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martes, 27 de septiembre de 2011

LOS CUMPLIDORES: El daño a la Iglesia no lo provocan sus adversarios, sino los cristianos mediocres.

Las personas emprendedoras cuando miran su vida ven cosas que hay que mejorar. El Evangelio es algo que hay que conquistar, obras y acciones que configuran un modo de ser asequible. El Cristianismo es para ellos asequible.

Sin embargo los mediocres están a gusto y piensan que no tienen necesidad de cambio. Cuando el Evangelio les interroga ante su actitud no responden. En el fondo piensan que Dios nos pide a todos vivir el Evangelio, sino a unos cuantos; para los demás no es necesario. Así que cuando el Evangelio reclama una actitud heroica piensan que no va para ellos: ellos no deben perdonar, ser misericordiosos, generosos, amables, justos, apostólicos...

Los tibios creen que los que tienen que cambiar son los demás. Se evalúan muy bien siempre.

Todo depende de cómo se miren las cosas. Hay personas que observan la realidad con una lente de aumento para ver lo que sucede fuera. Los defectos ajenos se ven con lupa, y los propios aparecen muy pequeños.

Es la misma lente que dependiendo de cómo se emplea ve en grande o en pequeño.

Nuestro Señor habla de un tipo de personas que se llamaban fariseos. Eran personas cumplidoras, y se encontraban a gusto consigo mismos.

Y nuestro Señor les dice que las prostitutas y los pecadores les adelantarán en el Reino de los cielos.

Estas palabras del Señor eran muy fuertes y quizá desconcertaron a sus contemporáneos, pero son verdaderas. La experiencia enseña que es muy difícil que cambien una persona si se considera buena, si piensa que siempre lleva la razón.

Sin embargo una prostituta, al mirar su vida, puede admitir con más facilidad que actúa mal y llegar a tener más facilidad para convertirse, que un cristiano tibio. No es de extrañar que algunos santos hayan sido grandes pecadores.

Nuestra conversión es importante porque –como ha dicho Benedicto XVI en Alemania– el daño a la Iglesia no lo provocan sus adversarios, sino los cristianos mediocres. Y en otro momento, comentando la frase del Señor sobre la precedencia de las prostitutas y publicanos en el Reino de los Cielos:
Traducida al lenguaje de nuestro tiempo, la afirmación podría sonar más o menos así: los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; los que sufren a causa de sus pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ven ya solamente en la Iglesia el sistema, sin que su corazón quede tocado por esto: por la fe.

viernes, 23 de septiembre de 2011

El Papa conquista a los políticos alemanes hablando de razón,derecho y ecología

ABC digital, 23.09.2011

"Un estado que no repeta el derecho es una gran banda de forajidos"

Benedicto XVI sorprendió el jueves al Parlamento alemán con un discurso sobre la razón, el derecho y la ecología muy superior a cualquier expectativa de los legisladores, quienes le dedicaron dos largas ovaciones en pie y aplaudieron con entusiasmo varios pasajes de su intervención.

Los más entusiastas fueron los “verdes”, a los que hizo reír a gusto, sobre todo cuando aclaró que “no hago propaganda de ningún partido político”. Fue una lección magistral como la pronunciada hace un año en el Westminster Hall de Londres ante el parlamento británico.

El acto que había levantado más tensión en los días anteriores se resolvió casi como un encuentro de familia, sin que nadie echase en falta a los diputados ex-comunistas que dejaron vacíos sus escaños. Con buen humor, el presidente del Bundestag, Norbert Lammert, comentó que “raramente un discurso en esta Cámara había atraído de antemano tanta atención en Alemania y fuera de ella”.
Adolf Hitler «pisoteó el derecho»

El Papa abordó el tema de “los fundamentos del Estado liberal de derecho” con unas palabras de San Agustín: “un Estado que no respeta el derecho es una gran banda de forajidos”. En lo que sucedió con el gobierno de Adolf Hitler, elegido canciller democráticamente, cuando “pisoteó el derecho, de manera que el Estado se convirtió en el instrumento para la destrucción del derecho”.

