pi y cuatro animales: una cebra, un orangután hembra, una hiena macho y un tigre de Bengala. Sus conocimientos zoológicos permiten a Pi sobrevivir de mala manera hasta que sólo quedan en el bote el tigre y él. Perdido en el Océano Pacífico, casi sin comida ni agua, rodeado de tiburones y amenazado por tormentas, Pi establece con el tigre una singular relación, que le permite mantener la esperanza de que Dios realizará un milagro y los salvará.

   La deslumbrante y emocional puesta es escena de Ang Lee, la sensacional interpretación del joven indio Suraj Sharma —que debuta como actor—, el abigarrado retrato costumbrista y espiritual inicial, el impresionante naufragio, la increíble animación digital de los animales en el bote, el mar fosforescente, la aparición de la ballena, la misteriosa isla de los suricatos… justificarían de por sí la inclusión de “La vida de Pi” entre los grandes títulos del cine contemporáneo. Pero, además, la película, a pesar de sus discutibles limitaciones, plantea una profunda reflexión sobre Dios, la religión y la fe, con especial incidencia en la providencia divina y el sentido del sufrimiento.
   Ciertamente, Ang Lee subraya en exceso el sincretismo religioso del protagonista; y, en el inquietante desenlace abierto del filme, parece reducir la religión a una especie de bálsamo que uno se fabrica para suavizar la crudeza de la realidad. Unos enfoques erróneos, que no hacen justicia a los planteamientos muchos más profundos y ricos de la novela original, presentes de todas formas en el trasfondo de la película. En efecto, Yann Martel —que se declara católico practicante— defiende en su novela la racionalidad de la fe cristiana. “La ciencia y la religión no tienen por qué chocar —ha señalado—; las veo más como complementarias, que como contradictorias”. Y, desde ese sólido cimiento, indaga en la grandeza y la miseria de la naturaleza humana —herida por el pecado, pero sanada por la gracia—, se maravilla ante la presencia de Dios en el mundo —“Todo tiene en sí una huella de lo divino”— y defiende el poder de la oración y la necesidad de la fe religiosa para no caer en la desesperación del nihilismo. “Las dudas mantienen viva la fe” —señala el novelista de Québec—, pero “elegir la duda como filosofía de vida es como elegir la inmovilidad como medio de transporte”. Lúcidas ideas que, de haber sido mejor expresadas por Ang Le, hubieran enriquecido todavía más una película ya de por sí muy brillante.(Cope  J. J. M.)

Dormición y Asunción de la Virgen

Los últimos años de María sobre la tierra —los que transcurrieron desde Pentecostés a la Asunción—, han permanecido envueltos en una neblin...