Para sorpresa de sus oyentes, Benedicto XVI explicó que el cristianismo trajo una superación del estado teocrático pues “contrariamente a otras grandes religiones, nunca ha impuesto al Estado y a la Sociedad un derecho revelado sino que “situó las verdaderas fuentes del derecho en la naturaleza y la razón”. De su síntesis con la filosofía estoica de Grecia y el derecho codificado de Roma “nació la cultura jurídica occidental, que ha sido y sigue siendo de una importancia decisiva para la cultura jurídica de la humanidad”.

El problema surge en los últimos dos siglos cuando aparece “la razón positivista, que se presenta de modo exclusivista y no es capaz de percibir nada más que lo que es funcional”, cerrando así todo otro horizonte. Esto exige hoy “volver a abrir las ventanas, ver de nuevo al inmensidad del mundo, del cielo y de la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo”.
La importancia de la ecología

En un giro inesperado, el Papa comentó que losjóvenes ecologistas alemanes de los años setenta “se dieron cuenta de que en nuestras relaciones con la naturaleza había algo que no funcionaba; que no es solamente un material para nuestro uso, sino que la tierra tiene en sí misma su dignidad y nosotros debemos seguir sus indicaciones”. Por eso, “la importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder coherentemente”, sin olvidar la “ecología humana”, es decir, el respeto a las personas, a su vida y a sus derechos.

Después de su discurso, el Papa se reunió en una de las salas del gran edificio del Reichstag con los principales representantes de la comunidad judía, a quienes recordó que estaban “en un lugar central de una espantosa memoria: desde aquí se programó y organizó la ‘Shoah’ (Holocausto), la eliminación de los ciudadanos judíos de Europa”.

Benedicto XVI afirmó que “el omnipotente Adolf Hitler era un ídolo pagano, que quería ser sustituto del Dios bíblico, Creador y Padre de todos los hombres”, al tiempo que ponía en marcha los campos de exterminio.

Además de continuar el diálogo emprendido, “los cristianos debemos darnos cuenta cada vez más de nuestra afinidad interior con el judaísmo”, trabajando juntos para “reforzar la común esperanza en Dios. Sin esa esperanza la sociedad pierde su humanidad”.
Trabajar contra los escándalos

La agotadora jornada de Benedicto XVI, que había incluido encuentros oficiales con el presidente de la Republica, Christian Wulff, y la canciller Angela Merkel, terminó con una misa para 75.000 fieles en el Olypiastadion de la capital, donde afirmó que “Cristo ha venido a llamar a los pecadores”, y que “la Iglesia existe para los pecadores, para abrirles el camino de la conversión, de la curación y de la vida”.

Como ya había hecho en su encuentro con los periodistas durante el vuelo de Roma a Berlín, el Santo Padre volvió a reconocer que “en la Iglesia hay peces buenos y malos, grano y cizaña”. En el avión había dicho que los “crímenes” de abuso de menores provocan, además de un daño tremendo a las víctimas, también el escándalo de quienes reaccionan diciendo “ésta no es mi Iglesia”. Benedicto XVI animó a “sobreponerse a los escándalos y a trabajar contra los escándalos, para que no sucedan”.

El Papa se reunirá el viernes en Erfurt con los responsables de la Iglesia luterana precisamente en el convento de los agustinos donde vivió Martin Lutero.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Papa dice a jóvenes parejas que en el noviazgo "quemar etapas es quemar el amor"

Probemos a convencer sin querer derrotar


L´Osservatore Romano
Diez reglas para comunicar la fe
      La comunicación de la fe es una cuestión antigua, presente en los dos mil años de vida de la comunidad cristiana, que siempre se ha considerado mensajera de una noticia que le ha sido revelada y es digna de ser comunicada. Es una cuestión antigua, pero es también un tema de candente actualidad. Desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, los Papas no han dejado de señalar la necesidad de mejorar la comunicación la fe.
      Con frecuencia, esta cuestión se relaciona con la “nueva evangelización”. En ese contexto, Juan Pablo II afirmó que la comunicación de la fe ha de ser nueva "en su ardor, en sus métodos, en su expresión". Aquí nos referiremos en particular a la novedad en los métodos.
      Hay factores externos que obstaculizan la difusión del mensaje cristiano, sobre los que es difícil incidir. Pero cabe avanzar en otros factores que están a nuestro alcance. En ese sentido, quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública.
      Partiendo, por un lado, de los documentos eclesiales más relevantes y, por otro, de la bibliografía esencial del ámbito de la comunicación institucional, articularé mis reflexiones en una serie de principios. Los primeros se refieren al mensaje que se quiere difundir; los siguientes, a la persona que comunica; y los últimos, al modo de transmitir ese mensaje en la opinión pública. Ante todo, el mensaje ha de ser ser positivo. Los públicos atienden a informaciones de todo género, y toman buena nota de las protestas y las críticas. Pero secundan sobre todo proyectos, propuestas y causas positivas.
      Juan Pablo II afirma en la encíclica “Familiaris consortio” que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad.  
      El mensaje cristiano ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes... Para transmitirla adecuadamente a los demás, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo positivo.
      Adquieren particular valor en este contexto unas palabras del Cardenal Ratzinger: “La fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo”. La comunicación mediante la irradiación de la alegría es el más positivo de los planteamientos.
      En segundo lugar, el mensaje ha de ser relevante, significativo para quien escucha, no solamente para quien habla. Tomás de Aquino afirma que hay dos tipos de comunicación: la locutio, un fluir de palabras que no interesan en absoluto a quienes escuchan; y la illuminatio, que consiste en decir algo que ilustra la mente y el corazón de los interlocutores sobre algún aspecto que realmente les afecta. Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. El deseo de persuadir sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas. Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad: limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo.
      En tercer lugar, el mensaje ha de ser claro. La comunicación no es principalmente lo que el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende. Sucede en todos los campos del saber (ciencia, tecnología, economía): para comunicar es preciso evitar la complejidad argumental y la oscuridad del lenguaje. También en materia religiosa conviene buscar argumentos claros y palabras sencillas. En este sentido, habría que reivindicar el valor de la retórica, de la literatura, de las metáforas, del cine, de la publicidad, de las imágenes, de los símbolos, para difundir el mensaje cristiano.
      A veces, cuando la comunicación no funciona, se traslada la responsabilidad al receptor: se considera a los demás como incapaces de entender. Más bien, la norma ha de ser la contraria: esforzarse por ser cada vez más claros, hasta lograr el objetivo que se pretende.
      Pasemos ahora a los principios relativos a la persona que comunica.
      Para que un destinatario acepte un mensaje, la persona o la organización que lo propone ha de merecer credibilidad. Así como la credibilidad se fundamenta en la veracidad y la integridad moral, la mentira y la sospecha anulan en su base el proceso de comunicación. La pérdida de credibilidad es una de las consecuencias más serias de algunas crisis que se han producido en estos años.
      El segundo principio es la empatía. La comunicación es una relación que se establece entre personas, no un mecanismo anónimo de difusión de ideas. El Evangelio se dirige a personas: políticos y electores, periodistas y lectores. Personas con sus propios puntos de vista, sus sentimientos y sus emociones. Cuando se habla de modo frío, se amplía la distancia que separa del interlocutor. Una escritora africana ha afirmado que la madurez de una persona está en su capacidad de descubrir que puede “herir” a los demás y de obrar en consecuencia. Nuestra sociedad está superpoblada de corazones rotos y de inteligencias perplejas. Hay que aproximarse con delicadeza al dolor físico y al dolor moral. La empatía no implica renunciar a las propias convicciones, sino ponerse en el lugar del otro. En la sociedad actual, convencen las respuestas llenas de sentido y de humanidad.
      El tercer principio relativo a la persona que comunica es la cortesía. La experiencia muestra que en los debates públicos proliferan los insultos personales y las descalificaciones mutuas. En ese marco, si no se cuidan las formas, se corre el riesgo de que la propuesta cristiana sea vista como una más de las posturas radicales que están en el ambiente. Aun a riesgo de parecer ingenuo, pienso que conviene desmarcarse de este planteamiento. La claridad no es incompatible con la amabilidad.
      Con amabilidad se puede dialogar; sin amabilidad, el fracaso está asegurado de antemano: quien era partidario antes de la discusión, lo seguirá siendo después; y quien era contrario raramente cambiará de postura. 
      Recuerdo un cartel situado a la entrada de un “pub” cercano al Castillo de Windsor, en el Reino Unido. Decía, más o menos: “En este local son bienvenidos los caballeros. Y un caballero lo es antes de beber cerveza y también después”. Podríamos añadir: un caballero lo es cuando le dan la razón y cuando le llevan la contraria.
      Veamos por último algunos principios que se refieren al modo de comunicar: El primero es la profesionalidad. “Gaudium et Spes” recuerda que cada actividad humana tiene su propia naturaleza, que es preciso descubrir, emplear y respetar, si se quiere participar en ella. Cada campo del saber tiene su metodología; cada actividad, sus normas; y cada profesión, su lógica.
      La evangelización no se producirá desde fuera de las realidades humanas, sino desde dentro: los políticos, los empresarios, los periodistas, los profesores, los guionistas, los sindicalistas, son quienes pueden introducir mejoras prácticas en sus respectivos ámbitos. San Josemaría Escrivá recordaba que es cada profesional, comprometido con sus creencias y con su profesión, quien ha de encontrar las propuestas y soluciones adecuadas. Si se trata de un debate parlamentario, con argumentos políticos; si de un debate médico, con argumentos científicos; y así sucesivamente. Este principio se aplica a las actividades de comunicación, que están conociendo un desarrollo extraordinario en los últimos años, tanto por la calidad creciente de las formas narrativas, como por las audiencias cada vez más amplias y por la participación ciudadana cada día más activa.
      El segundo principio podría denominarse transversalidad. La profesionalidad es imprescindible cuando en un debate pesan las convicciones religiosas. La transversalidad, cuando pesan las convicciones políticas.
      En este punto, vale la pena mencionar la situación de Italia. Al hacer la declaración de la renta, más del 80% de los italianos marcan la casilla correspondiente a la Iglesia, porque desean apoyar económicamente sus actividades. Eso quiere decir que la Iglesia merece la confianza de una gran mayoría de ciudadanos, no solamente de quienes se reconocen en una tendencia política.
      El tercer principio relativo al modo de comunicar es la gradualidad. Las tendencias sociales tienen una vida compleja: nacen, crecen, se desarrollan, cambian y mueren. En consecuencia, la comunicación de ideas tiene mucho que ver con el “cultivo”: sembrar, regar, podar, limpiar, esperar, antes de cosechar.
      El fenómeno de la secularización se ha ido consolidando en los últimos siglos. Procesos de tan larga gestación no se resuelven en años, meses o semanas. El cardenal Ratzinger explicaba que nuestra visión del mundo suele seguir un paradigma “masculino", donde lo importante es la acción, la eficacia, la programación y la rapidez. Y concluía que conviene dar más espacio a un paradigma “femenino", porque la mujer sabe que todo lo que tiene que ver con la vida requiere espera, reclama paciencia.
      Lo contrario de este principio es la prisa y el cortoplacismo que llevan a la impaciencia y muchas veces también al desánimo, porque es imposible lograr objetivos de entidad en plazos cortos.
      A estos nueve principios habría que agregar otro que afecta a todos los aspectos mencionados: al mensaje, a la persona que comunica y al modo de comunicar. El principio de la caridad.
      Algunos autores han destacado que, en los primeros siglos, la Iglesia se extendió de forma muy rápida porque era una comunidad acogedora, donde era posible vivir una experiencia de amor y libertad. Los católicos trataban al prójimo con caridad, cuidaban de los niños, los pobres, los ancianos, los enfermos. Todo eso se convirtió en un irresistible imán de atracción.
      La caridad es el contenido, el método y el estilo de la comunicación de la fe; la caridad convierte el mensaje cristiano en positivo, relevante y atractivo; proporciona credibilidad, empatía y amabilidad a las personas que comunican; y es la fuerza que permite actuar de forma paciente, integradora y abierta. Porque el mundo en que vivimos es también con demasiada frecuencia un mundo duro y frío, donde muchas personas se sienten excluidas y maltratadas y esperan algo de luz y de calor. En este mundo, el gran argumento de los católicos es la caridad. Gracias a la caridad, la evangelización es siempre y verdaderamente, nueva.
Juan Manuel Mora, Universidad de Navarra

La verdad, aliada del debate civilizado

Por Juan Meseguer, abril 2017  En Estados Unidos, la comunidad académica asiste con preocupación al deterioro de la libertad de expresión...